viernes, 09 diciembre 2016
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Historias de lealtades

  • De Naseiro a Bárcenas, la financiación ha sido el «bautismo de fuego» para Aznar y Rajoy.  Veinte años después, la historia se repite sin ceses drásticos. El líder del PP mantiene el control del aparato

MADRID- Mes de febrero de 1987. Ángel Sanchís, diputado por Valencia, deja su cargo como tesorero de Alianza Popular, en el que llevaba cinco años. El congreso del partido acaba de elegir nuevo líder a Antonio Hernández Mancha, después de una fuerte rivalidad con Miguel Herrero de Miñón. Sanchís anuncia su salida con una exquisita declaración de lealtad hacia la nueva dirección y su puesto no es amortizado en el nuevo organigrama. Curiosamente, sus tareas especiales quedan en manos de Arturo García Tizón, un manchego discreto, bien preparado, que asume la difícil secretaría general. Como en el túnel del tiempo, Tizón es hoy cabeza de lista del Partido Popular por Toledo y, como Dolores de Cospedal o Soraya Sáenz de Santamaría, pertenece al elitista Cuerpo de Abogados del Estado.
Ángel Sanchís era, por carácter, todo lo contrario de lo que se supone un guardián de las finanzas. Simpático, extrovertido, se le conocía en el partido como «El granjero», por su enorme finca en la provincia argentina de Salta, dedicada a la producción de cítricos y adonde varias veces habían viajado el «patrón» Fraga y otros miembros de la dirección.
Dos años después, recién llegado José María Aznar a la presidencia del Partido Popular, salta el llamado «caso Naseiro», en similitud con el apellido de Rosendo Naseiro, un gallego paisano de Fraga y amigo personal de Sanchís. La presunta trama de financiación irregular salpica a varios dirigentes, entre ellos Naseiro y Sanchís, y llega al Tribunal Supremo. Finalmente, todos ellos fueron absueltos y el caso quedó archivado por irregularidades en la instrucción del sumario.
Ataques de los medios
Sanchís y Naseiro soportaron feroces ataques en los medios de comunicación y se retiraron de la escena como caballeros. Pero el asunto fue un auténtico «bautismo de fuego» para Aznar, que inició su cirugía de la «vieja guardia». La cabeza política de turco fue una joven promesa llamada Arturo Moreno Garcerán, entonces vicesecretario general, que aglutinaba a un grupo de jóvenes liberales, ambiciosos e ilustrados, los cuales aspiraban a sustituir al «fraguismo». Moreno cae en picado mientras se salvan otros como Carlos Aragonés, Miguel Ángel Cortés, Jesús Sepúlveda y su entonces esposa, Ana Mato, procedentes todos ellos del «Clan de Valladolid», junto a intelectuales que habían militado en la izquierda como el matrimonio formado por Guillermo Gortázar y Pilar del Castillo.
Por aquel tiempo, ya pululaba un hombre atractivo, con olfato de lince para las finanzas, llamado Luis Bárcenas, junto a otros liberales de UCD, como Javier Arenas y Eduardo Zaplana. Es el comienzo del conocido «bisturí de hierro» aznarista.
Veinte años después, la historia se repite. Aquella nueva etapa, que Aznar inició con dos hombres clave, Paco Cascos y Mariano Rajoy, tiene similitudes con la actual. Un tesorero y un diputado son linchados en la prensa y acaban en el Tribunal Supremo. Como sus antecesores, nunca fueron destituidos, anuncian su dimisión con escrupulosa lealtad al partido y esperan con paciencia ignaciana. Igual que entonces, el asunto le estalla a Rajoy en medio de pertinaces dudas sobre su liderazgo e insidias internas.
El «caso Naseiro», en apariencia un calvario, provocó un efecto rebote en comparación con los escándalos que después afectaron al Partido Socialista de Felipe González y despejó el camino de Aznar hacia La Moncloa. También ahora, Bárcenas y Merino soportan una cruz que sólo el tiempo y la Justicia dirán cómo acaba.
Sin hacer ruido
Luis Bárcenas ha sido el silencioso «halcón» guardián de la caja y lee a Séneca. Jesús Merino fue el número dos de Castilla y León, consejero de Fomento y hombre de la máxima confianza de Juan José Lucas. Ambos tuvieron mucho poder y hoy afrontan con amargura lo que les depare el destino. Pero, como sus antecesores, han actuado con coherencia y lealtad a su partido. En el punto de mira, sin hacer ruido.
En un país donde el gran pecado capital es el cainismo, las bofetadas por el puente de mando, Mariano Rajoy sigue controlando el «aparato» como un monje acorazado, al estilo taoísta del desgaste externo. Y tal vez, con el tiempo, pueda decir aquella frase de su paisano, patriarca de las letras gallegas, Álvaro Cunqueiro: «La verdad padece, pero nunca perece».


Los genoveses y Santa Teresa
En la historia de la derecha hacia el partido moderno que forjó Aznar y que lidera Rajoy hubo muchos clanes. En pleno «caso Naseiro», los prebostes de la era fraguista eran conocidos como «Los genoveses», por su fuerte asentamiento en la sede del PP. Por contra, los nuevos «cachorros» llegados de Valladolid, Aragonés, Cortés, Mato, junto con el ala liberal de UCD capitaneada por Arenas y Zaplana, solían reunirse en el Horno de Santa Teresa, un restaurante cercano al partido. Allí también cenaban a menudo Bárcenas y su mentor, Álvaro Lapuerta. En ocasiones se dejaban ver Cascos y Rajoy. Una noche, Juanjo Lucas los recibió como Paco, «general secretario», y Mariano, «astuto gallego en la corte castellana». Y Rajoy hizo un profético brindis: «A ver si Santa Teresa nos manda paciencia en toneladas».

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