viernes, 24 marzo 2017
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En la zona 0 de la gripe A: 10 días en la «colmena»

  • ¿Qué ha ocurrido realmente en el cuartel de Hoyo de Manzanares? Los soldados cuentan su versión de la cuarentena

En los últimos diez días sólo un grito de júbilo, vociferado a coro por decenas de gargantas, ha sido capaz de romper la insoportable monotonía impuesta por la cuarentena en la Academia de Ingenieros del Ejército de Tierra de Hoyo de Manzanares: «¡Goooooool!». La victoria del Barcelona ante el Manchester United ha sido la única excusa que han tenido los soldados del «cuartel de la gripe» para disfrutar de un par de horas de asueto, con el permiso de los mandos, por supuesto. Porque desde que la noche del domingo 17 de mayo un militar perteneciente al segundo ciclo de alumnos, que había ingresado en abril y debía abandonar la Academia en junio, estornudase por primera vez, casi medio millar de militares de este acuartelamiento madrileño han tenido que pasarse casi dos semanas aislados, hasta que ayer se dio por dominado el brote.
A partir de los testimonios de una decena de los afectados, LA RAZÓN reconstruye cómo han transcurrido estas dos semanas en la zona cero de la Gripe A. Sus afirmaciones difieren, en gran medida, de la versión oficial ofrecida por las ministras de Defensa, Carme Chacón, y de Sanidad, Trinidad Jiménez. Un avance: se manipuló comida sin guantes ni mascarillas, no se hicieron análisis de ningún tipo hasta muy avanzado el brote y los contagiados convivieron con los que sólo eran sospechosos.
La primera suspicacia entre la tropa se produce el lunes 18, cuando comienza a correr el rumor de que una gripe, todavía sin apellidos, campa a sus anchas por la academia. «Se han llevado a un soldado a la enfermería con un catarro y no ha vuelto. Es un poco raro, ¿no os parece?», pregunta uno de los alumnos a sus compañeros de camareta. ¿Uno sólo? Hay quien habla de más casos. A la hora de la cena ya hay evidencias de que son unos cuantos los que han sido aislado del resto. Dicen incluso que alguno de ellos ha sido visto con una mascarilla: ¿demasiada protección para un simple catarro? Los mandos no saben, no contestan.

