jueves, 26 febrero 2015
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Besos de escayola por José Luis Alvite

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Alguien alegaba ayer en la radio el valor espiritual de la tristeza y su importancia como desencadenante de la creación artística. Era la voz de Ángel Gutiérrez, director  del Teatro de Cámara Chejov, un «niño de la guerra» que arrastra con amargura el recuerdo del frío recibimiento que se le dispensó en España a su regreso tras un exilio largo y forzado en Rusia. Percibo en su voz un decepcionado tono de amargura al haberse dado cuenta de que los españoles nos habíamos convertido en un pueblo frívolo y festivo, intrascendente al compararlo con la hondura sacrificada y dolida del alma rusa. Aunque no le conozco, no puedo ocultar mi simpatía instantánea  por la actitud melancólica del octogenario ante un país que vive de espaldas al esfuerzo y al mérito, obsesionado con la risa desmotivada y continua, esa risa como a granel que a él le parece el retrato de un pueblo desmotivado para el arte, empeñado en lo zafio y lo vulgar. Por eso vuelve los ojos a Chejov, a Dostoyevsky o a Pushkin, seres lúcidos y atormentados de la Rusia crucial y profunda, estoica y hambrienta, poblada por hombres rudos y mujeres compasivas, nutrientes de un pueblo que sobrevivió gracias a tener la mirada más grande que el paisaje. He creído notar en la voz de Angel Gutiérrez el desencanto sin remedio de alguien que sabe  que está de regreso irremediable en un país en el que el dinero es más importante que el pensamiento, un lugar frívolo y recreativo en el que lo que ocurre en el interior desolado de la gente desencantada y con talento es sin duda menos importante que lo que sucede sin hondura y sin trascendencia, como un beso de escayola en la piel impermeable y tirante de una pandereta.



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