viernes, 17 abril 2015
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Educación sexual por Marina CASTAÑO

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No es fácil para los padres y educadores dar un enfoque adecuado para informar a los niños y adolescentes sobre el sexo. Pero peor lo han tenido las generaciones en que los datos sobre la vida de pareja eran tabú, pecado sucio, tema oculto. De «eso» ni se trataba ni se hablaba. Los niños venían de París y las barrigas de las embarazadas eran consecuencia de una enfermedad que las hacía retener líquido. ¡Qué absurdo, qué estúpido! Pero, claro, todo respondía a una mentalidad despreciable, de la cual eran víctimas todos aquellos que no eran capaces de liberarse de ella. La naturalidad y la transparencia en temas tan de la vida como las relaciones sexuales permiten que no haya cabezas retorcidas que deriven en trastornos traumáticos que han de ser tratados por un psiquiatra. Muchos psicópatas, violadores o exhibicionistas –no todos, claro–, han sido producto de traumas derivados de una educación inadecuada, de un ocultismo enfermizo. Una información responsable y sana se inicia en la infancia, sin necesidad de que el cuerpo esté ya experimentando ese cambio brusco de la adolescencia, donde las sensaciones explotan y donde se hace más patente la necesidad de los contactos y de los afectos. Esa educación que estamos obligados a dar a nuestros hijos es un añadido más a la cultura y a la formación del futuro adulto, por eso mentir o deformar la realidad no conduce a más cosa que a confundir, porque no olvidemos que ellos tienen acceso a todo tipo de información a través de los distintos medios que manejan. Y si no somos capaces de hacerlo con orden y de forma muy científica y elocuente, podemos deteriorar la idea de algo natural y hermoso.

 

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