miércoles, 23 agosto 2017
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Por siempre Dickens por Francisco Nieva

En el segundo centenario de Dickens, se me ocurren cantidad de cosas sobre su resonante  reflejo en la sociedad, doscientos años después. El cautivante mundo dickensiano influyó estéticamente de un modo universal. Visitar el mundo de Dickens es visitar otro tiempo y otra Inglaterra, reales y soñadas al mismo tiempo. Su gran éxito en EE UU hizo que to»Navidades a lo Dickens», igual de friolentas y calenturientas, generosas, afectuosas, caseras, nostálgicas y sentimentalmente británicas. Y así lo fue, por refracción, en todo el mundo. En las narraciones de Dickens, «la pérfida Albión» parece que se convierte en una «malva» que estamos deseando visitar, para ver si es como Dickens la presentaba, si encontramos restos, vestigios y despojos dickensianos que nos den fe de que «fueron verdad». Pero sólo fueron mitad verdad y mitad imaginativas, soñadas, enfatizadas poéticamente. Y la poesía  lo consagra todo, lo melancólico y lo triste, lo dramático y lo risueño, lo esperanzado y lo desesperado… Lo que Dickens consagra de la forma más gratificante son, el humor y la excentricidad individual en cantidad de sus personajes, rodeados por la más tierna y tolerante confianza. El individuo más común puede convertirse en un sorprendente y emotivo payaso, en «un personaje de Dickens». Lo que da una medida del influjo estético de Dickens –el valor de «creación absoluta» de su obra, un mundo aparte e inconfundible– es que los modernos cineastas, queriendo ser fieles a los sentimientos del público, al tratar de gustarle, enternecerle y emocionarle, se han esforzado de forma absoluta en reproducir  «el sueño dickensiano» en todos sus detalles más significativos: el vestuario justo, los decorados más explícitos, los paisajes más emblemáticos. Los atardeceres, la noche, el misterio y el humor mezclados.

Los que no recuerden todavía el filme sobre «David Copperfield», de los años 30 del siglo pasado, tienen mas al alcance, en filmotecas y en televisión, dos de las adaptaciones más brillantes de ese mundo tan inconfundible. Verdaderas obras maestras. «Grandes esperanzas», de David Lean, y «Oliver Twist», de Polansky, dos monumentos fílmicos inapreciables. Lo más admirable es el respeto y la fidelidad que le han mostrado los más grandes del cine, tal es la fuerza de captación de sus relatos, que no se le puede desplazar de la época y el ambiente originales sin echarlo a perder, desperdiciarlo… Parece que la sombra de Dickens ha soplado al oído de aquellos creadores una cosa que les ha advertido, como medida de prudencia: «Si me alteras, fracasas».

 

Francisco Nieva
De la Real Academia Española

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