miércoles, 23 agosto 2017
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Una hermana gemela de la «Gioconda»

  • Se realizó al mismo tiempo que Leonardo pintaba su obra y conserva detalles que el original ha perdido. El Prado conservaba una copia de la «Mona Lisa» que ejecutó, probablemente, Melzi, uno de sus discípulos.

Leonardo pervive detrás de una leyenda, que, poco a poco, se ha convertido en su verdadera maldición, en un pesado velo que impide distinguir con claridad los contornos fidedignos de su figura. El Prado, como en una metáfora, ha descubierto ahora, debajo de una capa negra de pintura, una copia coetánea de uno de sus cuadros más famosos: la «Gioconda». Una pieza que  ha alcanzado la frontera de la mitología. Permanecía en España desde 1666. La primera mención la vincula con la colección Real del Alcázar de Madrid. De ahí pasó a la pinacoteca madrileña, a una sala de pintura italiana, donde compartía espacio con «La Anunciación», de Fra Angélico. Se creía que era una copia flamenca posterior, como otras de las que abundan por ahí. Pero un proceso de restauración, impulsado desde el Museo del Louvre, que prepara una muestra sobre el maestro florentino y su taller, ha revelado que es una réplica coetánea a la original. Las dos piezas se realizaron a la vez, como demuestra que los detalles subyacentes que se modificaron en el original también se cambiaron en esta versión, como reconoció ayer Gabriele Finaldi, director adjunto de Conservación de la pinacoteca madrileña. «Es la primera copia de esta tela atribuida a un discípulo».

Confusión
¿Por qué se ha descubierto ahora? Dos siglos después, alguien, se desconoce quién, añadió una capa de pintura negra que ocultó el fondo. El proceso de limpieza que se ha iniciado recientemente ha sacado a la luz el paisaje que hay en el fondo. La coincidencia de la geografía es asombrosa. Además, el cuadro del Prado conserva  detalles que no se ven ya en la tela que pintó el maestro. Son referentes al paisaje, la ropa (como la cenefa y algunos pliegues de la ropa) y del rostro (las cejas no existen en el retrato de Leonardo). Lo que está claro es la diferencia que separa ambas obras. A pesar de que se hicieron a la vez, la maestría de Da Vinci marca una gran diferencia. El óleo de El Prado es un rostro más ceñido a la caligrafía de las líneas y sus exactitudes, mientras que el del maestro se pierde en el esfumato y otras técnicas pictóricas que le colocaron en la vanguardia del arte de su tiempo. sin embargo, conserva una nitidez que, sin duda, ayudará a interpretar el cuadro original y a esclarecer algunos aspectos.

Miguel Falomir, del departamento de pintura italiana de El Prado, insistió, no obstante, para atajar de inmediato interpretaciones y evocaciones fantásticas, que en esta obra «no hay ni rastro del pincel» de Leonardo». El propio Falomir, que reconoció que este descubrimiento invita a «mirar con ojos diferentes» este cuadro, reconoció que «el paisaje es extraordinariamente similar al original» y que su realización «es consecuente con la técnica y las características de los cuadros que están producidos en el taller del artista. Creemos que es una de las muchas réplicas que hacían sus   ayudantes», comentó.

Melzi y Velázquez
Los dos lienzos comparten similitudes hasta en el tamaño. El de Da Vinci mide 76 x 57 centímetros y el del Prado tiene 77 x 53. La pregunta ahora es quién fue la persona que estuvo con el maestro, el autor. Aunque existen varias hipótesis, todo apunta hacia Francesco Melzi.  «Es difícil asegurar quién fue, pero parece que este dibujo pertenece a Melzi. Existe un grupo de obras que se le asignan y con las que comparte analogías», aseguró Finaldi, quien, también reveló que se ha conocido ahora la identidad de «El barbero», de Velázquez. Sería Federico Brandoni, un funcionario de la curia romana de origen portugués. Finaldi también reveló que la «gemela» de la «Gioconda» no revelará demasiado respecto a otros asuntos más populares, más reclamados por el gran público: «Sobre el modelo no nos aportará nada. Sólo que sí tenía cejas. Puede que también estén en el original, pero ahora no se le ven», señaló en referencia a los barnices amarillentos que todavía hunden  más en el misterio a esta obra de senectud del artista italiano. A pesar de que este descubrimiento esclarecerá el trabajo de Leonardo, sin duda, también acrecenterá su fama y leyenda.


Los dos discípulos de Leonardo da Vinci
Leonardo tuvo un taller y varios discípulos con los que convivió. Permanecieron  a su lado y aprendieron el arte que les enseñó Da Vinci, aunque ninguno  alcanzara la excelencia y el magisterio del maestro. Uno de ellos fue el «Salai»,  ese chicuelo travieso, pícaro y enredador que puso la paciencia del artista a prueba en más de una ocasión y del que jamás se separaría (aparece retratado en algunos de los cuadros de Da Vinci) hasta que el muchacho le abandonó al final de su vida. El otro era Francesco Melzi, descendiente de una familia acaudalada empobrecida y al que ahora se le atribuye esta réplica de la «Gioconda». Cuando Leonardo, mayor y afectado por un ictus desde hacía años, falleció en Francia dejó todo su legado de pinturas y cuadernos científicos en herencia a Melzi. Este discípulo se casaría posteriormente y tendría una  considerable estela de descendientes.Pero también se convertiría en albacea de las obras de su maestro(aunque a su muerte parte se revendería). Melzi fue un pintor destacado, pero jamás llegó al talento pictórico de Da Vinci, como se observa en las telas que se le atribuyen.
 





Arriba, a la izquierda, la Mona Lisa de Madrid y, a la derecha, la del Louvre. Debajo, ambos rostros juntos.

Según "The Art Newspaper"  los conservadores del Prado se encuentran trabajando actualmente en el análisis de esta pintura, que se encuentra desde hace años entre los fondos de la pinacoteca madrileña, pero que se pensaba que se trataba de una copia llevada a cabo por algunos de los artistas de su taller a la muerte del maestro.
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