MENÚ
viernes 22 septiembre 2017
05:35
Actualizado

De turismo por la memoria

  • Los ancianos de Pinilla y Alameda del Valle desempolvan sus recuerdos y costumbres de niñez y los convierten en paseos temáticos para proteger  del olvido el patrimonio emocional de sus municipios

MADRID- Los recuerdos son los que construyen una vida, y en esto los ancianos tienen más poder que nadie. Su vida se ha ido construyendo a base de vivencias y costumbres que ahora son atemporales. Sin embargo, el patrimonio no se debe perder nunca; es la base que cimienta la historia y, si no existe, significaría poco más que tener nada. Algo parecido debieron de pensar los octogenarios de Pinilla y Alameda del Valle, municipios de la Sierra de Madrid, cuando los animaron a desempolvar los recuerdos más pintorescos de la historia de su pueblo.
La Comunidad de Madrid, a través de la Consejería de Medio Ambiente y Ordenación del Territorio, se planteó el objetivo de recuperar los saberes tradicionales de estos pequeños municipios, para evitar que la cultura tradicional caiga en el olvido. Así, abanderaron el proyecto «De paseo por los recuerdos», en el que han colaborado activamente los técnicos de los centros de educación ambiental de la Comunidad de Madrid Puente del Perdón y El Cuadrón, junto con los servicios sociales de la mancomunidad. Desde el primer momento, fue un trabajo de coordinación, pero lo más importante es que acabó convirtiéndose en una labor participativa por parte de los vecinos de Pinilla y Alameda del Valle, que colaboraron en la comprensión de las tradiciones de antaño porque los ancianos terminaron siendo los auténticos protagonistas del programa.

Gracias a su asistencia en los encuentros que se convocaron antes de poner en marcha el proyecto, los técnicos de los centros de educación ambiental pudieron desarrollar los primeros itinerarios, deteniéndose en aquellos puntos de interés llenos de anécdotas. Finalmente, a través de los testimonios de los ancianos, se han podido completar una serie de paseos temáticos por estos dos municipios.

Y es que, a pesar de que los pueblos son pequeños y tiene muy pocos habitantes (en torno a 200, cada uno), son muchos los lugares dignos de visitar para escuchar la historia que atesoran. Sitios de faena, los lugares de reunión y los rincones destinados al esparcimiento de las mujeres, que acostumbraban a divertirse separadas de los hombres, son algunos de los emplazamientos que ahora se pueden redescubrir.

Cantera de bodas
¿Qué se van a encontrar los que se decidan por este turismo de la memoria? En Pinilla del Valle, la Plaza de la Constitución, en la que está instalado actualmente el Ayuntamiento, albergaba hace 60 años el tradicional baile de los domingos. Se trataba de un momento crucial en la semana para los mozos, que tenían la oportunidad de conquistar a las jóvenes del pueblo. Pedro, natural de Pinilla toda la vida, recuerda que los niños no podían entrar al baile, que costaba un duro, a no ser que tocaran el organillo. Los más «zorros» de otros pueblos que acudían a la verbena de Pinilla a por las autóctonas debían pagar una «costumbre» de unas 7 pesetas si no querían terminar en el pilón, una «tasa» que las mujeres nunca pagaban ya que siempre, según este abuelo de la sierra, había algún interesado que lo abonara por ellas.

Pero las bodas no sólo salían de los bailes. La vieja fuente del cántaro, la única en todo el pueblo, era testigo de los primeros encuentros entre mozos, que tardaban más de la cuenta en volver a su casa con el agua. El truco era observar desde la casa la llegada al fregadero de la pretendida, y aprovechar el momento para hacerse los encontradizos. Hasta la década de los 70, el agua corriente no llegó a los hogares de Pinilla del Valle, y hasta entonces, recuerda una vecina, se pedía la vez en la fuente para llenar el cántaro o el botijo. Las caceras eran fregaderos públicos donde las féminas hacían la colada, una labor costosa que requería de mucho tiempo. Las zarzas cercanas a las cacederas les servían como tendedero, cuando no lavaban en el emblemático río Chico, que tenía un caudal mucho más abundante en aquella época. Pero no era éste el único punto de encuentro en el que coincidían las mujeres. Las solanas eran tapias donde daba bien el sol, y las mujeres del pueblo las aprovechaban para coser calcetines y demás ropajes. Después de comer, cada una sacaba de su casa su propia silla de mimbre y en corro pasaban las horas comentando los «enredos» de Fulano con la novia de Mengano.

En Alameda del Valle, el pueblo vecino, se mantenían más o menos las mismas costumbres. Sus vecinos recuerdan que el actual Ayuntamiento eran antiguas escuelas de tarima vieja donde el cura don Ángel ejercía también como profesor de 15 o 20 jóvenes agrupados en una clase, independientemente de la edad que tuvieran. Mientras, el material escolar se reducía a una pluma y un tintero. Charo, una de las vecinas de Alameda, recuerda que a un profesor le tuvieron que dar de comer durante la temporada escolar, mientras que otro ejercía de cura, médico y profesor. Las solanas se organizaban de la misma forma que en Pinilla, aunque donde más solían agruparse era en el paredón de la Tía Cirila.

La taberna de Mariano, un rito
En cuanto a las labores de higiene, las mujeres lavaban en el arroyo de la Saúca y en caceras. Por su parte, los varones se pasaban el día en el campo practicando sus labores agrícolas, un oficio costoso que no les permitía mucho tiempo para disfrutar de sus actividades ociosas. Entre éstas, ir a la taberna de Mariano «El Colorao» solía ser un rito para casi todos. Adolfo recuerda que se bebía aguardiente desde primera hora porque el invierno era muy frío y el trabajo en el campo muy duro. Cuando las inclemencias alteraban su jornada laboral, acudían a la taberna a beber coñac, anís de chinchón y, por supuesto, el vino que traía «El Colorao» de Toledo y de Valdepeñas. Solían ser viajes de hasta 20 días en una carreta tirada por bueyes.
En definitiva, éstos son sólo un puñado de recuerdos y vivencias sobre una etapa difícil en el ámbito rural de la España más castiza. Pero, al fin y al cabo, recuerdos que ya están a salvo del olvido. Por ello, la Comunidad no quiere detenerse en este proyecto y la iniciativa ya se está extendiendo a otros ayuntamientos de la zona. El propio viceconsejero de Medio Ambiente, Luis Asúa, se mostró muy satisfecho con el resultado del programa y aseguró que «mejorar la calidad de vida de los ciudadanos a través del desarrollo rural siempre ha sido uno de los principios fundamentales de la Comunidad». El objetivo está claro: que pervivan las costumbres y que la tradición siga siendo patrimonio cultural de un ámbito tan puro como es el medio rural.
 

 

Rincones cargados de tradición
SITIOS DE FAENA

La fuente del cántaro, en Pinilla del Valle, era única. El sistema para llenarlos consistía en pegar los jarros junto a la pared, en fila, para coger la vez. Después las mujeres los transportaban apoyados en la cadera.
RINCONES DE MUJERES
En Pinilla, como en tantos otros pueblos, lavar era cosa de mujeres. También se aprovechaban estos espacios para lavar las tripas de los animales en época de matanza o las gasas y picos para pañales.
LUGARES DE REUNIÓN
La taberna de Mariano «El Colorao» es uno de los negocios y centros de reunión más antiguos de Alameda y, aunque ha ido cambiando de ubicación, se ha mantenido cuatro generaciones.
 

SIGUENOS EN LA RAZÓN