La visita del colegio

El soldado A es uno de los primeros en dar con sus huesos en el edificio que se habilita para los contagiados, y que los propios reclutas bautizarán como la «colmena». El miércoles, el mismo día en el que un colegio de la localidad visita las instalaciones, más de una veintena de militares está ya bajo sospecha. Seis de ellos van  allí en bloque simplemente por haber estado en el mismo pabellón que uno de los compañeros que presentaba los síntomas más claros, aunque no se les hacen análisis para saber si tienen la Gripe A. Los han pedido, primero de manera informal y después por los conductos oficiales, pero sin éxito. De entre todas las respuestas que obtienen hay una especialmente abrupta: «Ése no es mi problema. Por mí como si os suicidáis», replica uno de los oficiales. El soldado A y algunos de sus compañeros piden que, al menos, les den medicinas a los que las necesiten, entre ellos un alérgico. Hasta ese miércoles a las dos de la tarde los mandos no les pasan una hoja para que apunten lo que necesitan, más allá del propio botiquín de cada uno.
Fregar seis veces al día
Mientras, a cien metros de allí, a orillas de la zona cero, 340 militares han sido puestos en cuarentena en los barracones. Su vida se convertirá a partir de entonces en un continuo «deja vù»: hay que fregar los baños seis veces al día, formar y romper filas, limpiar hasta la extenuación las armas y, sobre todo, llevar la comida a sus compañeros aislados. El método elegido será uno de los principales motivos de queja entre la tropa. Mañana, tarde y noche, los mandos designan voluntarios forzosos para que recorran con una bandeja de comida en las manos los cien metros que los separan de la «colmena», la dejen en el umbral de la puerta y la recojan media hora después. Los primeros días, los elegidos son los alumnos sancionados, pero  conforme aumenta el número de infectados cualquiera puede ser designado como «camarero» por el dedo de los superiores. Lo malo es que los primeros días muchos no tienen nada con qué protegerse las manos y la cara, pese a que la manipulación de las bandejas es una fuente de contagio.
Con guantes y sin mascarilla
Lo de llevar guantes y/o máscaras es como una ruleta rusa. La primera vez que al soldado B le toca llevar el menú del día a sus compañeros –en su caso, la cena– le proporcionan protección para las manos, pero la boca está al aire. De vuelta, entre las cuatro paredes de su barracón, se queja ante sus vecinos. La soldado C lo hace ante su madre cuando consigue, furtivamente, hablar con ella por el móvil. «Es increíble –protesta ella al otro lado del teléfono–. Cuando estás en el hospital a los enfermos les tapan la bandeja y les llevan unos cubiertos higiénicos. Aquí no se guardan precauciones».
Cada día, a la hora del desayuno, comida y cena, el cuartel es un desfile de 20 o 30 alumnos en peregrinación hasta la «colmena». Cuando han dejado las viandas, los que están allí encerrados cogen la comida y la meten dentro. El soldado A es uno de los que guarda su turno en el estrecho pasillo hasta recoger su menú. Media hora después recogerán los restos sus compañeros en cuarentena. «¡Esto es un foco de contagio!», protestan.
Para aliviar un poco la tensión, a mediados de esa semana se empiezan a pedir «camareros» voluntarios. Y ocurre lo habitual. Siempre hay alguien que, por compañerismo o por el simple hecho de hacer algo, levanta la mano. Otros miran al suelo para que no les toque. Mientras, el jueves por la tarde llega la primera buena noticia para los habitantes de la «colmena». ¿Un análisis de sangre? No, todavía. Pero sí al menos películas de viídeo y juegos de la Play Station para que la tropa pase las horas muertas. Es una lástima que en torno al joystick se congreguen, sin guardar distancias, infectados y no infectados.
Las noticias, en la farmacia
En los barracones no hay consignas de cómo actuar. Hasta ese jueves, cuatro días después del brote (cuando se decreta oficialmente la cuarentena), la tropa utiliza como de costumbre el comedor, con todos sus utensilios, la cantina y el gimnasio, según se quejan algunos. Un día después los permisos de fin de semana se conceden con normalidad. «¿Seguro que nos podemos ir?», pregunta el más receloso.
Tampoco los civiles que trabajan en la Academia tienen información. Es más, alguno se lleva las manos a la cabeza cuando uno de ellos entra al cuartel contando que le han confirmado ¡en la farmacia del pueblo! que uno de los afectados ha contagiado a sus hijos. No muy lejos de allí, en los barracones comienza a cundir el desánimo, hasta el punto de alimentar la psicosis por una gripe que, en realidad, es más leve que la que cualquiera de ellos puede coger en un invierno de maniobras, y que no está causando problemas graves. Pero nadie sabe ya a qué atenerse.
Algunos empiezan a tomarse la temperatura por sí mismos y a apuntar los resultados en un cuaderno. No se hacen análisis de sangre y el único criterio médico es el termómetro. ¿Más de 37 grados?: a la «colmena». Como en un goteo, algunos de los que están  en cuarentena acaban confinados en la zona de aislamiento. Entre ellos, una soldado que tiene la febrícula previa a la menstruación y otro con un ligero mareo. Unas décimas en el mercurio bastan para engrosar la lista de los sospechosos. Ya no se sabe si porque tienen la gripe A, la estándar o una faringitis, o simplemente porque se han resfriado por el aire serrano que entra por las ventanas, abiertas de par en par durante toda la noche para invitar a los virus a marcharse.
La indignación aumenta a partir del fin de semana, cuando uno de los soldados comenta entre sus compañeros la noticia que le ha dado un familiar: al cuartel ha llegado un camión repleto de mascarillas para la tropa: «¡No es cierto! A nosotros no nos han dado ninguna!». Para cerciorarse, un grupo de soldados ha acudido a su superior a pedir caretas y guantes. «No tenemos ninguna», es la respuesta.  «¿Podemos al menos hacernos los análisis de sangre para descartar que tenemos la gripe porcina?», pregunta uno de los alumnos. «Aquí no hay dinero para eso», obtiene como réplica.
Peor lo llevan en la «colmena». Hasta el domingo 24 por la noche, una semana después del brote, al soldado A y a sus compañeros no les hacen el primer análisis de sangre y les entregan un pequeño bote para que hagan un enjuague bucal. Con el «pack» viene también el gel de baño, el dentífrico y el desinfectante que pueda suplir al que han estado utilizando hasta ahora.

