jueves, 27 julio 2017
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Mario

Muy de cuando en cuando, el jurado del Nobel de Literatura acierta. El gran idiota de Oliver Stone ha sido el primero en escupir su envidia sectaria. Pregunta que quién ha leído a Vargas Llosa. Millones de personas en todo el mundo. Es el sumo sacerdote del idioma español, con un talento literario tan hondo como variado. «La Ciudad y los Perros», ahí va eso. Y en plena juventud. Se elimina importancia a «Pantaleón y las Visitadoras» que es un genial hallazgo. Y «Conversación en la catedral», para muchos su mejor novela hasta que apareció, como un milagro rotundo, «La Fiesta del Chivo», su obra maestra, su retrato. «La Fiesta del Chivo», es como un Rembrandt, un Velázquez o un Rafael. El trópico caribeño, la crueldad infinita, la cobardía, y la tragedia revivida de Urania Cabral.

Vargas Llosa, la referencia de la libertad, el azote de los poderosos, los tiranos, los codiciosos y los torturadores. «La Tía Julia y el Escribidor», de sus tiempos progres. Demasiado Barral, aquel gran esnob de la «Gauche Divine» barcelonesa. Y la respuesta de la tía Julia, «Lo que Varguitas no dijo», tan lejana al talento. Se presentó a la presidencia de Perú para regenerar sus raíces, y los peruanos eligieron a un japonés, que salió ladrón y asesino. El japonés le quiso robar la nacionalidad y España se la concedió. Como español es académico de la RAE. Lima, Nueva York, París, Londres, Madrid... Vuela el genio de un lado a otro, quizá desarraigado, quizá inquieto, quizá lo uno y lo otro. Pero él es Perú.

Intervine en la adaptación teatral de «Pantaleón y las Visitadoras», con Juancho Armas. La dirigió Gustavo Pérez-Puig con Mara Recatero. A Mario le gustó más que a los autores. «Es muy complicado encerrar una novela amazónica en un escenario». Siempre generoso. Los genios no son distantes, pero sí imprevisibles. Mario Vargas Llosa no se casa ni con Dios. Inteligencia, finura, humor y dureza. Y siempre asequible. Como lo era Cela, como no lo son los tostones inventados por el retroprogresismo.

Me alegra el dolor de los envidiosos. Me consuela pensar en la bilis de Gabo, de los Castro, de Chávez, de los «perfectos idiotas» de por allí y de por aquí. El maestro de la metáfora. El narrador invencible, porque sus palabras vencen siempre a quienes las leen con recelo o con la distancia propia de los imbéciles. Genialidad literaria y referencia de la libertad. Nada menos, y reunidas, la genialidad y la referencia, en una misma persona. Un peruano de Arequipas. Un español acogido. Un inglés en sus maneras. Un francés en su rigor. Un neoyorquino en su cosmopolitismo. Pero ante todo, América y la libertad desde el talento.

Los miembros del jurado del Nobel de Literatura se reunieron, por esta vez, en estado de recomendable sobriedad. Se lee la relación de los últimos treinta premiados, y exceptuando a cinco o seis, la lista produce risa. Saldrán en los próximos días las víboras envidiosas.

Disfrutaremos con ellas y sus vilezas. Los premios alegran por recibirlos y por lo mucho que molestan a los mediocres. El Nobel de Mario Vargas Llosa lo recibimos todos sus lectores, contados por millones. Las víboras están coléricas. Qué amable, sosegada y abrazadora felicidad.
 

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