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Burgalesa / Ilustradora

Mónica Calvo: «No hay crisis que pueda con quien trabaja continuamente y planta cara»

Sergio Casquet. 

Tiempo de lectura más de 10 min.

18 de febrero de 2012. 21:51h

Comentada

En un bar, a las diez de la mañana, entre recuerdos de los Barreiros que atravesaban las carreteras cuando Fraga aún no conocía la raya diplomática, un grupo de parroquianos apaga a golpe de exclamaciones y carrasperos el incendido del país. Para cada problema, una sola frase, rematada con un trago de segoviano. Como el viento que cae desde la Sierra madrileña pega duro, hemos entrado a tomar un café, antes de reunirnos con Mónica Calvo, una ilustradora que empieza a ser una referencia en el mundo editorial de los libros infantiles. Visto lo visto, nos apresuramos en pagar y llegamos a su casa antes de tiempo, no sea que nos dé también por proponer alguna solución para arreglar el desorden y arranquemos la tarde con ardor de estómago. La burgalesa nos recibe con su hijo en brazos, un niño de mirada tan resplandeciente y amplia como la burhardilla a la que subimos para hacer la entrevista, mientras el padre se queda con el pequeño. Aquí el mundo sí está ordenado. Un suspiro de alivio, en honor a la traición de los oficinistas:
«Vaya, pues organizándome soy un poco desastre. Por eso quizá mi autodisciplina sea más severa de lo normal, pues necesito llevar bien el control de todo. Como trabajo por mi cuenta, necesito guardar un orden muy estricto».

Al menos puedes dibujar con el ordenador.
Algo que ha cambiado el mundo de la ilustración, está claro. Cada día salen nuevos programas que permiten hacer cosas que antes eran muy difíciles. Incluso para maquetación. Antes para componer un libro se tardaba una vida…

Hay quien mira estos adelantos con desconfianza.
A mí me sucede. Y siempre digo: «Oye, tú trabajas con un pincel en un papel y yo lo hago con un pincel en una pantalla». Al fin de cuentas, el cerebro y la mano son los que trabajan.

Es que hablamos de herramientas.
Por eso qué más da que tú trabajes con un boli, con un lápiz o con un rotulador. Si dibujas bien, vas a dibujar bien con las tres cosas. La única limitación de trabajar con el ordenador es que no hay originales, lo cual echa para atrás a algunos. 

Las herramientas también acaban definiendo un poco a la obra. Pasa con la escritura. No se escribe igual ahora que antes.
De hecho, a menudo noto cómo todavía estoy aprendiendo. Incluso ves muchos ilustradores que están sacando técnicas nuevas que te apetece probar. Además, soy muy inquieta y me encanta cambiar.

Estos oficios no se pueden dejar en suspenso. En seguida se pierde la habilidad…
En cuanto dejas de dibujar tres meses hay una «desevolución». Quieres empezar un proyecto y no se te ocurre nada. Dibujas lo de siempre y te preguntas qué te está pasando. Pero si trabajas continuadamente, si te mantienes constante, te salen más cosas.

Otra dificultad añadida: trabajas con tu marido.
Es diseñador, músico y programador. Y eso me dice todo el mundo… Que cómo se pueden estar veinticuatro horas al día en la misma habitación y con la misma persona… La clave es que no nos metemos en el trabajo del otro.

Pero viene bien para que dé su opinión
Sobre todo porque conoces su criterio y te fías. A las tres de la mañana a veces no ves los colores… En las agencias donde hemos trabajado hemos ido juntos. Incluso íbamos así a las entrevistas, en un pack de dos.

¿Él es quien lleva el peso de la parte comercial?
Indudablemente. Se vende y me vende muy bien. Es como ir con tu madre a las entrevistas. Y yo encantadísima, claro. La parte comercial hay que aprenderla. Es lo más complicado, aparte de ser fundamental. 

La ilustración no siempre se valora.
Eso se nota en las agencias. «Hazme un dibujito», me dicen. Para eso te coges unos cuantos clipart, eliges te gusta y lo pegas. En el mundo editorial sí que cuenta y es un bien preciado. Por suerte…

¿Cuesta más trabajar para lo público o para lo privado?
En lo público todo el mundo quiere ponerse la medallita y dar su opinión y al final nada queda bien. No es bonito y tampoco es funcional. En lo privado también ocurre, pero menos. Aunque ya peleamos lo mínimo. El cliente busca soluciones, no problemas.