 La cafetería, prohibida

Sin información de ningún tipo, el día a día se empieza a hacer cada vez más pesado para los soldados. Lo peor, sin embargo, es a la hora de comer. Normalmente, en la cafetería del cuartel se junta un centenar de soldados, repartidos entre las seis mesas alargadas de cristal, la barra en forma de zeta, los sofás, la máquina de tabaco y la televisión. Pero desde que estalló el brote siempre hay algún superior con órdenes tajantes: «Sólo podéis entrar a pedir el bocadillo y comerlo fuera». La estampa del pasado lunes es la misma que casi toda la semana: un grupo de alumnos se toma su bocata y su Coca-Cola sentados en la tapia del patio mientras a diez metros un centenar de compañeros se afana, limpia que te limpia (una vez más), con los fusiles.
Los militares ya no se fían de la lavandería. Muchos optan por lavarse ellos mismos la ropa, que extienden junto a las camas y las ventanas, de tal forma que los barracones parecen más bien un patio de luces que otra cosa. Pese a que la ropa puede convertirse en un eficaz vehículo de contagio, hasta el lunes los soldados no tienen recambio. Ese día, justo una semana después del brote, llegan sábanas, mantas, camisetas, calcetines y ropa interior para todos.
Conforme pasan los días, los soldados, sin información de ningún tipo, ya no saben qué hacer. «¿Por qué no podemos salir los que no tenemos síntomas?», se preguntan. Varias decenas, pertenecientes en su mayoría a la primera compañía, la que había ingresado en marzo, se han marchado el lunes. Los días siguientes lo hacen unos pocos más. A todos los afortunados les hacen formar en el patio y, antes de echarse el petate al hombro, les dan una consigna que no admite matices: «¡Prohibido terminantemente hablar con la Prensa!».
Cada vez son menos los que se ofrecen de camareros «voluntarios», sobre todo después de que un soldado haya vuelto contando que, después de pegar la oreja en la «colmena», ha escuchado a sus compañeros jalearse unos a otros mientras juegan a la Play Station. «¡Y nosotros aquí fuera fregando letrinas!», protesta.
¿Cuándo acabará esta situación?  Nadie sabe nada. El jueves los soldados en cuarentena son llamados cuatro veces seguidas a formar, a romper filas y a formar otra vez. «Ya no saben cómo mantenernos entretenidos», se quejan. Ante la negativa a poder ir a hacer deporte al polideportivo, hay quien ha optado por improvisar las mesas del comedor como tabla de ping-pong.
El viernes, por fin, el horizonte se despeja. Después de una falsa alarma, los soldados reciben la confirmación de que el sábado se marchan. La mayoría lo recibe con una gran satisfacción, aunque hay quien sostiene que la cosa no ha sido para tanto. «¡Pero si están fenomenal. Les han instalado una pantalla y un toldo para que vean la televisión!», afirma un trabajador civil a las puertas del cuartel.


Baile de cifras
- Desde el día en el que el primer soldado ingresó en la enfermería con síntomas de gripe, el domingo 18 de mayo, los militares de la Academia de Ingenieros de Hoyo de Manzanares, en la sierra de Madrid, han ido ingresando con cuentagotas en la lista de contagiados. Según el Ministerio de Defensa, el lunes eran ya 13 los infectados y el martes la relación ascendía a un total de 21. La cifra ha ido aumentando conforme avanzaban los días.
- No sólo los propios soldados acuartelados han carecido de información, sino que las ministras de Sanidad y Defensa han incurrido en contradicciones en sus declaraciones públicas.
- En la Academia de Guadarrama conviven por norma general más de 1.000 alumnos, que realizan cursos de tres meses de duración. Durante el brote ha llegado a haber cerca de 500 militares en situación de cuarentena.

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