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Me enamoré de una persona psicópata

Un psicólogo disecciona la personalidad de los psicópatas

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Antonio Galindo. 

Tiempo de lectura 8 min.

11 de enero de 2018. 08:28h

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Antonio Galindo.  10/1/2018

Es duro para una persona descubrir que convive con alguien peligroso en casa. Sin duda es más fácil asumir que el peligro de una relación pueda venir de un amigo o alguien de lejano parentesco que de alguien más próximo. Estando en pareja, se tarda mucho en sospechar que el riesgo psicológico pueda proceder de la relación con quien se supone nos ama y a quien amamos.

Aunque se tienen todos los indicios de que lo que está pasando con la relación no nos da paz interior ni complicidad, existe un mecanismo mental de anestesia de la tensión psicológica que siente el corazón ante la falta de unión con el cónyuge. Es de las sensaciones más humillantes percatarse que el daño se da en intimidad con la pareja. Lo cual se traduce en agudo dolor, dolor escondido que se compensa con justificaciones a lo que la pareja dice y hace, puros juegos mentales que pretenden opacar la vergüenza que existe por dentro. La vergüenza viene de negar la realidad en vez de reconocer por fin que a uno le está sucediendo lo que menos podía imaginarse: la pareja, de quien se está enamorado (por más que pese), tiene entidad de enemigo.

Si no es porque otros advierten a la persona que no es normal el tipo de relación que está manteniendo con “quien ama”, si no se toma perspectiva, rara vez se reconoce en la vida privada que se vive con la pareja en constante estado de amenaza. Pero cuando el conflicto es recurrente (y no se buscan apoyos para remediarlo) es común encontrar parejas de co-dependientes amorosos que viven una relación de control y poder que se mantiene en el tiempo sin resolución. Se trata de parejas que, más que estar unidos por el amor, se mantienen juntos por tener la razón o rivalizar por la influencia en los hijos. Para ellos es normal la tensión en la que conviven, siendo éste uno de los síntomas primordiales para concluir que estamos ante una relación con componente psicopático.

La tolerancia a la tensión sin buscar soluciones saludables es un indicativo del grado enfermizo de la pareja. Tarde o temprano, al mantenerse esta situación en el tiempo sin que se encuentren salidas basadas en la congruencia y el respeto, se polarizan los roles dentro de la relación. Es entonces cuando se desvela que una de las partes tiende a intimidar y la otra a consentir. Estamos en el apogeo de la dependencia emocional entre uno y otro cónyuge: ambos se desprecian a la vez que se necesitan. En ausencia de genuino amor, el mero hecho de mantener la relación no es suficiente para seguir juntos, de tal manera que, la relación que así se mantiene, se convierte en el caldo de cultivo para la guerra. En una guerra hay ataque y contraataque, explícito o soterrado, eso es indiferente. Por lo tanto el hecho psicopático es alimentado por ambos cónyuges: quien usa al otro y quien se deja usar.

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El cónyuge como medio para conseguir los propios fines

Mucho se ha escrito sobre el perfil de los psicópatas. Se les define comúnmente como personas antisociales, con nula sensibilidad al tiempo que con ausencia de remordimientos, si bien pueden mantener una fachada de exquisitez de cara a la galería que contrasta con un ambiente de presión en la intimidad con la pareja. Pero desde mi experiencia, el aspecto fundamental es el uso que el cónyuge psicópata hace de la pareja “psicopatizada” y cómo la pareja del psicópata entra en la dinámica de dejarse usar. No hay un rol sin otro. En los casos que he apoyado en terapia existen ambos. Así pues es importante entender que la psicopatía, aunque imputable a uno de los cónyuges, suele ser alimentada y permitida (por inconsciencia o debilidad) por la parte a la que solemos considerar víctima. Vivir con una pareja psicópata es un ejercicio invisible de complicidad con el hecho psicopático.

El uso que el psicópata hace de la pareja es el de conseguir lo que quiere aunque ello signifique pasar por encima de la otra persona. De hecho, el psicópata, ni siquiera ve a su pareja como alguien a quien ama, sino que la pareja es un puro objeto, el medio para lograr sus fines. Sea por un tema de custodia de hijos, cuestión de imagen o de poseer a la otra parte, la conducta psicopática es la del control mediante tres estrategias básicas: el desprestigio, la violencia verbal y la intimidación.

