domingo, 26 marzo 2017
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«La libertad religiosa es el primer derecho del hombre»

Como cada comienzo de año, terminadas las vacaciones de Navidad el Papa recibió en la Sala Regia del Vaticano a los miembros del cuerpo diplomático acreditados ante la Santa Sede. En la audiencia que mantuvo con los 115 embajadores presentes realizó un discurso de peso, en el que desgranó cuáles son los puntos calientes geográficos y sociales que más le preocupan del mundo de hoy. Habló, como no podía ser de otra manera, de la crisis económica y de sus consecuencias, de cómo muchos jóvenes sienten que se les niega el futuro, de la familia tradicional, del aborto y de la libertad religiosa.


También analizó las revueltas en Oriente Medio y el norte de África, denunciando las matanzas de Siria, y se detuvo en la situación de Nigeria, Somalia y Sudán del Sur. Para terminar, hizo un llamamiento a la defensa de la creación y animó a luchar de forma conjunta contra la pobreza y el cambio climático.


Definió Benedicto XVI la libertad religiosa como «el primer derecho del hombre», pues en él se expresa «la realidad más fundamental de la persona». Pese a ello, «con demasiada frecuencia y por distintos motivos, se sigue limitando y violando».


En muchos países, lamentó el Papa, se margina a los cristianos y se niegan sus derechos fundamentales, llegando incluso a sufrir ataques violentos y a verse obligados a abandonar sus países. Al hablar de las naciones que sufren esta persecución, el Pontífice recordó al ministro paquistaní Shahbaz Bhatti, asesinado por radicales islámicos por defender los derechos de la minoría cristiana de su país. «Su trágica muerte desgraciadamente no se trata de un caso aislado». También se refirió de forma particular a los atentados cometidos en Nigeria durante la pasada Navidad. Además de esta forma de violar la libertad religiosa, el Papa también denunció otro tipo, el que cometen algunos países con sus políticas que tratan de arrinconar a la religión fuera de la vida social.


Al analizar el estado actual del mundo, Benedicto XVI reconoció el «profundo malestar» general e individualizó diversas crisis: económicas, políticas y sociales. La recesión «no sólo ha golpeado a las familias y empresas de los países más avanzados, también ha marcado profundamente la vida de las naciones en vías de desarrollo. No debemos desanimarnos, sino emprender de nuevo con decisión el camino, con nuevas formas de compromiso», apuntó. Entre sus víctimas se encuentran sobre todos los jóvenes, quienes se sienten «desorientados y frustrados en sus aspiraciones de un futuro sereno».


Ante este oscuro presente y porvenir, propuso una reflexión sobre «la existencia humana y la importancia de su dimensión ética, antes que sobre los mecanismos que gobiernan la vida económica», de forma que se puedan alcanzar nuevas reglas que permitan a todos vivir de forma digna.
 

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