domingo, 30 abril 2017
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Autopsia a Hollywood

  • Marilyn Monroe, Sharon Tate, William Holden, Natalie Wood... Se edita  «Cadáveres exquisitos», las memorias del forense que examinó sus cadáveres y determinó su muerte.

El actor William Holden  murió de una forma ridícula. Tropezó con la alfombra y se golpeó la cabeza con la mesilla. Aquella brecha de siete centímetros no debió matar a nadie. Pero  las venas del intérprete arrastraban una botella y media de vodka. La herida alcanzó el cráneo, pero él no percibió la gravedad del corte. Mareado, cogió unos pañuelos de papel para taponar la sangre que le fluía de la frente. Utilizó ocho antes de tumbarse en la cama. Tardó media hora en perder la consciencia. La hemorragia, acentuada por el alcohol –un fuerte vasodilatador que, además, inhibe la coagulación–, prosiguió hasta que murió desangrado.

Tardaron cuatro días en descubrir su cadáver. Apareció vestido sólo con la parte superior del pijama, en estado de descomposición, el abdomen de color verde y los ojos nublados. Si hubiera realizado una llamada de teléfono, que estaba a su alcance, se habría salvado. Pero estaba demasiado borracho para pensar con suficiente claridad en salvarse.

Drogas y rebeldes

El oficio de forense en EE UU es mucho más que el examen detectivesco de un cuerpo. Conlleva una investigación ocular del lugar del fallecimiento y una reconstrucción de lo ocurrido que conduzca a esclarecer la causa final de la muerte. Thomas T. Noguchi fue el forense de los grandes casos de Hollywood. Ahora, en una cuidada edición del periodista Víctor Fernández, que firma el prólogo, la editorial Global Rhythm recupera sus memorias, «Cadáveres exquisitos», donde narra su experiencia y determina de qué fallecieron algunos de los grandes mitos de la gran pantalla, la música y la política. A veces, en la Meca del cine, la muerte no tiene glamour y los ídolos simplemente dejan de respirar por un accidente fortuito o por una paradoja letal. Janis Joplin se quedó sin respiración en su habitación del Hotel Landmark. Acababa de grabar «Pearl», álbum emblemático de su discografía. Pero una sobredosis de heroína que, en principio, no debía ser letal la dejó en el suelo para siempre.

Uno de los riesgos de esta droga es su posible la mezcla con otras sustancias perjudiciales, aunque ese camello le pasó unos gramos que, al final, resultaron demasiado puros. Quizá fue una consideración hacia la artista, un ídolo que admiraba. Eso la mató, porque su cuerpo estaba acostumbrado a dosis adulteradas.  Noguchi lo relata con tristeza.

John Belushi, uno de los Blues Brothers, actor y lo que se le pusiera por delante, siguió la misma senda. Pero si existe un caso desafortunado en la carrera de Noguchi fue el de Natalie Wood, la niña de Hollywood. Había saltado al estrellato junto a James Dean y Sal Mineo en «Rebelde sin causa». Los tres murieron de una manera trágica. Ella apareció el 28 de noviembre de 1981 en una orilla de la isla de Santa  Catalina. Qué ocurrió. La Prensa enseguida difundió rumores que apuntaban a un asesinato más que a una muerte casual.

Estaba en un yate, junto a su marido, Robert Wagner, y el actor Christopher Walken. ¿Se peleó con su pareja? ¿La empujaron al agua?  Noguchi examinó el barco y las ropas que la actriz llevaba en el momento en que descubrieron su cadáver. El resultado es siempre desolador. El bote que arrastraba la embarcación golpeaba en el casco. Quizá le molestó el ruido. Acudió a él y, en un momento, quizá por la embriaguez –los tres habían cenado en un restaurante del puerto y habían bebido bastante–, cayó al mar. Una conjunción de factores desafortunados se aliaron en su contra. Ella se agarró a la balsa, que  se había desenganchado, pero no pudo subir a ella. El chaleco que vestía, empapado por el agua, pesaba cerca de doce kilos. El alcohol le impidió reflexionar con claridad. Además, el viento de esa noche, y las corrientes de la bahía la alejaban del yate. Gritó. Una fiesta en un barco cercano enmudeció sus gritos. Se agarró a las cuerdas de ese bote, pero las bajas temperaturas terminaron congelándola. Se desmayó y, arrastrada por el chaleco, se hundió en la profundidad. Si hubiera aguantado unos pocos minutos más, también se habría salvado. Es lo que tardó la balsa en alcanzar tierra firme.

