París

El mito contemporáneo por Lluís Fernández

La Razón
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No hay princesa moderna que no remita a un cuento de hadas, ni cuento de hadas que no hable de La Cenicienta, que se casó con un príncipe y después de comer perdices se volvió triste y acomplejada como la de Rubén Darío: «¿Qué tendrá la princesa? Los suspiros se escapan de su boca de fresa, que ha perdido la risa, que ha perdido el color». Imagen doliente de Lady Di bailando por los salones de Buckinham Palace mientras escuchaba a «Wham» en su walkman.
Que su príncipe amado, Carlos de Inglaterra, cambiara a esa potencial heroína de la modernidad por un támpax y la arrojara, por despecho, en brazos del hijo playboy del dueño de Harrods era abocarla a la perdición: la Prensa sensacionalista y la autodestrucción. La única forma de redención de su fracaso como princesa era convertirse en un icono de la modernidad y morir en un accidente automovilístico bajo el puente de «Alma», en París, huyendo de los paparazzi y de la soledad. He aquí la imagen doliente de la bella durmiente del bosque, esperando su ansiada resurrección. La muerte de Lady Di forma parte de la mitificación contemporánea del héroe moderno, que la emparenta con Isadora Duncan, estrangulada por su propio pañuelo enredado en las ruedas de un Bugatti, o James Dean, víctima de la velocidad, como profetizó Marinetti en el Manifiesto Futurista: «Un automóvil rugiente, que parece correr sobre la ráfaga, es más bello que la victoria de Samotracia». Lady Di evidencia que el cuento de hadas pervive en el imaginario popular y modela las vidas ejemplares que les hace soñar. Ha de haber emoción desbordada y capacidad de transfiguración en un icono trágico. La intriga corre a cargo de sus fans, propiciada por los creadores de mitos: la Prensa, el cine y la televisión.

Para vivir eternamente hay que estar muerto, suscitar desasosiego sobre las causas de la muerte e incardinarse en una leyenda viva. Si fue asesinada o no forma parte de esa intriga conspirativa que toma cuerpo cuando el fervor popular la sube a los altares del dolor y un trovador, Elton John, funde su oración fúnebre a Marilyn Monroe con Lady Di en el mismo altar funerario de Westmister, de donde salió transformada en la Princesa del pueblo.