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CRÍTICA DE CINE/ «Destino oculto»: Futuro imperfecto

Dirección y guión: G. Nolfi, según un relato de Philip K. Dick. Intérpretes: Matt Damon, Emily Blunt, Terence Stamp, Anthony Mackie. EEUU, 11. Duración: 110 min. Fantástico.

  • «Destino oculto»: Futuro imperfecto
    «Destino oculto»: Futuro imperfecto

Tiempo de lectura 2 min.

03 de marzo de 2011. 22:07h

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3/3/2011

«Destino oculto» empieza como una comedia romántica de las de antes, con el encuentro, en el servicio de caballeros, entre un político revoltoso a punto de perder las elecciones –y de dar el discurso que le colocará en un futuro en la carrera por la presidencia– y una chica mala que se ha colado en una boda. Habría sido una situación prometedora para Howard Hawks, y lo es en parte para George Nolfi, novato en estas lides (el guionista de la saga Bourne debuta en el cine): la química entre Matt Damon y Emily Blunt funciona, el diálogo rebota como una pelota de tenis y el amor, sí, está en el aire. Es el encanto retro de una película que se siente obligada a mezclar géneros, a negar su naturaleza de melodrama amoroso con una desafortunada incursión en el fantástico. No lo hace por respeto al relato de Philip K. Dick, del que sólo recoge la idea de que somos títeres en manos de una oscura corporación, sino para renovar los códigos de un género que Hollywood no se cansa de visitar una y otra vez.
  
Los obstáculos que deben vencer dos amantes predestinados a una vida feliz se encarnan en una empresa de ángeles que no confían en los humanos, que creen que el ejercicio del libre albedrío puede perjudicarles y que, en fin, abren puertas y ventanas para poner la zancadilla al amor. Las reglas del juego que plantea Nolfi son tan arbitrarias que más vale no escucharlas, y las digresiones metafísicas de esta siniestra comunidad de ángeles existen sólo como conjunciones disyuntivas en una frase cuyo predicado conocemos de antemano. Es por ello que «Destino oculto» no es honesta: en vez de asumir las posibilidades de su premisa –la historia de un «amour fou» que atraviesa océanos de tiempo–, prefiere divagar sobre lo divino y lo humano, amparándose en una coartada genérica que no hace sino realzar sus debilidades. Quedan dos actores –Damon y Blunt– que merecían mejor suerte y una idea –el teletransporte por un sombrero– que tiene una cierta gracia.

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