sábado, 30 mayo 2015
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Geografía aérea por Ramón TAMAMES

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En cierta ocasión, cuando aún era quinceañero, un profesor holandés de geografía, Williams de nombre, me comentó la belleza de dar clases a sus alumnos a bordo de un avión: «Raymond, nunca podrás tener una idea tan clara del paisaje sobre mar y tierra».


Nunca se me olvidó aquello. Y desde que por primera vez volé en aeroplano, como se decía por entonces, a los 22 años, entre Madrid y Palma de Mallorca, ya siempre que hago un viaje aéreo, pido ventanilla. Mi última experiencia: Madrid-Estambul; como primera etapa de un itinerario que finalmente me llevaría a Astaná, capital de Kazajistán.


Desde Barajas, sobrevolamos el embalse de Alarcón, y por debajo de la Albufera vi la isla de Fuerteventura. Luego con tiempo nuboso, por el monitor que nos muestra la ruta, vi que casi tocamos Túnez, y acto seguido cruzamos Sicilia para adentrarnos en el Mar Jónico.


Sobre Grecia, ya con tiempo claro, pudimos ver el tridente de la Península Calcídica (con Tesalónica al fondo). Luego, las islas de Patmos y Samotracia y más adelante la península de Gallipoli, de inmensos bosques verdeantes, para situarnos seguidamente sobre el Mar de Mármara.


Al final, el puente colgante, que une dos continentes, y que a cualquier español le sugiere aquellas estrofas de la «Canción del pirata» de Espronceda: «Asia a un lado, al otro Europa, y allá a su frente, Estambul».


Llegando al aeropuerto de la antigua Bizancio, se evoca la gran imaginación del Emperador Constantino, al crear su ciudad, Constantinopla, en un lugar tan impresionante; sobre un corcel euroasiático, bordeando dos mares legendarios: el Ponto Euxino y el Egeo de Agamenón y todos los reyes que fueron a Troya, según nos cuenta la Iliada. Definitivamente, como decía el Prof. Williams, la geografía aérea es fascinante.


NOTA: Esta columna de hoy va dedicada, in memoriam, a José Luis Gutiérrez.






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