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La Fundación Mapfre dedica una retrospectiva de 170 imágenes que recorre la trayectoria de uno de los fotógrafos que crearon la base estética del documentalismo social.

Colgados de Lewis Hine

Cuándo:  hasta el 29 de abril. Dónde: Fundación Mapfre, Paseo de Recoletos, 23.
Cuánto: gratuita
 

  • Colgados de Lewis Hine

Tiempo de lectura 4 min.

09 de febrero de 2012. 22:22h

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10/2/2012

Para enunciar una estética   antes hay que deshacerse de las otras precedentes porque sólo  matando al padre intelectual puede surgir lo nuevo. Lewis Hine es uno de esos creadores que nacen en la infancia.  A los 16 años abandonó los estudios para empezar a trabajar y ayudar a su madre, que había enviudado. Puede que ya de esta experiencia procediera su primera concienciación con los desfavorecidos y las personas que habían sido orilladas de la vida por la falta de oportunidades.

La cámara, para Lewis Hine, no era una herramienta artística, sino un filtro de la realidad. Sus encuadres, color, enfoque y trepidaciones no obedecen a un criterio o corriente estética. Sólo responden ante  el compromiso con la justicia y los miserables. De esta manera es como fue forjando las bases del documentalismo social, aunque, probablemente, no reparara en ello ni se diera cuenta de su importancia hasta años después. La Fundación Mapfre le dedica ahora  una retrospectiva de 170 instantáneas. Una galería de temas que reconstruyen la carrera de este fotógrafo y vislumbran cuáles eran sus inquietudes y motivaciones. Hine, que fue profesor, empezó a tomar instantáneas para documentar algunas actividades escolares que sirvieran a sus alumnos. Poco después, con una cámara de fuelle de 13x18 que apoyaba en un trípode y con un flash de magnesio, abandonó las aulas y se marchó a Ellis Island, en Nueva York, para retratar a los inmigrantes que llegaban a Estados Unidos procedentes de todas partes del mundo.

La cara de la inmigración
Los rostros de esas personas quedaron en la retina de su cámara y de su memoria. Son caras de personas que han encomendado su pasado a los recuerdos que les aguardan en el futuro, sin que todavía supieran concretar  cuál es ese futuro. Llegan a los muelles en familias, o solos, pero todos con el fardo enigmático de sus equipajes.  Miran al objetivo fijamente. Es una época todavía en que no se sabe la repercusión que tiene la fotografía. Quizá por eso posan sin disimular la tristeza, el cansancio, la desilusión o la esperanza. Heine no tardó en bajar de los barcos y alejarse de la frontera para entrar en los extrarradios que alojaban a estos nuevos ciudadanos.

En esta nueva serie de imágenes  es donde reposa toda la fuerza atractiva y seductora que siempre ha ejercido la pobreza sobre nuestros sentidos estéticos: ventanas retranqueadas con maderas, aceras dominadas por bandas de chavales –que en ocasiones recuerdan algunos fotogramas de «Érase una vez América», de Sergio Leone–, azoteas hacinadas, largas cuerdas con ropa blanca extendida, habitaciones sórdidas, vagabundos durmiendo en la entradas de  las tiendas. En este instante, Hine comienza a preocuparse por los niños y por el trabajo infantil. Un tema que reflejaría en varios trabajos. En estos años aparecen entidades públicas preocupadas por la educación y el trato que reciben los niños. Él no dudaría en retratar con crudez estas infancias destruidas, llenas de expresiones desoladas y cuerpos mutilados. La implicación social de Hine le conduciría a Europa. A finales de la Primera Guerra Mundial recorrería varios países con la intención de captar las consecuencias y secuelas que había dejado sobre la población este conflicto.  Después regresaría. Pero, para entonces, los tiempos, como cantaría décadas más tarde Bob Dylan, habían cambiado. Y Hine, que había consagrado a los demás todos sus esfuerzos, moriría en la pobreza,  casi desasistido y sin apenas trabajo. 

 

En el techo de Nueva York
La obra de Lewis Hine se ha hecho muy famosa por sus instantáneas del Empire State Building. Se contrató al fotógrafo para que documentara el proceso de construcción del que sería el edificio más alto de la Gran Manzana. Por debajo quedaría el emblemático Chrysler Building. Hine registró el trabajo de los obreros y operarios con un aliento épico, no exento de armonía, casi en un canto a la modernidad. En sus instantáneas, los materiales pesados, como las vigas, y la altura se convierten en protagonistas esenciales que realzan el valor de esos hombres que, para cumplir con el proyecto, paseaban a docenas de metros por cornisas o colgándose de cuerdas y cables.
 

El detalle
De Dickens a Chaplin

Hine posee una contradicción. Por un lado registra la pobreza, la miseria de los niños que venden periódicos en la calle (imagen superior) y, por otro, proyecta una imagen épica de la modernidad, del hombre enfrentado a la máquina (dcha), del obrero como una tuerca más en el engranaje fabril. A veces no se sabe si es una exaltación de la tecnología o una denuncia social en la línea de Dickens o Chaplin.

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