lunes, 24 abril 2017
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Desparrame sentimental

Mal que le pese a Rubalcaba, el verdadero lastre electoral del PSOE no es Zapatero ni su legado de escombros, sino el vacío ideológico y moral que arrastra desde que Felipe González dejó las siglas hechas unos zorros hace 15 años. Si el partido se desliza hacia el despeñadero no es por falta de líderes avezados, sino de discurso; no porque carezca de feligreses, sino de fe. Sus recetas son rancias, su crédito intelectual está agotado y por el camino ha extraviado su carné de identidad: lo que pueda diferenciar a la socialdemocracia del centro derecha se reduce a los gustos decorativos, al papel pintado de la pared, no a las cañerías ni los tabiques de la casa. En las elecciones de mayo no fracasaron sus candidatos, naufragó la nave entera porque no tenía nada que ofrecer que el PP no pudiera hacer mejor y más barato. Los socialistas quisieron refundarse con aquel experimento llamado Nueva Vía, en el año 2000, pero cayó sobre ellos la peor de las maldiciones: llegaron demasiado pronto al poder sin haber curtido el ideario ni bruñido los principios. La intuición suplantó a la planificación, la imagen a la reflexión, el eslogan al razonamiento, la sonrisa a la idea y el «buen rollito» a la verdad desnuda. La realidad era secundaria; lo importante era cómo se contaba. Es lo que Santiago González ha llamado con gran sagacidad el «desparrame sentimental», expresión que define con exactitud la era zapaterista. En su excelente libro «Lágrimas socialdemócratas», imprescindible para comprender por qué al PSOE le aguarda la debacle el 20-N, González exhuma con tenacidad de arqueólogo la retórica dominante del socialismo, sus frases rotundas y sus latiguillos de polideportivo. Lo que aflora es el esqueleto del delito: un adanismo de vía estrecha, el buenismo adolescente, la simpleza intelectual y el riego emocional por aspersión. Más que unos gobernantes parecían un club de fans en pleno desparrame, así que cuando la crisis asomó la jeta por el escenario, la despacharon con displicencia como otra maniobra de la derechona. El espejismo duró hasta que Obama y Merkel mandaron quitar la música. Y vinieron los llantos, las «lágrimas socialdemócratas», y el desgarro sentimental de la madre incomprendida: «Me he dejado la piel por todos vosotros». Habría bastado con que hubiera dejado el Gobierno hace tiempo.

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