jueves, 17 agosto 2017
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El colgajo de las grúas

Don Antonio Poveda es el presidente de los «gays» y lesbianas españolas. También el organizador del desfile multicolor llamado del «Orgulloso Gay» que se celebra en Madrid cuando los capullos de las flores estallan de algarabía primaveral. Don Antonio Poveda, por aquello de la flotilla de la Paz (¿) y la actuación del Ejército de Israel, ha vetado la participación de la carroza israelita, dejando a los mariquitas y lesbis de aquel país democrático compuestos y sin desfile. Don Antonio Poveda es un malón. Un malón, malote, malón. En este tipo de celebraciones no se puede meter la política de por medio. Figúrese, don Antonio, que soldados españoles repelen un ataque de los talibanes en Afganistán. De los talibanes o de los terroristas de Al Qaida, que son primos hermanos de los palestinos de Hamas.  Y no es necesario que se lo figure, porque ha ocurrido en más de sesenta ocasiones en los últimos meses. De ser usted consecuente, tendría que vetarse a sí mismo, y quedarse sin carroza, sin fiesta, sin jolgorio y sin frenesí.

Aprenda don Antonio, malón, que es usted un malón. Israel es una nación  democrática y con los derechos civiles ampliamente desarrollados. También tiene su Día dedicado a los «gays». En Israel no se persigue a los «gays» ni a las lesbianas. Se reconoce respetuosamente su inclinación sexual y su libertad para optar al sendero de los gustirrinines de cada uno. Se trata de un Estado occidental rodeado de naciones árabes enemigas. Enemigas de Israel y de ustedes, los «gays». No aceptan maricas. Los de Hamas, que son tan valientes y tan queridos por usted, don Antonio, se divierten sobremanera lapidando públicamente a los que ellos consideran «corruptos, impuros y desviados».  Y si al pobre desgraciado acusado de ser homosexual, lo agarran en las cercanías de una construcción, usan su grúa de patíbulo. Tendría que verlo, don Antonio. Anudan una soga al cuello del dador o receptor de amores masculinos, y elevan hasta lo más alto la jirafa de la grúa. Y ahí queda, como un colgajo que advierte a los palestinos que ser hombre y gustar de los hombres se castiga con la muerte. Entretanto, en Israel, los «gays» hebreos y los visitantes bailan, ríen y se besan sobre sus libres carrozas multicolores.

Ignoro que opinará acerca de su medida su principal promotor, el señor Zerolo.  Si servidor fuera «gay», estaría muy enfadado con usted, por malón y caprichosón. Y por inculto. Y por sectario.  Y por dictador.  Y por preferir a los que cuelgan a sus colegas de las grúas, que a los que libremente pueden expresar sus sentimientos y sus inclinaciones. Lo que ustedes han hecho con los «gays» israelitas, usando el lenguaje normal de la calle y sin pretensión alguna de zaherir, es una auténtica mariconada. Y todo por sectarismo, por sometimiento a un disparate político e ideológico al que usted, don Antonio, no es ajeno. Porque algún día tendrán que explicar ustedes a los suyos cómo es posible que el movimiento homosexual en España rechace a los homosexuales libres y defienda la brutalidad de quienes los consideran una escoria.  Escorias que penden como colgajos desde lo alto de las grúas.
 

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