sábado, 03 diciembre 2016
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El final de la era de los excesos

  • La falta de financiación congela  grandes proyectos, mientras Foster despide a 400 personas de su estudio. Se cierra un capítulo en la historia de la arquitectura marcado por el espectáculo y el gasto.

El crítico de arquitectura Robert Campbell lo ha llamado «el fin de la década Bilbao», en alusión al modelo implantado por el arquitecto Frank Gehry con el Museo Guggenheim tras su inauguración en 1997. A patir de aquel momento, ciudades grandes y pequeñas de todo el mundo apostaron con una fe ciega por el mismo modelo. ¿El objetivo? Relanzar su proyección exterior y regenerar zonas deprimidas: encargaban a un arquitecto célebre la construcción de un edificio  espectáculo –a ser posible un museo– a costa de gastar cantidades desorbitadas de dinero, fundamentalmente público. Se trataba de obras con voluntad escultórica, iconos del «skyline», edificios franquicia –«tortellini» les llama el crítico William Curtis– que  pueden funcionar tanto en Shangai como en un pueblo de La Mancha. Además de exprimir las arcas de los gobiernos, esta arquitectura ha generado daños colaterales que sublevó a la facción más discreta de la profesión, en la que milita el arquitecto Carlos Ferrater: «Han sido edificios poco funcionales –explica–, que  en muchos casos no han tenido en cuenta las condiciones culturales ni el paisaje ni el clima donde se asientan. He visto rascacielos en los que no se podía ver el exterior desde dentro, y torres circulares concebidas para albergar oficinas, cuando sabemos que esa estructura es totalmente ineficaz para el uso que se le va a dar».
En definitiva, edificaciones que basculan entre el gigantismo y la exuberancia formal, «que atentan contra la lógica técnica y la tradición local», sentencia Ferrater.
La falta de financiación está tirando abajo –y en el mejor de los casos retrasando– innumerables proyectos. Y aquí pagan todos, especialmente los planes megalómanos de las grandes figuras mediáticas de la profesión, como Jean Nouvel, Santiago Calatrava, Zaha Hadid y Norman Foster, que anunció recientemente el despido de 400 personas que trabajan en su estudio.
Icono de poder
Como un castillo de naipes, decenas de proyectos emblemáticos se han venido abajo o están paralizados, como la torre «Spire»  de Calatrava para Chicago –el edificio de viviendas más alto de Estados Unidos–, el rascacielos vegetal de Jean Nouvel en California, la sede de los laboratorios Roche de Herzog & De Meuron en Basilea, o el rascacielos «Rusia» de Foster en Moscú. Tampoco se ha librado de la debacle el gran laboratorio urbanístico en que se ha convertido Dubai, paraíso de la megalomanía, donde están revisando sus pretensiones a la baja.
Durante estos años pocas ciudades se han resistido al efecto Guggenheim. Uno de los estandartes del gran París que promueven sus autoridades es la pirámide de Herzog & De Meuron –autores de la sede del BBVA en Madrid– en el sur de la ciudad, un objeto de casi 200 metros de altura que se impondría sobre la capital francesa, con un coste de 600  millones de euros. «Es un monumento al dinero y a la arrogancia política, a la era de ostentación hortera de Sarkozy», denuncia William Curtis, el respetado y temido crítico de arquitectura.
Tras los perversos efectos de la «década Bilbao» llega la resaca, y, como consecuencia, la hora de recuperar unos parámetros arquitectónicos regidos por la ética y el rigor, sostiene Patxi Mangado,  autor del pabellón de España en la Expo de Zaragoza y profesor de arquitectura en las universidades de Harvard y Yale: «El material más importante para construir es la inteligencia –asegura–. Se puede hacer una arquitectura técnicamente  maravillosa, comprometida con la sociedad y extraordinariamente bella e intensa con la tercera parte del dinero que está costando la arquitectura espectáculo, un engaño en toda regla. Foster iba a construir en Moscú un icono al servicio del Estado más mafioso del mundo. No ha habido ningún principio ético que le haya impedido hacerlo, sólo la crisis se lo ha llevado por delante», explica Mangado.
William Curtis dicta su veredicto: «Puede que la crisis esté siendo como una intervención divina para parar estos ejercicios de gigantismo arquitectónico. Probablemente, a partir de este momento, se apreciará la necesidad de una arquitectura más sana y más estrechamente vinculada a las necesidades de la sociedad, a los valores cívicos, al espacio urbano y a las preocupaciones medioambientales. Pero los buenos sentimientos no crean necesariamente buena arquitectura. Una joven generación está emergiendo con una comprensión más sutil del nuevo paisaje social y de la naturaleza».
Contables y estrellas
Posiblemente, Alejandro Zaera sea una alumno aventajado de ese grupo al que alude Curtis. Finalista en el concurso de la Zona Cero, autor de la terminal marítima de Yokohama, Zaera encuentra efectos beneficiosos en este tipo de arquitectura: «Ha propiciado que los ciudadanos, especialmente en España, estén mucho más interesados por el valor añadido que tiene la arquitectura para la sociedad. Se ha generado una ambición por hacer ciudades excitantes y sofisticadas que espero no se pierda. Además, lo contrario de este fenómeno es la arquitectura hecha por contables, que es la que se diseñó en las ciudades en los años sesenta y setenta: funcional, racional, repetitiva, pero que no añade nada a la calidad de la vida urbana, ni emoción ni interés. Yo estoy contra lo uno y lo otro, ni contables ni estrellas».
El edificio bioclimático, el sostenible, es un concepto que se está  imponiendo. Como etiqueta no está nada mal, pero, ¿cuánta verdad esconden esas palabras? Patxi Mangado alerta: «Para muchos, el estilo bioclimático consiste en poner placas solares y una instalación eólica en el tejado. Para mí, toda arquitectura inteligente es a la fuerza sostenible».
La Ciudad de la Justicia de Madrid –que se construye en la zona de Valdebebas– representa una de esas ambiciones de un gobierno –en este caso el de la Comunidad de Madrid– de marcar un hito y reconvertir la idea de lugar, como sucedió con la Ópera de Sidney, de Utzon o el mismísimo Guggenheim de Bilbao. Son catorce edificios de planta circular dispuestos en forma de racimo que acogerán todos los órganos judiciales con sede en Madrid. Para su diseño se fichó a algunas de las firmas más rutilantes del «star system», entre ellas, Pei Ming, Richard Rogers, Zaha Hadid y Foster.
La Ciudad de la Justicia
Zaera también fue uno de los elegidos, aunque hace unos meses se retiró  del proyecto y renunció a firmar su edificio, el Instituto de Medicina Legal, al considerar que el presupuesto del que disponía era insuficiente para realizar una obra «sin que saliera un desastre». «Puede que la Ciudad de la Justicia sea un buen ejemplo de arquitectura mediática, que se ha hecho sin tener recursos ni inteligencia para llevarla a cabo», comenta Zaera, quien añade: «Un edificio no sólo lo hace un buen arquitecto, sino también un buen cliente».

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