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El veraneo de Moratinos

Tiempo de lectura 4 min.

20 de agosto de 2010. 21:04h

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20/8/2010

El Gobierno se jactó en los primeros días del verano de que la situación del país recomendaba un estío atípico, con pocas vacaciones y mucho trabajo. Los ministros estarían al pie del cañón y la agenda de trabajo continuaría con cierta normalidad para aprovechar unos meses clave y avanzar en los frentes que mantiene abiertos el país. Pues algo de esto no ha funcionado en el conflicto diplomático con Marruecos. Desde el comienzo, chirrió especialmente, y así nos encargamos de denunciarlo en LA RAZÓN, no sólo por el vacío diplomático existente por la ausencia del embajador en Rabat y de los cónsules en el país vecino, sino también por la extraña y sorprendente desaparición del ministro de Asuntos Exteriores, Miguel Ángel Moratinos, en toda la crisis. El mutis político fue de tal calibre que hasta fue sustituido en las labores propias de su departamento por el titular de Interior, Alfredo Pérez Rubalcaba. El silencio del Gobierno sobre el destino de Moratinos en los primeros días de las fricciones en la frontera de Melilla resultó sintomático en cuanto al grado de desatención en un asunto complejo.

Ayer se confirmó que el jefe de la diplomacia disfrutaba de unos días de vacaciones en el suroeste francés junto a su familia. Una entrevista en un diario galo de un Moratinos muy relajado y en pantalón corto ha certificado el nivel de inquietud del jefe de nuestra diplomacia. Mientras las provocaciones se sucedían en los pasos melillenses, se insultaba y difamaba a las mujeres policía y los activistas del reino alauita bloqueaban los suministros a la ciudad autónoma, el ministro del ramo paseaba por Francia, realizaba un crucero por el río galo Dordoña y recordaba cómo vio la final del Mundial de Suráfrica junto a un personaje tan poco recomendable como el dictador Raúl Castro.

Las circunstancias retratan la disposición de un ministro con responsabilidades tan relevantes. En cualquier democracia de nuestro entorno cuesta pensar que el jefe de la diplomacia seguiría en su puesto después de un dislate que demuestra una falta de responsabilidad y de rigor que le incapacitan. No parece que el Gobierno socialista pretenda el relevo, sino casi todo lo contrario.

Lejos de cualquier actitud de autocrítica o de al menos un cierto reconocimiento de errores, Moratinos ha regresado de Francia con un tono desafiante, prepotente y provocador. Hablar, por ejemplo, de que no existió crisis diplomática alguna, porque un verdadero conflicto es el hundimiento de un barco en Corea, es abusar de la inteligencia de la opinión pública. El ministro no desconoce las cinco notas de protesta de Rabat, las gestiones del Rey con Mohamed VI, las negociaciones directas del director de la Policía en el país vecino o el viaje de Pérez Rubalcaba. Ni tampoco el próximo encuentro entre ambos monarcas adelantado por LA RAZÓN o la entrevista con su homólogo marroquí en septiembre. Para ser sólo un incidente, la actividad parece frenética, a la altura, sin duda, del desencuentro diplomático.

Hace tiempo que Moratinos, responsable de una política exterior desprestigiada, que ha contribuido a la grave pérdida de imagen que sufre España, debía haber sido destituido. Costará demasiado tiempo y esfuerzo recuperarse de la gestión desastrosa de este ministro.

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