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Cristina L. Schlichting. 

Tiempo de lectura 2 min.

19 de mayo de 2011. 20:09h

Comentada
Cristina L. Schlichting.  20/5/2011

Cuarenta euros cuesta un megáfono para manifestarse. Los anuncian por internet y mi vecino acaba de comprarse uno. Tiene veintiún años y lleva cinco en bachillerato, los mismos que sus padres en el diván del psicólogo. Nos preguntábamos qué iba a ser de una generación con un 30 por 100 de fracaso escolar, que dormía hasta mediodía y amenazaba a sus mayores. Ahora lo sabemos: están en la Puerta del Sol. Como ni estudian ni trabajan, pueden pasar la noche al raso y por fin han encontrado algo divertido que hacer. Mola mazo. Tantas horas en el ordenador y resulta que aprendían la conspiración internacional plutocrática. La que une a Bush con Al Gore y la reina de Inglaterra y amenaza con un nuevo orden internacional instaurado desde la banca. Lo saben todo sin haber leído un libro. La culpa es de los bancos y de los políticos. La culpa de su malestar, su sensación de fracaso, su nulo futuro. Después de años apoyados en tres normas básicas: «Que me mantengan mis padres, no haberme tenido»; «ahora lo que toca es divertirse»; «eres idiota por trabajar tanto», empezaban a aburrirse. Pero he aquí que la revolución callejera disipa el mal rollo. Tío, vente. Tal vez pasemos de la política como una cosa gris, pensada sólo para organizarnos, a la política como unidad de destino en lo universal. La democracia real, el final de la injusticia social, el palo para los ricos, el poder de la calle, el fin de las instituciones. Por cuarenta euros ¿Es que no te los dan tus viejos?

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