miércoles, 04 marzo 2015
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Medio y fin por María José Navarro

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Hace unas semanas, en Barajas, me abordó uno de esos estupendos chicos que te invitan a hacerte una tarjeta de crédito. Siempre trato de ser educada con ellos, porque las cosas están fatal y la gente trata de ganarse la vida. Me da igual si ofrece un banco, un menú de nueve euros o unas copas en un bar: yo me paro y escucho. Sobre todo, porque una nunca sabe dónde va a acabar o dónde te va a colocar esta situación que vivimos, así que prefiero ser amable y gastar los minutos que tenga en escucharles. El estupendo chico del aeropuerto fue estupendo de verdad. Me explicó detenidamente las facilidades de pago, las ventajas y el poco rato que tardaría en rellenar los datos. Traté de explicarle que, lejos de querer tener más tarjetas, lo que pretendía era reducir las que luzco en el monedero, que son tres y ya me parece una exageración. Es que si rellenas los datos a mí me haces un favor, me dijo. Y me sentí fatal. La otra tarde, ya en camisetuza y pantalón gualtrapa, sonó el timbre. Una chica. De una institución humanitaria mundial que desarrolla su actividad bajo la protección del Estado español. Lanzan, me contó, una campaña nueva para la urgente situación que vivimos. Pide los datos en la misma puerta, hay que firmar, poner el número de cuenta. Le digo que me de los papeles y que prometo mirarlo, que lo haré, claro. Es que voy a comisión, me dice, y si no lo firmas ahora no me la llevo. También me sentí fatal. La comisión me pesó más que el fin. Una lo espera de un banco. De la institución humanitaria, no.
 

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