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    Alfonso Ussía
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Villarejo la nueva meca del cine

  • Villarejo de Salvanés acoge el primer museo del séptimo arte de España, con más de 22.500 piezas originales. Carlos Jiménez, propietario del antiguo cine París, guarda hasta proyectores de los hermanos Lumière

MADRID- No recuerdo la primera película que vi en el cine, pero sí dónde: en Villarejo de Salvanés, el pueblo de mi padre. Fue en el cine París, en la calle Mayor, por aquel tiempo, o así lo recuerdo, anunciando la película con el póster promocional y una colección de fotografías con las que, si te ponías de puntillas, podías intuir de qué iba la película. Después era cuestión de entrar, embriagarte con ese acondicionador que sólo ponían en los cines y dejarte llevar por lo que se reflejaba en la pantalla. El cine París presumía, con razón, soy testigo, de programar películas «de estreno» al mismo nivel que cualquier cine de Madrid capital. Era así, fue así, hasta que dejó de serlo. Concretamente en 2004, año en que Carlos Jiménez, propietario del primer museo del cine de España, recuerda la última proyección: «Mar adentro», de Amenábar, con quince personas en la sala. Nada que ver con su debut en los años 60 con «Cuatro tíos de Texas», una cinta que tenía como protagonista a Frank Sinatra y que reunió a mil personas en su primera proyección. Sin embargo eso ya es el pasado. El presente y el futuro del cine París pasan por hacer de una sala de cine, con sus cortinajes color vino, que anticipaba en mi infancia que salir de casa para ver películas era un evento, una suerte de templo pagano, un Museo del Cine, que se acaba de inaugurar esta semana apadrinado por el productor Enrique Cerezo y la directora general de Archivos, Museos y Bibliotecas, Isabel Roswell.

Carlos Jiménez se siente abrumado por la cantidad de medios de comunicación que vienen a este pueblo, a 48 kilómetros de Madrid. «Las radios y las cadenas de televisión siempre adornan mis entrevistas con la banda sonora de "Cinema Paradiso"», comenta con socarronería. Normal. La vida de Jiménez podría haberse convertido en un guión sobre un fanático del cine desde que ni siquiera le distanciaran dos palmos del suelo. Con ocho años acompañaba a su padre de pueblo en pueblo con las bobinas de las películas para proyectarlas en las salas. En el museo conserva la motocicleta con la que, él, un zagal, cargaba con los rollos de películas con el fin de lograr la proeza: proyectar la misma película en dos o tres pueblos distintos, cuando en uno terminaba el primer rollo, empezaba en el siguiente.

Ahora, algunas decenas de años después, ha hecho realidad su sueño: plasmar su amor al cine en una magna exposición en la que se ha gastado dinero y tiempo para ofrecer al visitante muchos tesoros que hablan del séptimo arte desde sus entrañas: los proyectores, gracias a los cuales vemos las películas, hasta 500 –dos de ellos de los hermanos Lumiere– más de 22.000 afiches cinematográficos, que ha agrupado en el Cine París reconvertido ahora en un museo de mil metros cuadrados divididos en tres salas en las que se puede ver la evolución tecnológica y sentimental del cine a través de siete exposiciones temáticas.

Cultura cinéfila
¿Cómo lo ha conseguido? Con dinero, trabajo y cultura cinéfila. Jiménez se ha recorrido las mejores subastas cinematográficas de Inglaterra, Estados Unidos y Francia para recuperar proyectores, zootropos, praxinoscopios, linternas mágicas, trajes de acomodador –«cuando eras niño y entrabas en las salas, ellos parecían emperadores», dice Jiménez–, desde los artilugios de la prehistoria del cine hasta los más vanguardistas.

Entre las reliquias merecedoras de genuflexión para los cinéfilos, una Gaumont sonora, el mismo aparato que facilitó que se estrenase «El cantor de Jazz», el primer filme sonoro de la historia. Otro guiño para los cinéfilos: en estas salas se encuentran los discos originales de «Melodía de Hollywood».

Además de las subastas, Jiménez tenía su propio vivero en casa. Su padre y él llegaron a ser propietarios de 13 salas en diferentes pueblos de la Comunidad de Madrid. De ahí que haya «rescatado» el proyector de los cuatro cines que tuvo Villarejo de Salvanés o que se puedan encontrar aquí las cabinas de proyección de cines míticos de Madrid como el Alcalá Palace.  

Hablar con Carlos Jiménez es asomarse a la historia del cine en España, la que nunca se escribe pero está presente en la memoria sentimental de millones de españoles. Más allá de las estadísticas de los ministerios, Jiménez ha palpado desde este puesto de privilegio las querencias de los espectadores. Así, recuerda las dos películas más taquilleras del cine París, que están en las antípodas: «El crimen de Cuenca» en la Transición y «Titanic». «Una película taquillera te salvaba la temporada, "Titanic" hizo más por la supervivencia de este cine que cualquier subvención».

Ahora, Jiménez se dedica en cuerpo, alma y monedero a rebuscar por aquí y por allá piezas que convierten a este museo en algo único, ya que recoge la historia del cine desde las sombras chinescas a las máquinas más modernas de proyección. Y, por supuesto, no falta un homenaje al tío Oscar  –«cuando lo compré me dijeron que era uno de los que estuvieron en el Kodak Theatre, donde se entregan las estatuillas– y a su pueblo encarnado en la figura de Jacinto Benavente, Premio Nobel de Literatura, y ocasional guionista, cuyas raíces maternas están en Villarejo de Salvanés, donde Jiménez ha creado su personal «Cinema Paradiso», pero de verdad.

 

Y EN LA GUERRA CIVIL...
Con su memoria enciclopédica, aunque él no haya sido testigo, Carlos Jiménez narra, no sin cierta emoción, cómo Villarejo de Salvanés no se privó de cine durante la Guerra Civil. Causalidad o casualidad, los lugareños pudieron ir al cine. Eso sí, sólo podían ver una película, que proyectaron una y mil veces durante la contienda: «Nobleza baturra». Una de las copias de la cinta interpretada por Imperio Argentina y Miguel Ligero –apunte, también tenía raíces en Villarejo de Salvanés, era primo de mi abuela paterna– se quedó en el antiguo cine París y se exhibió durante toda la guerra.

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