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Durante años me pregunté por qué Saramago no vivía en su nación de origen y tributaba allí para bien de sus compatriotas

El «exabruto» de Saramago

César VIDAL. 

Tiempo de lectura 4 min.

10 de febrero de 2009. 01:23h

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Recuerdo perfectamente la primera vez que oí hablar de Saramago. Todavía ejercía yo la abogacía y uno de mis clientes lo andaba leyendo con cierto interés. Me adelantó que como escritor dejaba mucho que desear, pero que en Portugal estaba «pegando fuerte». Por eso de que siempre he considerado que no se pierde nada por acercarse a un libro, me procuré una de las obras de Saramago en el curso de los días siguientes. Ya entonces me forjé un juicio sobre el autor que no he tenido necesidad de corregir con el paso de las décadas. Saramago es plúmbeo, pedante y pretencioso, a lo que añade una característica tan relevante como resultar políticamente correcto hasta la náusea. Me encontraba en una tertulia radiofónica cuando le otorgaron el Premio Nobel de literatura. Si la memoria no me falla, todos los presentes nos quedamos perplejos e incluso José María Marco dijo: «¿Pero existe alguien que haya conseguido leerse un libro de Saramago hasta el final?». Confesé humildemente que yo lo había hecho, pero que tan sufrida circunstancia no me había convertido precisamente en un admirador suyo. Con todo, sospecho que sus corifeos -algunos de ellos corifeísimos- de la progresía tampoco han conseguido llegar hasta la última página de sus novelas. Estoy convencido de que Saramago ha trepado a donde ha trepado no por sus méritos literarios -suponiendo que tenga alguno más allá de dar forma de libro al cloroformo- sino simplemente porque está en sintonía con los giliprogres del mundo que son legión aunque, por regla general, no famélica. Hace unos años, Saramago se atrevió a comparar algunos de los territorios palestinos con el ghetto de Varsovia. Semejante opinión -proferida frecuentemente por gente de una talla moral como la de Joan Saura- si es fruto de la ignorancia, no pasa de ser un exabrupto -«exabruto» que diría José Blanco- y, si se sabe de lo que se habla, es una calumnia rezumante de inmoralidad. El último «exabruto» de Saramago ha ido dirigido contra obispos y cardenales con motivo de la visita de Bertone a España. Dado que Bertone dejó de manifiesto que Benedicto XVI piensa lo mismo que Rouco en materia de aborto, Educación para la ciudadanía y eutanasia -pero ¿quién en su sano juicio pudo pensar lo contrario? - se ha apoderado del corral progre un ímpetu demoníaco, dicho sea en el sentido etimológico del término, que arrastró a Iñaki Gabilondo a acusar al gobierno de ZP de abrirse de piernas ante Bertone (no caeré en especulaciones por caridad cristiana sobre quién asumió ese cometido) y ahora a Saramago a hacer referencias a la Inquisición o a las ventajas fiscales del clero. No creo que existan ya católicos que defiendan la Inquisición, pero Saramago aún no ha entonado el «mea culpa» por su apoyo al comunismo que se llevó por delante cien millones de vidas en el siglo pasado. Por lo que se refiere al privilegio fiscal, durante años me pregunté por qué Saramago no vivía en su nación de origen y tributaba allí para bien de sus compatriotas. Acabé dando con la respuesta, pero ya no me queda espacio ni paciencia para seguir refiriéndome a ese plomo luso que un día vino a pontificar a tierras españolas y que un día sí y otro también lanza al aire sus rancios «exabrutos».

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