El cementerio de los valientes
L os límites fronterizos que hoy se conocen de Afganistán se establecen en 1747. El país ha sido bautizado con todo merecimiento como el cementerio de los valientes. Buena muestra de ello es el cortísimo dominio colonial del Imperio británico, que siempre intentó que el territorio garantizase el tránsito entre el subcontinente y Europa. Es evidente que fracasaron. Recomiendo las lecturas del insigne Rudyard Kipling para el que quiera saber más.
En 1919 se produce la independencia del Imperio británico, desde luego de las primeras, y visto con perspectiva histórica, se entiende que la metrópoli por excelencia intentase salir de su indomable colonia para limitar los daños, léase humillaciones, que había sufrido. Afganistán se constituye en Reino hasta 1973, fecha en la que se convierte en República y cuyo régimen es derrocado para instalar una dictadura pro soviética en 1978 en la persona del comunista ultra ortodoxo Babrak Karmal, cuyo sustituto real, no el que figura en las enciclopedias, fue el sanguinario Mohammed Najibullah, derrocado tras la vergonzante retirada de los rusos en 1989. Fecha esencial en la historia del islamismo radical y del yihadismo, pues la consideran el principio del fin irremediable de los dos grandes enemigos de su interpretación extremista del Islam, que no es verdadero Islam, más bien una ideología surgida al calor de la manipulación. El país es de una complejidad étnico-religiosa casi imposible, en realidad nada en comparación con Líbano, en el que conviven un 35% de patanes (pashtunes); 25% de tayikos (etnia que se le atribuye al aspirante Abdullah Abdullah, que es en realidad medio tayiko medio pashtún); 22% de hazaras (por cierto chiíes y no sunníes); además de uzbecos y judíos.
Desde 1996 a 2001, se instaló un régimen de terror absoluto y sin escrúpulos, el talibán, que lo prohibió todo, incluida la música y la danza. La intervención internacional puso fin a ese régimen con autorización del Consejo de Seguridad de Naciones Unidas.
Lo que preocupa hoy es que muchos gobiernos son incapaces de reconocer la trascendental importancia de la tarea que allí se desarrolla, una guerra total contra uno de los regímenes más terribles de historia reciente. La derrota de la débil e incipiente democracia afgana y la retirada precipitada de las tropas internacionales podrían muy bien preocupar a un movimiento de euforia en el yihadismo que lo consideraría como paralelo al segundo gran hito de victoria islámica tras la derrota del Imperio persa Sasánida en el 637, y la toma de Constantinopla en 1453 por Mehmet II el Conquistador. Este último suceso histórico, identificado por lo yihadistas como verdadero desencadenante de la inevitable victoria final.
Una retirada sin que la misión esté cumplida, o una claudicación ante los talibán, supondría un gravísimo riesgo para el mundo entero. Tampoco entiendo que desde EE UU se haya llegado a decir que existen talibanes buenos y malos, cuando es evidente que en tiempos del Mullah Omar y de Ben Laden la confusión entre Estado talibán y Al-Qaeda era total.















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