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Y Colau tampoco quiere a Pablo Iglesias

El líder de Podemos asistirá hoy al acto de la Diada organizado por la alcaldesa que quiere marcar espacio para su propio partido

  • La alcaldesa de Barcelona, Ada Colau, y Pablo Iglesias, durante la campaña de 2015
    La alcaldesa de Barcelona, Ada Colau, y Pablo Iglesias, durante la campaña de 2015 / Dani Gago

Tiempo de lectura 4 min.

11 de septiembre de 2017. 11:39h

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Antonio Martín Beaumont Madrid. 11/9/2017

Ada Colau ha logrado algo tan «shakespeariano» como poco frecuente en los dramas políticos. Ha golpeado al independentismo, al negarse por ahora a facilitar la apertura de los colegios electorales en la ciudad de Barcelona, al tiempo que, ante la falta de garantías para el consistorio y sus funcionarios, juega a devolver la pelota al tejado de Carles Puigdemont. El presidente de la Generalitat ve cómo se le escapa el tren del referéndum, por más que ya no desprecie intentarlo aún a costa de cualquier sacrificio: incluso ir amarrado a los anarquistas de la CUP, dejando huérfano todo el terreno electoral del antiguo catalanismo para que lo disfruten quienes fueran sus máximos rivales en otros tiempos, ERC.

La calculada maniobra de la alcaldesa le permite sobrevolar el 1-O, deseosa como está de ver pasar la fecha cuanto antes para volver a centrarse en las materias que priorizan la mayoría de sus votantes. Pero, sobre todo, le permite mantener su propia hoja de ruta. Colau, absolutamente imprescindible para el referéndum, detiene el golpe de Puigdemont y ha sabido sacudirse las maniobras envolventes del secesionismo, incluida la pobre oferta, a cambio de colocar las urnas, del vicepresidente y líder de ERC Oriol Junqueras: acallar a su portavoz en el ayuntamiento, Alfred Bosch.

La regidora no ha necesitado moverse un ápice de sus reservas a legitimar una consulta que no carece de empacho en definir como simplemente una «movilización», a lo sumo reivindicativa, al modo del 9-N. Prueba de ello es el acto que hoy mismo va a encabezar en Santa Coloma de Gramenet, conmemorativo del 11 de septiembre, «en defensa de la soberanía» de Cataluña, con su alternativa de «país plurinacional» por bandera. La convocatoria, bajo el eslogan «Una Catalunya soberana, diversa y valiente», le sirve para abrir una brecha en la polarización del debate público sobre la quimera secesionista y tratar de catapultar En Comú como marca política de referencia. De hecho, aglutinar votantes por los extremos es uno de sus objetivos, pero sin caer en ilegalidades. A la foto con Colau de este lunes llega Pablo Iglesias presto a sumar dócilmente Podem a la fuerza de nuevo cuño de Ada Colau. Sumar Podem... o más bien sumar sus escombros, pues arrastra la implosión de su propio grupo parlamentario en la cámara catalana. Hoy se visualizará las discrepancias entre Iglesias y su marca en Cataluña, ya que Fachin apoya el 1-O, mientras que Iglesias irá hoy al acto de la regidora. Por un lado, tres diputados morados abandonando el disparatado Pleno de la pasada semana ante el enfrentamiento abierto con Joan Coscubiela y sus socios de ICV.

Por otro, la pantomima de la podemita Ángeles Martínez retirando las banderas de España que el PPC dejó en sus escaños antes de salir del hemiciclo cuando iba a producirse la votación definitiva de la ley de referéndum. La pérdida de autoridad del líder de Podemos quedó más retratada, si cabe, por la actitud beligerante de Martínez al negarse a pedir disculpas pese a habérselo pedido su secretario general, viendo las consecuencias de esa imagen para una fuerza nacional como Podemos.

Iglesias busca navegar entre estas turbulencias aferrándose a la buena imagen de Colau en Cataluña, y no a la de sus propias siglas. El órdago secesionista ha amplificado también el declive del propio Iglesias. Hasta para quien, como él, busca permanentemente vivir en el gallinero de la política, ciertas imágenes resultan excesivas para las aspiraciones, por el momento a todas luces irreales, de quien pretende alcanzar algún día La Moncloa.

Lógicamente, a quien ha hecho tanto el caldo gordo al nacionalismo le resulta especialmente complicado en momentos como los actuales, cuando están en juego asuntos clave, colocar sus mensajes en el resto de España. Porque, pese a lo que piensen algunos desnortados en la formación morada, como la portavoz del Ayuntamiento de Madrid, Rita Maestre, que equipara las juras de bandera con etapas del franquismo, el marco de convivencia y el propio futuro de España preocupan –¡y de qué manera!– a la mayoría de los españoles. Y, por supuesto, también, a buena parte de los más de cinco millones que apoyaron en las urnas a Podemos y sus confluencias.

Por primera vez Pablo Iglesias es consciente de estar socavado internamente, con una organización que cada día es un ente más desorganizado y que se deshilacha aquí y allá por culpa del desgaste propiciado por sus propias contradicciones. El líder de Podemos está hoy desbordado por los acontecimientos.

Y en Cataluña, como aseguran importantes asesores de su formación, Iglesias ha podido empezar a cavar su propia tumba política. Así que atentos a los movimientos que se puedan producir a partir de ahora. De hecho, ni siquiera para los más briosos pablistas ha pasado desapercibida la elocuente discreción mantenida por el sector errejonista (salvo la simplista incontinencia de Maestre, rápidamente reprendida por la alcaldesa madrileña Manuela Carmena), seguramente a la espera de que su secretario general se cueza en su propia salsa.

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