El sueño roto

Pero los casos que marcaron la trayectoria de Noguchi fueron los de Marilyn Monroe, Robert Kennedy y Sharon Tate. Sus muertes conmocionaron al mundo. El cuerpo de la rubia más famosa del celuloide se encontró sin vida en su casa de Los Ángeles. Apareció desnuda sobre su cama, al lado de una mesita llena de frascos de pastillas, entre ellas, Nembutal, un poderoso somnífero. La historia de este mito, de la célebre protagonista de «Con faldas y a lo loco», «Bus Stop» o «Los caballeros las prefieren rubias», fue un sueño dorado que duró demasiado poco. Noguchi todavía recuerda impactado aquel año de 1962 cuando vio el cadáver del «sex symbol». Las fotos que se conservan chocan contra cualquier idealización.

¿Es ella Marilyn? Sí, lo es. Este volumen cuenta con un valioso pliego de imágenes. Algunas de ellas son inéditas, como las de Sharon Tate muerta, que dan constancia de la brutalidad que padeció hasta que expiró, y dos más de Marilyn, entre otras. El fallecimiento de Marilyn disparó, como era de esperar, las teorías conspiratorias, sospechas y conjeturas alrededor de lo que había sucedido en aquel dormitorio. Algunos apuntaban al hermano de Johnt F.

Kennedy, Robert. Se dijo, incluso, que había un fichero que la actriz ocultó y en el que nombraba al político americano. La convulsión de su muerte  hizo que Noguchi tuviera que volver a declarar,  al reabrirse el caso, sobre aquella misma investigación que había dirigido años atrás en unos instantes apresurados. Él fue el patólogo que había realizado la autopsia y, según algunos, lo que había escrito en su informe alentaba la posibilidad de un asesinato.

Análisis de órganos

Noguchi, en este libro, reconstruye la última noche de la actriz y añade datos curiosos, como los hematomas que presentaba su cuerpo o el extraño análisis que se hizo de sus órganos. Pero, al final, es muy concluyente: «El análisis de sangre mostraba 8,0 miligramos % de hidrato de cloral, y el hígado 13,0 miligramos % de pentobarbital (Nembutal), en ambos casos dosis ciertamente mortales». Después añade: «Las pruebas me habían persuadido, al igual que a los toxicólogos, de que Marilyn Monroe había ingerido una cantidad suficiente para provocarse la muerte».  Pero él ya sabía que la fascinación de su belleza seguiría, como sucede hoy, especulando sobre qué le ocurrió en realidad.

   Sharon Tate fue algo más que la pareja de Roman Polanski. Aquella mujer guapa, esbelta, de ojos oscuros era una de las actrices con mayor proyección en Hollywood. A sus 26 años ya había rodado diez películas. Un buen comienzo. Pero todo se torció la noche del 9 de agosto de 1969. Thomas Noguchi recuerda con estupefacción la masacre que presenció en aquel chalet situado en el 10050 de Cielo Drive. Los cuerpos, destrozados por el ensañamiento, se encontraban casi por todas partes. En el suelo había charcos de sangre. Y, entre ellos, Sharon Tate con una soga alrededor del cuello. «Nunca en mi carrera he contemplado tal encarnizamiento», afirma. Y comenta: «La víctima más desoladora, porque estaba embarazada, era Sharon Tate. Yacía con las piernas replegadas sobre su estómago, como si hubiera intentado proteger a su hijo». La investigación acabó con el arresto de Charles Manson y de los miembros de su secta. ¿Pero por qué matarla a ella? Noguchi cuenta el motivo. En aquel domicilio terminó la carrera musical de Manson. Fue rechazado por la persona que prometió  editarle un disco. Como acto simbólico, sus seguidores acudieron allí transcurrido un año para vengarse. Pero los inquilinos eran otros. 


¿Quién mató a Bob Kennedy?
Un arma o dos. Un asesino solitario o varios. La autopsia deja la puerta abierta. Thomas Noguchi realizó una de las autopsias más exhaustivas y rigurosas de toda su carrera. No podía permitir que sucediera con Robert Kennedy lo mismo que con su hermano, asesinado en Dallas. El hollín en el pelo de Bob revelaba que el disparo se había hecho a corta distancia. «A dos centímetros del lóbulo derecho y a sólo siete de la nuca. Entonces advertí que mi test parecía exculpar a Sirhan Sirhan». Noguchi argumenta: «Había otras pruebas que ponían en entredicho la tesis de que Sirhan Sirhan actuó solo. Por ejemplo, se dispararon cuatro balas contra Kennedy, tres de ellas lo alcanzaron y una le atravesó la ropa sin causar daños. Cinco personas que estaban detrás de Kennedy fueron heridas por proyectiles que se hallaron en sus cuerpos y en el techo se contraron tres orifios de bala. Había marcas de doce balas, cuando la pistola de Sirhan contenía sólo ocho». El forense concluye: «Hasta que no haya pruebas fehacientes de lo sucedido esa noche, la presencia de un segundo pistolero permanece como una posibilidad».

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