El desprestigio

Delante de los hijos o en público el psicópata puede hacer muestras verbales de la falta de solidez de su pareja. Su trastorno mental le lleva a estar convencido de que así apoya a su cónyuge. Por ejemplo:

· Un padre puede desdecir la consigna que la madre ha dado a nivel educativo a un hijo estando presentes los tres: el padre consiente un capricho que la madre no consintió. Y luego decirle al hijo (delante de la madre) que ella está equivocada, que no le tiene que hacer caso.

Otra situación:

· En una cena con amigos y, a modo de gracia con connotación sexual, ella hace el comentario a carcajadas de que su pareja no es lo suficientemente hombre. Y todos ríen.

Véase siempre que, en un hecho psicopático, participan dos roles: quien ejecuta la pauta y quien calla. En ambos casos anteriores es importante señalar que la parte que consiente el desprestigio no pone el límite que puede poner, lo que implica que se prolongue el hecho psicopático.

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Violencia verbal e intimidación

El psicópata puede subir el volumen o no, si bien mantiene tono vehemente y con verborrea elocuente. Censura en privado e insulta, descalifica y apela a la incapacidad de la otra persona por no estar a la altura de las circunstancias, las circunstancias que la parte psicópata marca como ideales. La otra parte, que alimenta esta pauta queriendo estar a la altura del psicópata, se compara con éste y hace dejación de su propio estilo de vida y los propios principios. Esta dejación de los propios principios sume en un círculo vicioso a la parte “psicopatizada” pues, lejos de poner un límite o retar al psicópata, entra en la necesidad de venganza inconsciente: permanece en la relación con el soterrado objetivo de demostrar al otro que vale, cuestión ésta que nunca consigue pues el psicópata bien se encargará de crear una imagen de superioridad inalcanzable ante la otra persona.

El mecanismo del psicópata es vampírico, se alimenta de la necesidad de aprobación del otro. Como no tiene principios necesita socavar la ética de su pareja con el fin último de demostrarle que no es especial ni diferente sino vulgar, alguien del montón en quien nadie puede fijarse. El fin último de la intimidación es un puro ejercicio de vanidad para demostrar a la otra parte que es su propiedad privada y que le pertenece.

Ejemplos:

· En la puerta del trabajo del hombre, ella con volumen alto, le dice a él que gana poco dinero, que son el hazmerreír del barrio y que se avergüenza del trabajo de poco éxito que tiene su cónyuge. Que nunca le promocionarán y que piensa separarse (aunque no lo hará nunca) y encontrar a alguien que esté a su altura.

· Tras una discusión con su mujer estando también la madre de ella delante, él le dice a la suegra que su hija es mala madre e incapaz de cuidar de sus nietos, que está enferma y que se merece que la abandone, pero que no lo hará porque sin él ella no es nadie en la vida.

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Alternativas

Para manejar el hecho psicopático es necesario desarrollar la sensibilidad mutua de reconocer el entrometimiento, la presión, la amenaza, el desprecio, la humillación y la violencia que son el contenido de la relación en vez del genuino amor. Raramente un psicópata se rehabilita. Cuando la otra parte logra poner límites suele sobrevenir la separación. Ante la separación, cuando es firme la parte que se separa, la conducta del psicópata es volver a encontrar a alguien que le sigue el juego. Su energía vampírica le lleva a buscar otras personas que sirvan de nuevos objetos para sus viejos fines.

Cuando se dan de manera reiterada, estar atentos a estos mecanismos se convierte en algo fundamental para primero reconocer, después asumir y finalmente sanar la relación psicopática, en bien de uno y otro cónyuge. Como cualquier adicción emocional la unión psicopática primero ha de reconocerse para luego transformarla.

En el proceso de manejo de la pauta psicopática son recomendables estos recursos psicológicos: no entrar en el juego, no competir con el psicópata, no caer en la provocación, no darnos por aludidos, hablar con seguridad y sin mostrar temor, emplear mayor fuerza y contundencia verbal que ellos, no justificarse ante la persona psicópata, no asumir responsabilidades que no sean nuestras, poner límites, repetir “no” (se aburre), ser firmes, desafiar, retar y exigir.

En el fondo, el psicópata es un ser egocéntrico e inseguro necesitado de admiración. Su talón de Aquiles es que se le ignore.

Antonio Galindo es psicólogo en Asesores Emocionales

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