jueves, 29 junio 2017
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Grandes éxitos

  • Ya ha transcurrido un mes desde el corta y pega. La comunicación no ha mejorado.
     

Transcurrido un mes desde el corta y pega de ministros que ejecutó el presidente para sacudirle las pavesas a su Gobierno, cabe hacer una primera evaluación de logros: el gabinete que lo iba a explicar todo bien se explica pésimamente. Hablar, habla por los codos. Decir, no dice nada relevante. Se entretuvo en el charco de la izquierda abertzale con mensajes confusos que abortó reculando; no ha alcanzado a explicar por qué dejó de ser prioritaria la ley de libertad religiosa que antes abanderó con entusiasmo; ha festejado tontamente que el PIB languidezca en el cero coma cero enterrando antes de muerta la crisis de la deuda pública; y no acierta a dar con la tecla que le permita persuadir al respetable de que Marruecos es preferible al Polisario. Hasta Jáuregui, ministro prudente y enterado, salió empitonado del Congreso cuando toreaba saharauis empalmando capotazos soberanos. Iba a ser un gobierno didáctico y vuelve a ser un gobierno empantanado. Lo del Sáhara lo está explicando tan bien que hay diputados socialistas con la cara a cuadros. Trinidad Jiménez, persona afable donde las haya, asiste a clases nocturnas para aprender a no sonreír. «No siempre toca», le adiestra el versátil Rubalcaba. «Mi maestro es Moratinos», se defiende ella. Marcelino Iglesias, dirigente ubicuo que ignora más de lo que calla, se persona ante la prensa ayuno de bagaje y de reflejos. «¿El Sáhara? ¿Eso no sale en ‘Cuéntame', con Imanol de legionario y Ana Duato de reina mora?». Lo menos que se espera del portavoz número dieciséis es que repase el temario la víspera del examen para ahorrarse el bochorno de repetir en bucle tanta frase vacua: «En todo lo relacionado con Marruecos», dice, «hay que actuar con muchísima responsabilidad». ¿En todo lo demás no? ¿Desde cuándo?  La afección verborreica salta de despacho en despacho hasta alcanzar cotas delirantes en la persona del nuevo ministro de Trabajo. Valeriano Gómez, militante bipolar que acude a manifestaciones cuya convocatoria no respalda, se erige ya en paradigma del Gobierno que dice cualquier cosa para salir del paso. El lunes le preguntaron los periodistas por la enmienda que ha colado Izquierda Unida para que se debata la descongelación de las pensiones. Fue capaz de dar cuatro respuestas. «¿Ha sido un fallo del Gobierno?», le dijeron. «No, por Dios», respondió él. «¿Contarán con el apoyo de los socios habituales para tumbarla?». «Sí, eso espero». «¿Por qué no la han vetado?». «Ah, porque es bueno debatirlo todo». «Si es tan bueno, ¿por qué vetaron las otras veintidós que hablaban de lo mismo?». Respuesta: «Porque el grupo parlamentario ha diseñado un tablero de debate que responde a las preferencias que tenemos». ¿Mande? Sólo cuando los periodistas apartaron sus micrófonos se sinceró el ministro con todos ellos: «Perdonadme pero, ¿qué enmienda es ésa sobre la que me estais preguntando?». Glorioso ejercicio de charlatanería profesional. No sabe de qué habla, pero lo explica de escándalo. Ya ha transcurrido un mes desde el corta y pega. La comunicación no ha mejorado.
 

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