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«Origen»: Y los sueños sueños son

  • «Origen»: Y los sueños, sueños son
Sergi SÁNCHEZ. 

Tiempo de lectura 2 min.

06 de agosto de 2010. 00:17h

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Dirección y guión: Christopher Nolan.   Intérpretes: Leonardo Di Caprio, Marion Cotillard, Joseph Gordon-Levitt, Ellen Page, Cillian Murphy. EE UU, 2010.  Duración: 148 min. Fantástico.


Un hombre anegado en su propia memoria, atosigado por el fantasma de la culpa. Sería éste el prototípico héroe nolaniano que, desde «Memento» a «El caballero oscuro», con el colofón de este elefantiásico «Origen», protagoniza lo que resulta un Vía Crucis de redención que acaba con frecuencia en fracaso. Los sueños de la razón producen monstruos, nos dice Nolan: deambulando por los laberintos de un limbo repleto de edificios que parecen lápidas, los dos amantes de «Origen» bien podrían llamarse A y X, en justo tributo a «El año pasado en Marienbad». El cine de Resnais, que ya dormitaba en los cimientos de «Memento», se reencarna en la bella historia de amor de Cobb (Di Caprio, en un papel gemelo al de «Shutter Island») y Mal (Cotillard), espectros que transitan un sueño dentro de un sueño dentro de un sueño sin saber que su tránsito infinito es el de los muertos que no saben que lo están. Es en esta subtrama donde Nolan consigue los momentos más emotivos de un filme que naufraga por su temor a liberarse de su propia lógica, siempre obligado a explicarse una y otra vez para que el espectador se pierda por su intrincada geografía con un mapa marcado en la mano.
  
Ése es el gran problema de la película: bajo su aparatoso dispositivo, donde se dan cita Jung, Freud, Escher y la física cuántica, le falta seguridad en sí misma. Son tantas las reglas del juego que plantea Nolan que resulta casi imposible poder relajarse: «Origen» tiene imágenes fascinantes –la ciudad de París como desplegable a tamaño natural o la caída libre de un coche a una cámara lenta que dura tres cuartos de hora– pero se pierde en una verborrea que estrangula lo que debería ser una sucesión de mundos imposibles unidos por el finísimo hilo conductor de lo surreal.  Nolan no es ni Lynch ni Buñuel, verdaderos arquitectos de sueños sin complejos: por desgracia le sobra pompa y le falta atrevimiento.

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