lunes, 01 mayo 2017
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Escalofriante cogida de Aparicio

 La congoja nos duró toda la tarde. ¿Y cuántas tardes? No era de esperar que el primero de la corrida, jabonero de pelo y que se podía confundir con el color del albero, sembrara el pánico con tal intensidad. Fue horrible, así, sin más. Julio Aparicio casi comenzaba la faena y se la arrebató de lleno. Era el primer natural tal vez, le hizo la zancadilla, no repuso a tiempo el torero y, a merced del animal, ya en el suelo quiso hacerse él mismo el quite. La muleta no fue suficiente engaño para burlar un envite que le fue directo a la cabeza. Por la barbilla le atravesó y en la misma boca asomó el pitón. Espantoso. Sobrecogió Madrid. El toro era noblón y la dramática cogida parecía estar en el sino del torero. Se lo llevaron raudo, con esa misma congoja asomada a la cara de los peones que le trasladaron a la enfermería. Le esperaba García Padrós, que firmó después un parte de pánico y un eterno punto y seguido en el hospital le aguardaba al torero para la reconstrucción.

 

El miedo apenas nos abandonó unos minutos. Como mató Morante el de Aparicio, se corrió turno y salió El Cid con el segundo. También al natural, sonaba a maldición, le levantó los pies del suelo de manera espectacular. Lo pudo haber reventado. Arrimón importante el que se pegó. De espanto pintaba la tarde, la de las figuras, la del «no hay billetes» y la del regreso de Morante un año después y anunciado con la misma ganadería de la fecha que bordó el toreo de capa.

 

A partir de aquí, caímos en picado, perdiéndonos, entre lamentos, en una corrida repleta de sobreros, cada cual peor presentado de un conjunto que no tuvo un pase, por la mala imagen, para la ocasión. Morante tiró de coraje en su segundo, tris, de Camacho, para cuajarle un toreo de capa que recordaría al de hace un año. Se envalentonó, porque el toro apenas tenía media arrancada, y crujió Madrid con el saludo a la verónica. Lo haría también en el quite. ¿Recuerdos, presente? Qué se yo. No pudo rematar, reponía el toro y se quedaba a medio camino de la nada. Ahí mismo murió el trasteo. Hasta dos toros le echaron al corral antes de vérselas con éste. Poco pudo hacer con su descastado primero.

 

La sustitución de El Cid dio mucho que hablar. Le vino de nuevo de cara la suerte. Embistió con las fuerzas justas el sobrero de Gavira pero con clase, con calidad. Se puso El Cid en la versión perdida de lo que va de temporada. Es verdad que no hubo rotundidad, pero dejó ver el de Salteras una realidad más relajada, más cadenciosa, y haciendo del toreo una reunión en cada pase.

 

El buen sexto le devolvió la esperanza y le nombró ganador de esa especie de reto que suponía volver de nuevo a Madrid. Si la izquierda fue desde los albores la mano por donde reinó en el toreo, ayer la faena la gozó por el pitón diestro. Se desplazaba el toro una barbaridad y transmitía. El único pero fue que abandonaba el muletazo con la cara alta. Fue gran animal, sin clonaciones de por medio.

 

Creyó el torero, depuró los remates y lo mató con una estocada arriba que le devolvía el crédito de Madrid. Se lo había brindado a Aparicio. Era el toro que por la mañana había sorteado para él. Pero en esta tarde le esperaba la cara más amarga de la Fiesta. Bien la conoce ya, y bien se la hizo el destino padecer. Qué descomunal debe ser la pasión de sentirse torero para volver otra vez, con la cara partida y el alma a trozos, a vestirse de valor. De valor y oro, que es el estigma del torero.

 

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