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Par la retambufe por Alfonso Ussía

Tiempo de lectura 4 min.

11 de junio de 2012. 22:10h

Comentada
12/6/2012

Rafael Nadal es mi ídolo. Y desde el pasado lunes, aún más. Ha sentado muy mal en Francia que haya ganado su séptimo título en las pistas de «Rolland Garros». Pero el tenis, en este artículo, no es lo más importante. Aquí lo que se glosa tiene mayor fundamento que la genialidad con la raqueta, el esfuerzo diario, el sacrificio de un deportista excepcional y el ejemplo de una familia unida y compacta. Rafael Nadal no es sólo mi ídolo por lo bien que juega al tenis. Lo es por lo mal que habla el francés.
       
Corría el año de 1959 cuando Federico Martín Bahamontes, el «Aguila de Toledo», se convertía en el primer ciclista español en ganar un «Tour» de Francia. Podía haberlo conquistado con anterioridad, pero Bahamontes, como todos los genios, tenía sus cosas. Le sacaba al segundo media hora en el ascenso del Tourmalet, el Aubisque, el Puy de Dôme o el Alpe D'Huez, y esperaba en la cima a que llegaran sus perseguidores para descender en compañía. Pero aquel año ganó, y en el Parque de los Príncipes fue entrevistado para la radio por un periodista francés. Al final, el reportero galo le pidió que dedicara su triunfo en el idioma de Voltaire, y Bahamontes no se lo pensó dos veces: «Je le dedique la victoire a Fermine, la madame de moi».

Algo parecido, en inglés, le sucedió al gran José Luis Garci cuando ganó su «Oscar» en Hollywood con «Volver a Empezar». Y Manolo Summers, descendiente de ingleses, padeció en Nueva York las consecuencias del escaso interés que había prestado por aprender el idioma de sus antepasados. Se desplazaba en el Metro cuando el conductor del tren frenó bruscamente. Manolo fue a chocar contra otro pasajero, un negrazo –perdón por la incorrección política–, de dos metros de altura. Manolo era fuerte y el golpe les llevó a los dos al suelo, quedando el negrazo en posición de decúbito prono y Manolo en decúbito supino. Eso, los nervios. Summers se disculpó, pero erróneamente por no dominar el inglés. Y en lugar de decirle a su víctima «I am sorry», le soltó un «I love you» que todavía resuena por  los aledaños de la estación de «Central Park».
     
Rafa Nadal, que ha ganado siete veces en Rolland Garros habla un inglés mal pronunciado pero fluído y un francés tremendo. Y ese detalle magnifica su figura, porque en Francia lo tratan muy mal. El tenis en Francia no pasa por su mejor época. «De los Cuatro Mosqueteros» hasta hoy han pasado muchos años, y los actuales tenistas franceses no lo hacen mal, pero no ganan nada. Que un español, al que ridiculizan, les pase por las narices, y en siete ocasiones, el ansiadísimo trofeo, es algo que no soportan. No obstante, Rafael Nadal es tan señor, tan educado, que encima les da las gracias a los que no han hecho otra cosa que aplaudir sus fallos durante el partido.

Eso sí. Con exquisita delicadeza, les demuestra también que su idioma le importa un pimiento y que no tiene ningún deseo de mejorar ni su vocabulario ni su pronunciación.

«Merci. A tous les organisateurs, les esponsors, les agarrepelotes y le amáble public. Je sui tres content. El anné que vien je estarais aussi ici pour toucher de neuf les oefs a cette public beaucoup simpatique. Adieu».
     
No se le puede pedir más. Bueno sí. Se le puede pedir que siga tan alejado del aprendizaje del francés, y que el año que calcule que es el de su último triunfo, termine su alocución de esta guisa. «Ah, y par supueste, a tomer par le cul, que cést le même que la retambufe».

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