lunes, 29 mayo 2017
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Crítica de cine / «Eclipse»: Ni noche ni día

  • Director: David Slade. Guión: Melissa Rosenberg. Intérpretes: Robert Pattinson, Kristen Stewart, Taylor Lautner, Bryce Dallas Howard, Anna Kendrick, Dakota Fanning. USA, 2010. Duración: 124 minutos. Romántico

Que la tercera entrega de la saga «Crepúsculo» arranque con una lectura de un poema de Robert Frost, «Fuego y hielo», no debe llamar a engaño: ni frío ni calor nos provocan los amores entrecruzados de Edward, Bella y Jacob, aunque el meollo romántico de este trío no consumado sea, en efecto, un duelo entre lo cálido y lo gélido. El planteamiento es, sobre el papel, bastante atractivo: se trata de hacer un «Jules y Jim» en clave adolescente en el que la hipotenusa es una virgen que quiere dejar de serlo y los catetos son un vampiro «emo» y un hombre lobo de pectorales rasurados. Jesús Franco o John Waters habrían hecho una película muy divertida con semejante material de derribo, pero David Slade, responsable de «Hard Candy», se atiene al guión, deshoja la margarita en unas cuantas secuencias de «te quiero, no te quiero» entre los miembros del trío y ameniza, es un decir, el núcleo duro de esta novela rosa de espíritu mormón con la amenaza de unos cuantos vampiros neófitos que luego se queda en agua de borrajas.

«Eclipse» comparte con las buenas telenovelas sudamericanas su tema rector, esto es: la postergación. Lo que se posterga aquí no es sólo la desfloración, que Edward –con esa mirada, entre alicaída y decimonónica,  que será el certificado de defunción de la carrera interpretativa de Robert Pattinson– se niega tozudamente a llevar a buen puerto, sino también la pérdida de una inocencia que convierte a la castidad en sublimación del amor verdadero. Jacob representa la sexualidad animal, el calor extremo de la hormona viril, mientras que Edward simboliza una idea, una fantasía congelada en el tiempo. Es una pena que «Eclipse» no aproveche el enfrentamiento de estos dos titanes para analizar el deseo adolescente como sí lo hacía la primera parte: la escena de la tienda de campaña, en la que se hace explícito este juego de opuestos, es de vergüenza ajena.

 

 

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