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Tres silencios y un conato de espantada por Paco Reyero

Tiempo de lectura 4 min.

22 de agosto de 2012. 00:55h

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22/8/2012

Aclaremos que el bar del Parlamento andaluz, la única huida cercana en estos ociosos 22.000 metros cuadrados donde se celebra la Comisión de los ERE, está cerrado durante todo el mes de agosto. Muy a pesar de los asistentes. No café, no desayuno, no cerveza, no tapas. Incluso con el bar cerrado, Ramón Díaz, socialista y primer compareciente virginal, dejó claro que no contestaría a nada y esgrimió su derecho a ausentarse para no escuchar las preguntas que iban a hacerle los comisionados. Cómo si las preguntas fueran cantos de sirena que lo harían saltar de la silla y contar todo lo que estuviese en su hoja de servicios de asesor de la consejeria de Empleo. De salir adelante su propuesta, hubiera tenido que esperar en el banco, a las puertas de la sala de Comisiones 1 hasta que concluyera la sesión. Una sesión interrogatoria que podría haber seguido sin el interrogado, como estaba dispuesto a conceder el PSOE andaluz. A las nueve y media de la mañana, este imputado en la causa judicial que instruye la juez Alaya, ya había leído un alegato a su honradez -«llevo 42 años cotizados a la seguridad social»- y decidió plantarse: «Si quieren me mandan las preguntas por escrito y ya veré yo como las puedo ir contestando», dijo, mostrando exactamente hasta donde llegaba el compromiso con el Parlamento del que fue diputado socialista. Su propuesta de ‘evaporación' aturdió al presidente comunista de la Comisión, que no había previsto la situación. El presidente convocó a los tres grupos políticos y tras un hora de interrupción, debatiendo acaloradamente en otra sala, le dijo a Díaz que tenía que quedarse «porque la comparencia era un todo». Durante la reunión de los grupos, el PSOE abogó por evitarle el trago de escuchar las preguntas, pero PP e IU, se opusieron a que el ambiente de tragicomedia aumentara. Un miembro de la comisión dijo entre dientes: «¡Bueno, si se levanta y se va, ¿qué vamos a hacer?, ¿agarrarlo?!» De nuevo en la sala, Díaz amagó con irse y habló de presunta coacción: «No habría nada más en el mundo (sic) que poder contestar a estas preguntas porque yo le aclararía muchas cosas». Su tono basculaba de la lástima al desafío. Definitivamente, el presidente logró atornillarlo a la sala leyéndole el artículo 502.1 del Código Penal, que fija las consecuencias de un abandono a lo Marlene Dietrich en una comisión, incluso en una comisión zarzuelera. Con Díaz hierático, IU comenzó el turno de preguntas. Su portavoz, María Doblas, fue conminada a bajar el ritmo del trote dialéctico. «No se atropelle, que no se diferencia una pregunta de otra», le reclamó la presidencia. Es entendible que se tengan ganas de terminar si las preguntas chocan contra un busto de mármol. Esta actitud, repetida por los dos siguientes interrogados, Antonio Diz-Lois Ruiz y Fernando Mellet, hizo retumbar el silencio autonómico ante los 1.500 millones de euros presuntamente repartidos sin cobertura legal y desde un enjambre de comisionistas, altos cargos, consejeros, interventores, ex consejeros, parlamentarios, directores generales, ...
Al segundo compareciente, el señor Diz-Lois y a su abogado, se les observaba mientras el popular Carmona lanzaba la torrentera de preguntas. El Parlamento tendría que haber contratado a un experto en comunicación no verbal para determinar si un levantamiento de cejas era un ‘sí'; si un fruncido era un ‘no'... Al menos, Harpo Marx  aclaraba con la bocina: un bocinazo, sí; dos bocinazos, no. Entre tanto silencio sobresalió el cariño. A la portavoz del PSOE, Antonia Moro, le bastó el primer tiempo muerto de la sesión matiné para formalizar su cálido abrazo con el compañero socialista Díaz, hostigado por las circunstancias. Moro se mostró implacable, pero sólo con el disimulo. Le abrió los brazos a Díaz, se miraron  y se sonrieron. Sus caras  quedaron a un par de palmos. El PSOE, obviamente, no preguntó  en todo el día, por dejar claro que espera de este titirimundi. A lo mejor hoy, segundo día de comisión, abren el bar.

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