Tras estudiar Arte y Tecnologías Aplicadas a la Comunicación, trabajó varios años como directora de arte en distintas agencias de publicidad. Harta de horarios imposibles, creó con dos compañeros el estudio Organicfields. Entre sus muchos clientes, Coca Cola, Telefónica o Bankinter. Y su trabajo como ilustradora se puede admirar en libros como Este cuento huele mal, Barba Azul o Julia, Pato y el espía. Además, su obra se ha expuesto en la Mostra degli Illustratori de Bologna Children's Book Fair o en el Museo de Arte Itabashi de Japón. Entusiasta y desenfadada, con un aire de frágil candidez que nos recuerda a ciertos versos de Rilke, tiene tan asumida su vocación que no necesita disimular. Permanece descalza durante la conversación, como si charlara con un amigo más: 
«En Burgos tuve una infancia muy feliz, rodeada de mi familia y mis amigos. De pequeña dibujaba para pasar el rato, como tantos y tantos niños. Nunca pensé en dedicarme a ello».

¿Y cómo te decidiste?
Me dieron unos folletitos de una escuela de Arte y Tecnología Aplicadas a la Comunicación. Y me fui a Madrid. Me dio muchas horas de dibujo, de trabajar con ordenadores. Como suele pasar, cada vez me fue interesando más. Así surgen también las vocaciones.

¿Te costó salir?
En Madrid estaba sola. Es una experiencia un poco difícil. Pero me aclimaté muy bien, con rapidez. He encontrado gente muy cariñosa… Todo han sido experiencias buenas.

Es una ciudad que acoge. Pero puede ser dura.
Sobre todo laboralmente. Cuando trabajaba en agencias, me encontraba con gente que, con tal de conseguir un favor del jefe, era capaz de todo. Pero como yo no quería eso, estaba tranquila, iba a mi aire…

Al final te lo montaste por tu cuenta.
Después de llevar varios años trabajando en agencias, mi marido y yo pensamos que ese ritmo de trabajo no era muy bueno. Trabajábamos doce horas. Y nadie te lo agradecía.

Ah, el mundo de la comunicación…
Incluso había momentos en que no había trabajo y había que quedarse para el paripé de hacer culo. Con otra compañera, cuando hubo la crisis de las punto com, pensamos  que era el momento para intentar emprender algo que realmente nos gustase y fuera nuestro.

Y funcionó.
A ella también le gusta la ilustración. Nos pusimos en contacto con editoriales y fuimos poco a poco. Con los contactos que teníamos de las agencias la cosa fue funcionando. Ya llevamos casi diez años por nuestra cuenta. Estamos muy contentos.

Ir por libre es complicado.
Pero no lo cambio por nada del mundo, sobre todo ahora, teniendo un niño… Lo bueno es que te organizas tú. Lo malo es que en ocasiones te acuestas a la hora que puedes, porque acabas trabajando más de lo debido por la noche.

¿La ilustración infantil es rentable?
Si quieres dedicarte sólo a hacer cuentos, no da para vivir. Al mercado no pueden salir siete cuentos ilustrados por la misma persona, porque al final son todos iguales. Tienes que hacer otras cosas. Por ejemplo, hago muchas ilustraciones para libros escolares.

Que cada año cambian, además.
Trabajamos los libros de octubre a febrero. Intensivo. Las editoriales los tienen que mandar a los colegios para que se vendan, pues en septiembre tiene que estar todo producido. Es un mercado muy bonito.

Pero menos creativo, pese a los cambios.
Así es. A mí me viene muy bien que cambien de un año para otro, pero para los padres es una faena. Me acuerdo que antes nos pasábamos los libros entre los primos, hermanos… Y cada uno lo ilustraba a su manera.

¿Qué diferencias hay entre ilustrar un libro u otro?
No tienen nada que ver. En un libro escolar te dicen: «Tiene que salir un colegio, dos árboles y dos niños jugando». No puedes poner a un niño jugando con una estrella… Debes ser realista.

¿En la literatura pasa lo contrario?
Te piden creatividad al doscientos por cien, hacer cosas que no haya hecho nadie. Cuando ilustras un libro, no te basas sólo en hacer un dibujito al lado del texto. Lo tienes que hacer a tu manera, dándole tu estilo.

¿Los autores de los textos ayudan?
Unos sí y otros no. Por lo general, me llega el texto del autor y lo voy repartiendo en las páginas, dejando los huecos para las ilustraciones. Incluso, como en Barba Azul, he trabajado sin texto. Hay autores que sí dan sus ideas. Pero siempre respetan mi trabajo.

¿Las editorales son tan comprensivas?
No tanto… Es normal. Son las que mandan, porque saben lo que vende y lo que no vende. Entonces ellas son las que  van haciendo los cambios, pero debo reconocer que siempre han sido muy respetuosas.

