sábado, 24 junio 2017
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La Nación española por Álvaro Redondo Hermida

España, una historia milenaria que fue capaz de convertirse en nación el 19 de marzo de 1812, en la ciudad de Cádiz, en un momento difícil para los pueblos ibéricos, cuando la ambición napoleónica amenazaba las tradiciones y libertades en aras del inicuo proyecto imperial, cuando la zona libre de presencia extranjera se limitaba a la ciudad andaluza, las islas y el territorio de los pueblos de América, los cuales también unieron sus voluntades a la proclamación del texto constitucional, cuyo primer artículo comienza con las palabras «…la Nación española…».

Una nación surgida de la unión espontánea de los pueblos ibéricos de ambas orillas del Atlántico, cuando Buenos Aires era tan español como lo es hoy Madrid, cuando ante la invasión extranjera hombres y mujeres se alzaron en la península, en las islas, en América, siguiendo la misma llamada desde el mismo corazón.

Una nación cuya soberanía reside toda ella en el pueblo español, del que emanan todos los poderes, no una nación de naciones, sino una sola voluntad política que el 6 de diciembre de 1978 se autodeterminó, otorgándose  libremente una nueva Constitución, la cual se fundamenta solo y exclusivamente en ese acto solemne, una Constitución aprobada por las Cortes y ratificada por el pueblo en esa jornada inolvidable.

Una nación indisoluble, en expresión de nuestra Constitución que tiene honda raigambre en la historia política. Los pueblos de América, en momentos en que España había dejado de ser temporalmente un Estado de Derecho, sin Parlamento y permitiendo su Rey la entrada de tropas extranjeras (1814-1820), declararon disuelto el vínculo con la Madre Patria, constituyéndose en naciones para preservar los valores que los españoles de Europa ya difícilmente podían proteger, naciones que habían de constituir, como así ha sido, nuestra Comunidad histórica.

Una nación indivisible, no una nación federal, como ocurre cuando estados soberanos pactan la entrega de sus competencias para formar un nuevo Estado irreversible (Estados Unidos de América). Tampoco una confederación, cuando estados soberanos se alían para crear un nuevo Estado del que pueden separarse cuando tengan por conveniente (Confederación Helvética).

Una nación que es la Patria de todos los españoles, referente ético de sus pueblos unidos, voluntad permanente de defensa de los valores asumidos, lugar de encuentro de visiones diferentes que tienen todas ellas tradiciones compartidas, una nación que propugna la libertad, la justicia, la igualdad y el pluralismo, y que defiende la dignidad humana como fundamento de la paz, colaborando para ello con todos los pueblos de la Tierra.

Una nación cuya integridad territorial significa tanto como el mismo ordenamiento constitucional, por lo que  la Carta Magna menciona ambas realidades en el mismo precepto (artículo octavo), proponiendo su defensa conjunta y simultánea, para indicar así que no es posible la integridad del territorio fuera de la Constitución, ni es viable la permanencia de la Constitución sin la integridad del territorio.

Una nación cuya lengua común es el español, lengua de la península, de las islas y de América, lengua en la que han pensado y rezado, discutido y dialogado europeos y americanos durante siglos, el idioma en que se condenó a muchas personas injustamente, y en el que por vez primera se proclamó la igual dignidad de hombres y mujeres de todos los pueblos de los dos continentes, una lengua que verbalizó iniquidades, pero que fue también vehículo de transmisión de los valores inspirados en el humanismo cristiano, la única doctrina capaz de consolidar una cultura universal.
Una nación que encomienda a su jefe de Estado la más alta representación en sus relaciones internacionales, entre las que destacan las propias de la Comunidad histórica, y que señala como la mayor misión de dicha autoridad la de velar por la unidad y permanencia del Estado, valores de los que es proclamado símbolo y defensor.

Una nación llamada a garantizar la convivencia democrática, consolidando un orden social justo, asegurando el imperio de la Ley, protegiendo los derechos humanos, así como las culturas, lenguas e instituciones de los pueblos que la integran, para superar todas las diferencias, para promover el bien asumiendo como propia la cultura de la paz, que ésa y no otra es la misión que corresponde a España en el concierto de las naciones.

 

Álvaro Redondo Hermida
Fiscal del Tribunal Supremo

 

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