miércoles, 26 abril 2017
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Mejor esclavo que parado: la rebelión de los talleres chinos

Desde hace diez días, el móvil de Huatong Li suena varias veces al minuto. A veces son sus empleados, que preguntan cuándo va a reabrir su taller. Otras sus clientes, que le presionan para que entregue de una vez sus pedidos. Y, si no, sus abogados, que le recitan la letanía de cargos que pesan en su contra: explotación laboral, tráfico de mano de obra, falsedad documental y asociación ilícita. «Ya íbamos mal con la crisis y ahora nos cae esto…», resopla Li al otro lado del teléfono.
«Esto» es la «Operación Wei», la mayor redada de la historia de los Mossos d'Esquadra. La semana pasada, 750 agentes se abalanzaron sobre la red de talleres textiles de Mataró. Desde un punto de vista policial, la redada fue todo un éxito: clausuraron 72 locales, arrestaron a 77 empresarios y «liberaron» a 450 empleados en régimen de semiesclavitud. «Eran víctimas de una organización delictiva», aseguró Josep Monteys, subjefe de la División de Investigación de los Mossos.
Vuelven los «liberados»
Pero pocos anticiparon lo que ocurriría a continuación. En cuanto se desmontó el despliegue, los «liberados» se plantaron ante sus talleres y exigieron regresar al tajo. Mientras, los empresarios chinos organizaron una protesta sin precedentes para defender sus negocios. «No podemos ver las cosas desde el punto de vista europeo», explica Lam Chuen Ping, presidente de la Unión de Asociaciones Chinas de Cataluña. «Los trabajadores están felicísimos en los talleres. Para ellos, 20 euros es un dineral. Si estuvieran en China no ganarían más de 40 euros al mes».
Lo cierto es que una parte sustancial de los «esclavos» estaría de acuerdo con sus palabras. Hasta la semana pasada, no se consideraban explotados; ahora sí, pero por culpa del «ERE policial» que les ha dejado tirados en plena recesión. Liu, por ejemplo, ganaba 500 euros al mes como costurera, además de tres comidas al día y un catre al fondo del taller. Por eso, espera ansiosa a que los tribunales desprecinten el local en el que trabajaba. «Lo llaman explotación, pero para mí es sólo trabajo», argumenta a través de un intérprete. Desde un prisma occidental, resulta difícil entender este «apego» a las cadenas. Tras la operación, los Mossos describieron la penosa rutina de los «liberados». Trabajaban jornadas de doce horas, de lunes a domingo, por apenas 20 euros diarios. Muchos talleres carecían de ventanas, el calor era asfixiante y les vigilaban para que no dejaran de coser salvo cuando reposaban en mugrientos colchones tirados en el suelo. Eso sí, los empleados no estaban encerrados: tenían libertad de movimientos, así que habrían podido huir.
Un abismo cultural
Pero muy pocos lo hicieron. Y aquí es donde se pone en marcha el abismo cultural entre chinos y europeos. Para muchos inmigrantes, su paso por los talleres era el peaje ineludible para disfrutar una vida mejor. La mayoría se endeuda para que les ayuden a colarse en España: como mínimo, cuesta 10.000 euros. Llegan en tren, en autobús, en avión e incluso en contenedores de barco. Y, en cuanto pisan tierra, su obsesión es trabajar a destajo para quitarse la losa de encima cuanto antes.
Así se entiende mejor la obcecación con la que han defendido a sus patronos de Mataró. «Se machacan durante dos o tres años para emanciparse y montar sus propios negocios», asegura David Tan, del Comité para la Educación e Integración de los Inmigrantes Chinos en España. Los Mossos están indagando el papel de las mafias en este tinglado, pero los chinos de Mataró se indignan en cuanto surge esta palabra. La intimidación es innecesaria a la hora de cobrar las deudas; en la mayoría de los casos, los pagos son una mera cuestión de honor. «Los chinos no recurren a los bancos, sino que piden dinero a familiares y conocidos», dice Jesús Ángel Merino, autor de numerosos ensayos sobre la comunidad china. «Una vez en España, tienen asumido que les van a explotar. Por eso rara vez denuncian a sus jefes».
Red de ayudas
Esta red de ayudas mutuas ha permitido el brutal despegue de la economía china en España. Cuando los «explotados» se liberan, montan sus propias empresas y recurren a la baratísima mano de obra de los recién llegados. Alimentado por el «efecto llamada», el ciclo se repite una y otra vez. Primero, en los años 80, fueron los restaurantes. Después llegaron los bazares, los ultramarinos... y así hasta expandirse a las peluquerías, las zapaterías o las autoescuelas. Su secreto para obtener los traspasos de los negocios es sencillísima: pagan hasta un 30 por ciento más que sus competidores. La diferencia la suplen con mano de obra barata y su infinita capacidad para echar horas al trabajo.
La lluvia de millones también ha caído sobre Qingtian, una diminuta comarca en la provincia china de Zhejiang. De allí proviene el 80 por ciento de los 145.425 chinos empadronados en España, lo que refuerza la cohesión de la comunidad y minimiza las denuncias por explotación. Además, al ser una zona paupérrima, prepara a los inmigrantes para los trabajos más fatigosos que cabe imaginar. «Nos ayudamos mucho entre nosotros», dice Cristina Chang, directora de Ouhua Bao, uno de los diarios chinos de España. «Si un paisano te pide ayuda, le das un trabajo y un pequeño sueldo, aunque no le necesites».
Ahora, este sistema paralelo ha quedado en suspenso tras la intervención de los mossos. Tanto que la discretísima comunidad china se ha rebelado contra las autoridades, una situación inédita en nuestro país. Este martes, más de un centenar de empresarios y trabajadores reivindicaron su forma de hacer negocios ante la Consejería de Interior de la Generalitat. «También hay un empresario español que ha tirado a la basura el brazo de un trabajador, ¿significa eso que son todos malos?», se queja Felipe Chen, portavoz de la Asociación de Comerciantes Chinos.
Talleres desmantelados
Según la comunidad china, los mossos han tendido sus redes con demasiada ligereza. Parte de los talleres desmantelados contaba con licencia de apertura y cumplía la normativa laboral. Además, a medio plazo corre peligro el corazón económico de Mataró: la industria textil. Los chinos controlan la confección, la clave de una red que surte de productos a las  grandes cadenas de moda de Europa.
Todo se hace a través de intermediarios que tramitan los pedidos y los cobros. Las marcas subcontratan la producción para no pringarse con las posibles irregularidades. Y ahora que vienen mal dadas, pueden desentenderse del problema: ya hay una multinacional que no renovará sus contratos con los talleres. «Las marcas tienen miedo», denuncia Sun Chen Ping, empresario del sector textil de la ciudad. «Temen que su imagen quede dañada, así que ya no nos quieren dar trabajo. Pueden poner a miles de chinos en la calle. Están creando un problema social donde no lo había».
 Mientras se resuelve la situación, los 72 talleres siguen precintados. Eso sí, el «tic-tac» de los encargos pendientes avanza sin cesar, para desesperación de una comunidad que sacraliza los negocios por encima de todo. «Mañana tengo que entregar un pedido a uno de mis mejores clientes», se queja el empresario Huatong Li. «La ropa está lista, pero no puedo entrar a recogerla hasta que quiten el precinto policial. ¿Quién va a pagar la penalización que me cobran por el retraso?».
 

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