lunes, 23 enero 2017
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La lengua española no es sexista

  • En vez de cultivar rencores gratuitos y demoler nuestra lengua, que a veces admite evolución, cuando la sociedad la favorece, podrían estudiar gramática
     

Es tal la algarabía y confusión sobre los mil aspectos de nuestros desencuentros políticos que casi no merece ya la pena de escribir sobre ellos: mil factores incontrolables decidirán al fin. Las verdades más evidentes se repiten mil veces y es como si no se hubieran dicho. ¡Hay tantos factores de pasión, de interés, de simple ignorancia! Esperamos que esto pase, la Historia nos muestra los grandes cambios, la fecundidad de lo humano. Pero es duro saber y no poder, aquello que decía el persa Heródoto.

Pensaba yo en esto y recorría los grandes temas olvidados entre tanta hojarasca pasajera, esperamos. Entre muchos, ese griterío que está en la base de algunas de las desgracias de la lengua española, manipulada tantas veces por grupos mínimos pero provistos de grandes altavoces. Sufre su léxico, sufre su gramática, también nosotros somos, así, manipulados. Nos hacemos, sin quererlo, cómplices de grupos que cambian el sentido de la «nación» o de lo «militar» o el «matrimonio».

Claro que hay esperanza. La lengua es resistente. O, simplemente, la inercia nos lleva a seguir hablando como siempre, es más cómodo decir «los alumnos» que «el alumnado» o «los alumnos y las alumnas». Algunas ventajas tiene nuestra lengua. Y ciertas pretendidas correcciones no se aceptan; «matrimonio» en el nuevo sentido, por ejemplo. Otras sólo hacen reír, recuerden aquello de la miembra.

Aunque algunos deterioros se van haciendo generales, se infiltran en el BOE y hasta en nuestra manera de hablar. Parece que ya es inevitable entender el «género» como sexo: en español o era simplemente una «clase, tipo» o era el género gramatical, que sólo muy parcialmente implica sexo. Es algo copiado malamante del lenguage de las feministas americanas, su gender no entraba en conflicto, no era cosa de gramática, el inglés no tienen género gramatical.

Bien, en este periódico, hace pocos días, se publicaba una especie de diálogo (¿con quién?) que afirmaba que, a juicio del Gobierno, el idioma español es sexista, porque contiene rastros de desigualdad. «Igualdad», otra palabra desgraciada, parece que ahora se manifiesta sobre todo en la Ley del Aborto. Ese inefable Ministerio va a publicar, se nos dice, una guía para eliminar todo resto de «desigualdad» en el lenguaje. Y se nos dice que Sanidad ha cambiado el término «recién nacido», que es masculino, por «criatura», que es femenino, «válido para niños y niñas». Curioso.

Sabemos que no hay peor sordo que el que no quiere oír, pero nos resistimos al dominio de la sinrazón.

Miren Vds., los autores (y autoras) de esos inventos ignoran que la lengua es cosa compleja, arrastra desde milenios cosas mil. No sólo el español, casi todas las lenguas indoeuropeas, desde hace 3.000 años, tienen las consabidas irregularidades en el género (salvo las que no llegaron a tenerlo, como el hetita, o lo perdieron, como el inglés o el búlgaro). No son lenguas construidas con tiralíneas ni marcan siempre el sexo, ni lo hacen, si lo hacen, con las mismas formas.

Pero tienen también regularidades y constancias. El masculino y el femenino son rasgos gramaticales que marcan a veces, respectivamente, el sexo del macho y la hembra, mil otras no, el «sillón» y la «silla» no son macho ni hembra. Y las marcas formales no nos regulares: el «guardia», el «poeta», el «psicópata» son masculinos e indican ese sexo aunque terminen en «a», la «mano», la «libido», la «foto» femeninos y con «o», pero sin sexo. Como el «miembro». Todo esto tiene razones históricas, no interesan ahora, para nosotros son simplemente hechos. 

Y ahora vienen las grandes piedras de escándalo de las feministas: palabras que aceptan los géneros y los dos sexos, «el, la juez», «el, la estudiante». Por supuesto, puede haber evolución y difundirse «la profesora», «la ministra».

Pero, sobre todo, lo que las subleva es que el género masculino puede usarse como neutro ¡y el femenino también, «la criatura», pero parece que esto lo toleran! Pues es así y yo podría explicar la causa. Históricamente el masculino es un resto de la época en que no había femenino, éste es la innovación, el antiguo léxico se escindió en dos usos, el sexual masculino y el no sexual o neutro. Con inconvenientes y ventajas.

Decimos que la vecina ha tenido un niño, no sabemos o no nos interesa si es niño o niña. El oso tiene tales o cuales características, también la osa mientras no se diga lo contrario. Decimos «los funcionarios» y mil otros nombres neutros para hombres y mujeres, no tenemos que machaconear con «los funcionarios y funcionarias». Y, cuando queremos, añadimos el «todos y todas». Al menos, no tenemos que llamar, como en alemán, a la señorita en neutro (porque la palabra era, en el origen, un diminutivo).

Así son el español y casi todas las lenguas de Europa. Indican y no indican el sexo y, si lo marcan, lo hacen de modos diversos. No son sexistas, en cuanto que mil veces no  indican del sexo. Quienes son sexistas son quienes se empeñan en meterlo siempre, hasta en la sopa. Trabajo les doy: tendrían que rehacer la mitad de la lengua española. Y de tantas otras.
En vez de cultivar rencores gratuitos y demoler nuestra lengua, que a veces admite evolución, cuando la sociedad la favorece, podrían estudiar un poco de gramática. Les recomiendo, por ejemplo, la nueva de nuestra Academia.
 

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