miércoles, 29 marzo 2017
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Lo propio

La otra tarde, y mientras disfrutaba como un gorrino en un charco en el Calderón con ese equipo que es un frenopático y que acabará con mi salud mental, me acordé de Sergi, un amigo de Tarragona, culé hasta las cachas, al que me hubiera encantado invitar al partido. Sergi, seguramente, hubiera celebrado los goles de su equipo con gran alborozo, rodeado de gente estupenda del Atleti y rodeado también de algún que otro impresentable que de vez en cuando nos abochorna a los propios. El indeseable de turno se hubiera levantado ante la alegría de Sergi y, seguramente también, se habría designado de manera autónoma como defensor de la patria y se hubiera nombrado guardián de la españolidad y hubiéramos acabado teniendo que pedirle perdón a Sergi, así que una se lo piensa, lo imagina, y casi se alegra de que no quedara ningún abono libre, porque los propios, a veces, son de un cretino extraordinario. Uno de esos propios se levantó la otra tarde de su sucio asiento azul para gritarle un par de cosas a Henry (pronúnciese Enric). Los insultos fueros dos, entre muchas interjecciones y a un volumen considerable. Le llamó inglés y catalán. O sea, que el pobre hombre no dio una. En la grada se armó un revuelo y alguien pidió un mapa o una bolica del mundo, pero ya saben que la seguridad de los campos impide que se pueda acceder con un objeto educativo en el bolso. Y aunque Henry (Enric, desde ahora) se ha metido en un jardín innecesario y ha demostrado una torpeza sin fronteras con sus clases de geografía express, una se pone inmediatamente de su parte cuando aparecen los guardianes de la pureza cañí y de la nación verdadera. Tres cuartos de lo mismo pasa con el señor de la maza. Entendida la indignación de Emilio Gutiérrez, de su ira momentánea y de su desesperación, es más loable aún su inmediato arrepentimiento. Le honra haber desactivado junto a su familia todo intento de falsa solidaridad. Y le honra su apuesta por la justicia como único medio válido para resolver cuitas. Vista la lista de adhesiones y de apoyos, de utilización malsana y de instrumentalización bastarda, daban ganas de coger la maza y pegarte un golpe en un pie. En el propio, claro.
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