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Libertad religiosa

José María Marco. 

Tiempo de lectura 2 min.

26 de febrero de 2011. 20:49h

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José María Marco.  27/2/2011

A iniciativa del Partido Popular, el Congreso ha aprobado esta semana una recomendación dirigida al Gobierno para actuar en defensa de la libertad religiosa. Es un paso pequeño pero importante en un asunto que viene de lejos, que ha conocido episodios dramáticos como el de Asia Bibi y al que los acontecimientos de las últimas semanas en los países árabes dan nueva actualidad. Existen precedentes para este tipo de medidas. El Congreso de Estados Unidos aprobó en 1998 una Ley de Libertad Religiosa Internacional por la que el Gobierno está obligado a defender esta libertad fuera de sus fronteras. La ley siempre ha suscitado polémica, y se ha acusado a Estados Unidos de mantener una posición imperialista, de promoción de algunas religiones o de exportación de su modelo de tolerancia religiosa. Algo parecido debe de pensar Trinidad Jiménez, que este mismo mes se ha negado a apoyar una declaración de condena de las persecuciones contra los cristianos en Egipto, Irak y otros países. Y sin embargo, la libertad religiosa no es una cuestión adjetiva. Es central en nuestra propia cultura y en la cultura democrática universal. No podemos renunciar a ella sin renunciar a la parte más valiosa –la tolerancia y el respeto a la dignidad del ser humano– de nuestra forma de vida. Como tal está inscrita en la Declaración Universal de Derechos Humanos. Precisamente por eso –y en este asunto son recomendables los textos del diplomático y estudioso Thomas Farr–, la libertad religiosa es una de las claves para asegurar otras formas de libertad. En contra de lo que algunos escépticos tienden a suponer, el principio de libertad religiosa protege todas las religiones, las mayoritarias –en caso de que las haya, que es lo que suele ocurrir– y las minoritarias. Y es, sin duda alguna, la piedra angular sobre la que reposa la tolerancia de cualquier sociedad. Sin libertad religiosa no hay libertad de expresión, ni libertad política, ni libertad para las mujeres, ni, por paradójico que parezca, para las minorías de cualquier clase, como los gays. Por eso, la libertad religiosa debería ser un objetivo estratégico de nuestra política exterior y de la política exterior europea.

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