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El Rey marca el rumbo

Tiempo de lectura 4 min.

25 de diciembre de 2010. 21:45h

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26/12/2010

«Para salir de la crisis y asegurar nuevos horizontes de prosperidad y bienestar, necesitamos unidad, responsabilidad y solidaridad». El Rey incidió en Nochebuena en esos tres principios como claves para salvar con garantías la situación de adversidad en la que el país está sumido desde hace unos años. El mensaje de Navidad de Don Juan Carlos fue un certero diagnóstico de la situación, de las soluciones, de los complejos retos que nos esperan como país a la vuelta de la esquina, pero también un acto de fe en las posibilidades de la sociedad española. Fue, en definitiva, el desarrollo de una hoja de ruta contra la crisis con fundamentos materiales, pero también anímicos, para enderezar el rumbo y «superar la prueba».

El Rey asumió y reconoció la situación de España. La realidad está marcada, en palabras de Don Juan Carlos, por «los desequilibrios y las deficiencias estructurales que hemos de resolver» sin que la recuperación haya llegado. Sin brotes verdes ni algo que se le parezca, reclamó con intensidad y cercanía que los poderes públicos se vuelquen con los desempleados, que «son una prioridad insoslayable». Para «ganar la batalla al paro», y coincidimos con su reflexión, necesitamos un «crecimiento adecuado» que no tenemos y que nos urge. En ese rumbo marcado por el Rey, la reactivación de la economía sólo se logrará si proseguimos con las reformas, cumplimos con los compromisos de déficit, mejoramos en productividad y competitividad, además de en educación e innovación.

Si compartimos lo adecuado de las intervenciones reclamadas por Don Juan Carlos, aún nos parecen más relevantes sus apreciaciones en el orden de lo anímico, un ámbito fundamental en estos tiempos de baja estima y de desesperanza. «Es preciso fomentar el ejercicio de grandes valores y virtudes como la voluntad de superación, el rigor, el sacrificio y la honradez. Valores y virtudes cuya ausencia no es ajena al origen de la crisis, y que son consustanciales a toda sociedad justa y equitativa». Un juicio atinado y necesario que puso el acento en la crisis de valores de la sociedad tantas veces denunciada en estas páginas.  Ese aldabonazo moral, el Rey lo acompañó con un mensaje de optimismo y convicción en las posibilidades del país, «la misma España que ha sido capaz de progresar y de superar con éxito muchas pruebas». El potencial de la nación, de nuestra economía y de sus gentes es una baza que está todavía por aprovechar.

De lo adecuado y conveniente de las reflexiones del Rey  sobre la crisis da fe el respaldo casi general de los grupos políticos, aunque el PSOE se equivocó al instrumentalizar el mensaje como una adhesión a las políticas de Zapatero. Su ventajismo estuvo fuera de lugar.

No faltaron en el mensaje, como es tradicional, el reconocimiento a las víctimas del terrorismo y a los españoles que dan ejemplo de profesionalidad y entrega en distintas misiones internacionales, como los militares y los miembros de las Fuerzas de Seguridad.

Sus problemas de salud estuvieron también presentes. El Rey agradeció el afecto de los españoles y el «activo apoyo del Príncipe», y aseguró que seguirá «cumpliendo» con sus funciones constitucionales «al servicio de España». Sin duda, una magnífica y esperada noticia.

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