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El sagrado texto por José Jiménez Lozano

No parece, ciertamente, que se pueda encontrar, en el mundo, un amor tan cándido y ardiente a ninguna ley como el de don José Somoza, a quien se llamó «el hereje de Piedrahita», por la Constitución de 1812. En realidad, fue el prototipo o hasta quizás el  único ejemplar de aquellos españoles a los que esa Constitución de 1812 prescribía que fueran justos y benéficos.

Cuando ésta fue abolida tras «los tres mal llamados años» – aunque fueron bien reales, necios y terribles, pero aquí se pueden desmochar estatuas y siglos enteros a gusto de quien manda–, don José Somoza cogió su caballo y fue hacia una finca de su propiedad, provisto del «Sagrado Texto» de la Constitución, que enterró entre lágrimas y soliloquios de esperanza de su restablecimiento. Y, desde luego, era una buena mayoría la que también hablaba del  «Sagrado Texto», pero tal cosa no era más que una mojiganga, mientras que Somoza esperaba, verdaderamente, de la Constitución gaditana una transformación social, a comenzar por un endulzamiento de las costumbres y el final de desafueros como la violencia política o la tortura judicial, aplicada por jueces de señorío hasta en relación con la caza de conejos. Pero, desgraciadamente, la Constitución de Cádiz no cumplió las benéficas expectativas del buen «hereje de Piedrahita», que leía cada domingo la homilía de un obispo francés de simpatías jansenistas, sin saber lo que era este asunto, porque él andaba en otras filosofías de la transmigración sidérea de las almas.  Pero es que había gentes así entre sus amigos, incluso un cuáquero en tierra de garbanzos, que fue diputado por Arévalo, don Luis Usoz y Río, y que seguramente tampoco tenía mucho que ver con la «Sociedad de los Temblones». Los tiempos eran así de difusos y confusos, y fue mala cosa para la Constitución misma. Los absolutos decían cosas atroces de ella, pero quizás no hacían más que diagnosticar lo que pasaba, cuando cantaban:

La Niña Bonita
que en Cádiz nació,
el aire de Francia
mala la pusió.

Y el caso es, desde luego, que en esto de las constituciones y de los estatutos, como el de Martínez de la Rosa, que fue un «pasajero anglicismo», no hemos tenido suerte los españoles, y todavía no sabemos muy bien lo que son las libertades democráticas, ni la separación de poderes, que aquí siguen atados en un mismo haz, ni tampoco libertad de expresión «sin ofender», como se decía en los sainetes de Arniches. A veinticinco siglos de Sócrates, que mostró que las que importan son las certidumbres y no las opiniones, no salimos de éstas, que ahora se extienden a toda la realidad, y que, incluso si son idiotas o malvadas, se nos exige que las respetemos más que a la Ley o al sentido común. Y más que a la Constitución con cuya capa se siguen haciendo varios sayos.

Una de las razones de la ausencia de nuestro aprecio de la Constitución es el hecho de que, entre nosotros se han puesto y quitado constituciones con bastante «sans façon», como una de las opciones de la lucha política supuestamente democrática; y con frecuencia esas constituciones se han impuesto  como el triunfo de un partido sobre otro. Y estos triunfos fueron verdaderos directorios, de manera que lo que se dice es que sólo la Constitución de 1978 pareció ser un acuerdo de todas las facciones políticas, no hecho contra nadie, sino en provecho de la patria común. Aunque se objetó enseguida  que todo aquello se había concedido como de mentirijillas o por miedos a los «obstáculos tradicionales», que decía el señor Olózaga; y, pasados los cuales, se comenzó a poner a irrisión, enseguida, realidades como patria o nación españolas, y hasta los géneros gramaticales, como en Cádiz se había pedido la supresión del pluscuamperfecto; y volvió a  nosotros la triste y necia manía de reinventar continuamente a España, y de jugar con las leyes y la historia entera. Algún mal aire nos ha puesto enfermos, desde luego.

 

José JIMÉNEZ LOZANO
Premio Cervantes
 

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