sábado, 27 mayo 2017
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Los espías se esconden en el trabajo

  • Los espías ya no trabajan en la Guerra Fría, sino dentro de las grandes compañías, en busca de secretos que puedan decidir el mercado. Renault lo ha sufrido y cada vez hay más contraespionaje empresarial

Un alto ejecutivo, con un currículum más que brillante y con experiencia en puestos esenciales de varias empresas, en las que no está más de seis y ocho meses. Es apetecible para cualquier empresa... Que no esté atenta, o que sea ingenua o que no tenga secretos. Según los expertos, alguien con currículum así es sospechoso de practicar el espionaje industrial.
Pasada la Guerra Fría, los nuevos espías han perdido el misticismo que tantos argumentos dieron para los libros de John Le Carré. Ahora son gente común, de la que nada sospechas. Espías durmientes, como los rusos en Estados Unidos, o tu compañero del sitio de al lado en el trabajo, ese que ves que ha cambiado su horario, que sale antes y tiene extrañas reuniones fuera del trabajo; ese que, fíjate, se ha comprado un coche, ahora que han bajado los sueldos a todos.

Tu compañero, tan común, tan vulgar, puede ser un espía de otra empresa. Las grandes multinacionales de tecnología punta, las farmacéuticas o las del motor se mueven en una competencia feroz, en la que cualquier innovación puede inclinar el mercado a su favor. Por eso sospechan constantemente de sus empleados y vigilan con el rabillo del ojo los programas de los rivales, por si acaso. Es lo que se denomina inteligencia competitiva: va desde revisar la papelera de los deshechos hasta acercarse al bar donde toman el desayuno los empleados rivales y escuchar. O comprobar cómo han cambiado lo que piden los competidores a los proveedores. Todo vale para obtener información. Todo, los métodos legales y los ilegales, siempre que no te pillen.

A principios de enero, Renault descubrió que tres ejecutivos estaban pasando planes a una empresa china. Fallaron las medidas de prevención y tuvieron que trabajar sobre hechos consumados. Ya se había pasado información y al menos dos de los ejecutivos recibieron dinero en cuentas en Suiza por los servicios prestados. Renault tiene un centro de alta tecnología cerca de París, es el Tecnocentro de Guyancourt, donde trabajan más de 8.000 empleados, entre ellos algunos ex policías y ex miembros de la seguridad del Estado. «Para entrar allí –dice un empleado en España–, tienes que pasar por miles de medidas de seguridad». Que sin embargo no fueron suficientes para evitar la fuga de información.

Seguridad informática

Desde Renault, que ha contratado unos detectives para aclarar el caso de espionaje, no quieren ni hablar de sus medidas de protección aunque, como todas las empresas que manejan productos esenciales, tienen unos protocolos de prevención. Después de sufrir ataques y virus, las grandes multinacionales se protegieron informáticamente. Lo obvio es impedir el acceso mediante claves. Un alto ejecutivo es el encargado de cambiar esas claves cada dos días. Es importante, además, que no todo esté centralizado en el mismo servidor. Y contar con cortafuegos y encriptados. «Pero siempre hay que conseguir que la seguridad no sea un impedimento para el trabajo diario», asegura Elisenda Villena, directora de Seguridad y directora de la oficina en Barcelona de la agencia Método3.

La seguridad informática y de control de acceso, más o menos, ya están asumidas por las empresas que guardan secretos de mucho valor. Se vigilan todos los lugares donde haya material sensible, las visitas siempre son acompañadas, hay tecnología biométrica y barridos en busca de micrófonos. Los más precavidos tienen planes de emergencia en el caso de que ocurra una amenaza contra su seguridad.

Lo que es más incontrolable es el factor humano, las motivaciones por las que un empleado decide pasarse a la competencia. Elisenda Villena recomienda el buen trato, las despedidas amistosas y, si puede ser, generosas con los empleados que han tenido acceso a información vital.

