jueves, 25 mayo 2017
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Fealdad perversa

Ahí estaban los grandes canallas haciéndose los buenos. Ni una palabra dedicada a los mil asesinados, a los heridos, a los mutilados, a los familiares de los inocentes muertos, que de por vida, llevarán el dolor en el alma allá donde vayan. Necesitan con urgencia el dinero que concede el Estado que ellos han ensangrentado a los que forman parte de las instituciones.
¿Eta, Batasuna, Sortu? Es lo mismo. Las mismas caras feas del terror y la perversidad anunciando un «futuro sin violencia, aunque la hubiere». No se han molestado en disimular.
Las mismas expresiones de odio y placer por la sangre derramada. Curiosa la reacción de una buena parte de la izquierda. Esperanza, cambio, buenos indicios… Todo tan aburrido, tan viejo, tan terrorífico.

Ni una palabra anunciando la entrega de las armas. Ni una palabra referida al pasado criminal.

Ni una palabra de autocrítica, de condolencia, de arrepentimiento. En su mirada fea se resumían las imágenes de las nucas destrozadas, de los niños calcinados por las bombas, de las nubes irrespirables de sangre, pólvora y metralla. Del paseante que se topa con la ráfaga de su último segundo de vida. De la tortura de los secuestrados. De la destrucción de la misericordia. Ellos, las mismas caras de siempre, las que celebraban en las «Herriko tabernas» la tragedia de los inocentes. Barrena, Iruin, Goricelaya, Moreno, Beitialarrangoitia, Echeverría, Ziluaga, Permach, el Rufino… Los de siempre, y haciéndose los buenos, los demócratas, los tolerantes, los adversarios de la «violencia», que así llaman al terrorismo. Lo malo es que también le dicen «violencia» al terrorismo algunos ministros del Gobierno, y alguna asociación de jueces, y algunos medios de comunicación. Hay que suavizar los conceptos. Mil muertos por la violencia, pero nunca mil muertos por el terrorismo. Se pueden enfadar los terroristas oyéndose o leyéndose llamar así.

Están seguros de que van a poder presentarse. Esa seguridad sólo puede garantizarla un Gobierno que habla por las trastiendas, que envía a sus cónsules a tomar vinos con los terroristas, que hace cálculos electorales mientras pisotea mil tumbas de inocentes y ríos de lágrimas. Esperanza, primer paso, buenos indicios…

Tengo en mis ojos, y nunca se marcharán de ellos, mil muertos. Guardias civiles, militares, policías, municipales y ertzainas uniformados. Niños uniformados también para ir al colegio al que no llegaron, con sus mochilas repletas de cuadernos y donuts. Peligrosas armas para repeler la «lucha armada», que también llaman así al terrorismo. Y centenares de asesinados civiles, representantes del pueblo, empresarios, jueces, secuestrados fulminados por un tiro, gentes a las que sorprendió la explosión cuando esperaban la llegada del autobús o paseaban libremente por la calle. Ahí estaban ellos, los cínicos, los defensores de los criminales, los dueños absolutos de la fealdad perversa en las miradas haciéndose los buenos. Esperanza, primer paso, buenos indicios…

Si algún día volvieran a sentarse esta manada de indeseables en los escaños municipales o de los distintos parlamentos, se debería, sin duda, a una traición. Traición a los muertos de todos, a los heridos de todos, a los afligidos de todos, a los huérfanos de todos, a los padres de los niños asesinados, que somos todos. Traición de gobernantes, o de algunos fiscales, o de algunos jueces. Y el futuro de España sería de fango y de cloaca.

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