lunes, 29 mayo 2017
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«La piel que habito»: El deseo es ahora la venganza

  • Dirección y guión: Pedro Almodóvar, según el libro «Tarántula» de Thierry Jonquet.  Intérpretes: Antonio Banderas, Elena Anaya, Marisa Paredes. España, 11. Duración: 120 min.Thriller psicológico.

Ésta es una película imposible hecha realidad. Sorprende que, a estas alturas, Almodóvar decida empezar de nuevo, tirarse a la piscina vacía, contemplar el abismo sin miedo a las alturas. Lo que ve, desenfocado, al fondo, es el deseo y la muerte y la locura. Sus grandes obsesiones, condensadas en un artefacto bizarro, demencial, que ha aprisionado en una tragedia de línea clara, que no ingenua, más bien clínica, fría, que apasiona desapasionándose. Difícil describir «La piel que habito», porque es opaca cuando parece transparente: un científico que ha perdido la razón se venga del destino –ese destino que corta en dos la vida de los inocentes con un accidente de coche o un intento de violación– haciendo de sus descubrimientos transgenéticos, de dudosa moralidad, ese lugar donde el horror se confunde con el mundo.

Existe la fascinación por una imagen, la de la víctima (Elena Anaya) que aprende a mirar de otro modo a su verdugo. Es la imagen de un rostro que conquista su nueva identidad, que descubre su cuerpo tras una máscara flexible, tras una segunda piel que lo ha convertido en maniquí. Ésta es la historia de un ser entre dos universos, entre dos géneros, un experimento de laboratorio que es melodrama y ciencia-ficción, terror y comedia excéntrica. Un experimento en el que Almodóvar oficia como inconsciente «mad doctor», sin saber muy bien si su Frankenstein, que cose por aquí y por allá sin que se le vean las costuras, ha sabido inventar una criatura distinta o idéntica a sí misma. Sus mejores y peores películas –de «La ley del deseo» a «Kika», de «Hable con ella» a «La mala educación»– parecen ser invocadas para despellejarse, para quedarse en la carne y el hueso, y en esa desnudez, tan palpable en la magnífica interpretación de Antonio Banderas y en la luz acerada de la fotografía de Alcaine, la película resuelve sus propias contradicciones, como si el exceso y la austeridad fueran una misma cosa.

Almodóvar ha hablado de Lang, el fantasma de los «Ojos sin rostro» de Franju y los seriales de Louis Feuillade asoman el morro por las esquinas de «La piel que habito». Pero es difícil imaginar una propuesta más personal, más alejada de las referencias que sobrevuelan su espíritu, que este «psychothriller» donde un tipo disfrazado de tigre puede aparecer en medio de una carretera toledana dispuesto a dar un giro definitivo al relato, donde los «flashbacks» se repliegan sobre sí mismos como figuras de papel, donde el protagonista se enamora de su creación, que a su vez es su gran venganza contra la fatalidad. Difícil imaginar, pues, un filme tan radical en tiempos cinematográficamente tan conservadores. ¿Habrá filmado Almodóvar su singular versión de «Vértigo»?

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