sábado, 22 julio 2017
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Nietzsche no se equivocaba

  • Dirección : Béla Tarr. Intérpretes:  János Derzsi, Erika Bók, Mihály Kormos. Hungria-Francia-Alemania-Suiza-USA, 2011. Duración:  146 minutos. Drama

«Instantes nulos, siempre nulos, pero que cuentan, pues la cuenta está hecha, y la historia terminó». Estas palabras del monólogo que clausura el «Fin de partida» beckettiano resuenan entre las paredes de la granja de «The Turin Horse», en la que un padre y su hija podrían ser Clov y Hamm, el amo y el esclavo que ya no esperan nada del mundo pero que siguen vistiéndose, comiendo patatas hervidas y escuchando los ecos de un vendaval capaz de apagar la luz del sol. Quizá el granjero y su hija no sean tan ridículos como Clov y Hamm: hablan menos y, después de todo, quieren sobrevivir. ¿Por qué?, se pregunta e Béla Tarr. ¿Por qué no sucumbir al fin de las cosas? Durante los seis días previos a lo que podría parecer el Apocalipsis (un fundido en negro), ambos  repiten los mismos gestos y las mismas acciones, como si en la repetición con pequeñas variaciones –y en la captación de un tiempo real capaz de hipnotizar al infinito–hubieran encontrado una música, o una posibilidad de vida.
Y mientras, el caballo. En el establo, negándose a comer. Dicen que Nietzsche enloqueció cuando vio que lo maltrataban, y Béla Tarr utiliza esa anécdota como punto de partida. El caballo, como el asno de «Al azar Balthasar» de Bresson: el caballo que apenas puede arrastrar un carro, que se abandona a la muerte, no es tanto el símbolo de la crueldad de los hombres sino el testigo de su destino. Su mirada vacía encapsula la rutina devastadora de sus dueños. Es una mirada sin contraplano: lo que ve es lo innombrable, lo mismo que ven el granjero y su hija cuando viajan hasta el horizonte y vuelven asustados a su refugio. En una sola toma el mundo se hace y se deshace, se expande y se repliega, y es mérito del genio de  Tarr, que firma con este filme su despedida del cine, confiar en la capacidad de la imagen para captar la trascendencia de ese movimiento pendular. Dos horas y media de metraje pintado al carbón, sólo 30 planos, escasos diálogos. No hay nada menos abstracto que este filme: la fuerza telúrica de su puesta en escena reduce a cenizas sus componentes alegóricos. Es una película sobre la resistencia de la materia orgánica: en su desesperación por permanecer, los cuerpos del granjero y la hija empiezan a pensar. A su modo, Tarr ha registrado el nacimiento de las ideas, y lo ha hecho desterrando cualquier pretensión metafísica en lo que debe ser desde ya una de las mejores películas de este siglo de crisis y catástrofes abismales.

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