Al contratar las empresas suelen contar con un informe prelaboral, donde estudian al candidato y verifican su currículum. En los trabajos relacionados con asuntos de Estado, se piden teléfonos de amigos para poder confirmar lo que dice el futuro empleado. Luego, puede salir mal, pero al menos se aseguran que hasta ese momento ha sido fiel a sus antiguos empleadores. «Hay un ejemplo claro de lo que sucede cuando esto no se hace –cuenta David Sanmartín, secretario de la Asociación Española de Detectives–. Es el de las cuentas para evadir impuestos de un banco de Liechtenstein, que Heinrich Kieber dio a la Policía. Había vivido en España y tenía antecedentes. Si se hubiese hecho un examen prelaboral es probable que se hubiese evitado un caso así».

Sospecha en los detalles

De todos modos, hay un perfil claro: profesional entre 40 y 50 años, que haya estado en puestos propicios a manejar información, como son los ingenieros o los directores comerciales, y que no pasan mucho tiempo en las empresas. Son esos los que más sienten la tentación de «ayudar a la competencia». Y más en épocas de crisis como la que vivimos, en las que la reducción de personal es abundante y, en ocasiones, se hace a bulto.

La mejor seguridad es la que está atenta y descubre el peligro antes de que suceda y sea irreversible. Hubo una empresa de comida que consiguió hacerse con un puesto en el mercado porque sus canelones no se rompían, como sí ocurría con los de otros fabricantes. Era un valor determinante, pero la competencia, en menos de dos semanas, descubrió el ingrediente.

Para evitar los chivatazos, los expertos aconsejan un estudio de las rutinas de los trabajadores: saber por qué alguien, de repente, abandona antes su trabajo de manera continuada, si ha habido un cambio de actitud o se muestra más hostil hacia la empresa. En definitiva, dice Elisenda Villena, comprobar «si el empleado está raro». Una vez confirmado el cambio de actitud, dentro de la ley hay varios movimientos que realizar: el primero tiene que ser una comprobación patrimonial del sospechoso. El espionaje industrial o comercial se comete por desdén o rabia, pero siempre se da una contraprestación económica. Se puede hacer un seguimiento personal, preguntar a terceros e incluso colocar un localizador en su coche.

Informática forense
También se calculan los e-mails que desde un departamento se mandan fuera de la empresa, hacer la estadística y cruzarla con los e-mails individuales que envía fuera cada persona de ese departamento. Si supera la media por mucho es otro motivo más para que crezca la alarma.

Además, se comprueba qué sucede con los documentos que son confidenciales: si se copian del ordenador a otros dispositivos, y ahí es infalible la informática forense: «Tú crees que borras los documentos y no dejas huellas en los ordenadores, pero mediante esta investigación informática se puede ver», dice Elisenda Villena. El contraespionaje corre, las empresas cada vez se toman más molestias contra los nuevos espías. Saben que su «bienestar depende de su capacidad para salvaguardar sus secretos comerciales. Hay que tener en cuenta que en la actualidad el 80% del valor de cualquier empresa son los activos intangibles», aseguró el director de seguridad de Sener,  Pedro Eugenio Sebastián Hidalgo, en la revista «Seguritecnia». El valor de una empresa son las ideas y se pagan muy bien. Sobre todo si son, no las propias, sino las de la competencia.

 

Superlópez contra GM
José Ignacio López de Arriortúa fichó por Volkswagen, y desde su anterior empresa, General Motors, le acusaron de llevarse documentos y secretos a su nueva compañía. El caso llegó a juicio, se alargó durante años y al final se llegó a un acuerdo: una indemnización de cien millones de dólares y el compromiso de comprar suministros a General Motors por mil millones de dólares anuales durante siete años.
En otro caso de espionaje, Boeing fue multada con 615 millones por espiar a Airbus, su gran rival europea.
En el mundo tecnológico, Oracle tuvo que sufrir cómo se hacía público que contrató detectives y pagó al personal de limpieza para que buscara lo que se tiraba a la basura en Microsoft.
Cuanto mayor es la competencia mayor beneficio económico pueden conseguir quienes hagan de espías. Ese juego intentó practicar un empleado de Coca-Cola, que se puso en contacto con Pepsi, dispuesto a pasarle información secreta. Ya no trabaja para Coca-Cola, evidentemente.

 

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