¿También con los plazos?
Siempre te achuchan. Ahora bien, cuando me dijeron que tenía que ilustrar Barba Azul, mientras estaba embarzada, pensé: «Madre mía, Barba Azul, pobre bebé, cómo voy a pensar ahora en cabezas cortadas…» Pues bien, me pidieron que estuviera tranquila, que me lo tomase con tiempo.

Dibujar para niños se me antoja complicadísimo…
Te pongo un ejemplo. Este cuento huele mal  se preparó en un taller con quince niños. El autor llevó un boceto para que los niños trabajasen sobre él. Con ese boceto, hice las ilustraciones. Y los niños, al tener sus textos, no reconocían las ilustraciones…

Tenían su propia lógica.
Ellos tenían la historia en su cabeza y decían: «¿Pero esta señora quién es?». Y les decía: «Claro, es que esta es una hermana que salía en el cuento, pero que luego ha desaparecido». Y replicaban: «¡Pues no, es sólo una señora que pasaba por allí!». Fue divertido hacerlo…

La literatura infantil se ha suavizado. Los cuentos de los Grimm, por ejemplo, son terribles…
El culpable es Disney. Ahora se da la tendencia a enseñar un poco a los niños la verdad de las cosas. Por ejemplo, Barba Azul, que es una historia muy dura. Debo reconocer que en este caso suavicé las ilustraciones, tanto por los niños como por mi bebé. No quería que tuviera pesadillas…

¿Es bueno enseñar las cosas tal y como son?
No lo sé. Me he criado en una sociedad en la que a mis padres me han ocultado todo lo malo y no he salido muy rara. No sé cómo educaré a mi hijo, pero sé que hasta dentro de bastantes años no le enseñaré el libro de Barba Azul…

A los niños lo macabro les atrae. Pienso en Gorey.
Les hace gracia. Cuando ves los dibujos animados de los Simpson, los del gato y el ratón, que son muy violentos, les ecantan. Pero son los padres los que les ponen los dibujos o les compran los libros. Hay que tenerlos muy en cuenta.

Y hay cuentos que pueden ser para adultos.
Tienen diferentes niveles, sí. Es el caso de El Principito, que no es un libro para niños, sino para adultos. Sin embargo, es tan rico en su complejidad, admite tantas lecturas, que lo pueden disfrutar padres e hijos.

Pasa con la animación actual, como en Up.
Somos una generación a la que nos gustan mucho las películas de animación. Vas al cine a que la vea tu hijo, pero también la disfrutas tú. Eso lo saben bien los estudios. De hecho, muchas veces te llevas al niño como excusa, para verla tú…

¿Cómo fue ir a la Feria de Bolonia?
Un privilegio. Fui premiada el primer año en que me presenté, con mi compañera. Cogieron a seis o siete personas de toda España. Como éramos novatas, habíamos hecho unos books chiquitines, muy manejables. Y la gente iba con carros, con unas acuarelas maravillosas… 

Sirve para saber dónde está uno, ¿no?
Cuando ves trabajos que realmente están muy bien, cuando ves a gente que lleva trabajando cuarenta años en esto, la humildad te aplasta. Tanto es así que, a veces, ni siquiera te atreves ni a hablar con otro ilustrador.

¿Es inevitable salir de Castilla y León?
Recuerdo que, al llegar a Madrid, estaba todo lleno de brugaleses. Parecía que nos hubiéramos inventado la ciudad. Me parece que es normal tener que irse, aunque sea sólo por cambiar de aires, por pisar otras calles…

Pessoa decía que para quedarse también hay que ser valiente.
La tendencia es pensar que en una ciudad más grande, como Madrid, hay más oportunidades. Y no siempre es así. El que es bueno lo consigue, allá donde sea.

¿Falta empuje en Castilla y León?
Quizá nos miremos demasiado el ombligo, sin unidad, lo que nos resta fuerzas. Pero al final importan los inviduos. Y da igual de dónde sean… 

¿E importa el carácter del castellano y leonés?
Bueno, como el de otros lugares, ni más ni menos. Hay quien dice que somos fríos y el otro día, en Burgos, al coger el autobús, la gente charlaba conmigo. ¡Eso yo no lo he visto en Madrid!

Al regresar a nuestro cuartel de inverno, volvemos a pasar por delante del bar. El comité de salvación pública sigue a lo suyo. Moraleja para un mundo imperfecto: Mónica Calvo demuestra que las palabras, si no se descodifican en la realidad, si se quedan únicamente en la metáfora, tan sólo son aquel cuento contado por un idiota. Y en su caso ese cuento no sólo es inteligente, escrito con voluntad, sino que además está muy bien ilustrado. En eso consiste el orden: los oficinistas sonríen tímidamente, pese al viento.


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