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Crítica de cine / ****

«Argo»: Mentiras peligrosas

Director: Ben Affleck. Guión: Chris Terrio. Intérpretes: Ben Affleck,  Bryan Cranston, Alan Arkin, John Goodman. EE UU, 2012. Duración: 120 minutos. Acción.  

  • Lo mejor: la secuencia inicial y el clímax último, orquestados según los dictámenes del montaje paralelo
Sergi Sánchez. 

Tiempo de lectura 2 min.

26 de octubre de 2012. 01:03h

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«Argo» no es un thriller adoctrinador. A Ben Affleck no le importan tanto las consecuencias de la política internacional norteamericana como el marco que le ofrece para celebrar esa mentira piadosa que llamamos película. La historia real en que se inspira es un decorado, la infraestructura que necesita una ficción para erigirse en seductor material, en ese cautivador conjunto de imágenes que salvará a los héroes y hechizará a los villanos. Es el poder democrático del cine: la verdad de los hechos es irrelevante mientras sea creíble. Y por increíble que pueda parecer «Argo» –¿la CIA inventándose una coartada tan improbable como un falso rodaje en el Irán de Jomeini para rescatar a seis empleados de la embajada acogidos por la diplomacia canadiense?–, lo cierto es que funciona como un reloj suizo.

Los créditos finales muestran la imagen de los protagonistas reales y los actores que los encarnan, y las imágenes documentales del asalto de la embajada americana en Teherán por los enfurecidos adeptos del Ayatollah mezcladas con las imágenes rodadas por Affleck. No se trata tanto de legitimar la ficción como de calibrar la eficacia de la copia de lo real. La cinta es, por tanto, un perfecto artefacto posmoderno, pero sabe hacer virtud de las limitaciones de su empeño: reescribir la Historia que conocemos de antemano no significa desentenderse del nervio de su construcción dramática. Como ya demostró en «The Town», Affleck dirige las secuencias de acción con mano firme, y gradúa la tensión del clímax como si se hubiera convertido en el Hitchcock de «Cortina rasgada». Sobra la reivindicación final de su epílogo, extraña en una película que se desentiende por completo de los paralelismos políticos entre la América de ayer y la de hoy.


 

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