lunes, 26 junio 2017
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Michael Haneke le echa el lazo a la Palma de Oro

Dan miedo, cada uno a su manera. Uno muerde (Michael Haneke), el otro no (Sam Raimi). Uno no dudaba en amonestar a los periodistas («esa pregunta, con todos mis respetos, es absurda») y el otro sonreía con cara de no haber roto un plato, como un seminarista con muchos pecados en los bolsillos. Con «El lazo blanco», Haneke se jugaba el honor de permanecer en el limbo de los consagrados después de copiar en América («fue un paréntesis, una excepción») «Funny Games». Con la película «Drag Me To Hell», programada fuera de concurso en Cannes, Raimi volvía al género de horror y risas que le hizo famoso.
«El lazo blanco» parece nacer como respuesta a los que criticaron a Haneke por haberse vendido al capital estadounidense. Ni una sola concesión al espectador en esta fábula de raíces novelescas –así lo sugiere la voz de un narrador que nos avisa de que la historia que va a contarnos puede no ser fiel a la realidad: la incertidumbre del relato, el divorcio entre la imagen y lo que representa, es uno de los grandes temas de su cine–, rodada en un hermoso y austero blanco y negro, que transcurre en el pueblo de Eichwald, una comunidad agrícola del norte de Alemania que, a las puertas de la Primera Guerra Mundial, se ve azotada por una sucesión de accidentes que tambalean su aparente tranquilidad.
 «No quería que "El lazo blanco" fuera una película sobre el fascismo, sino sobre cómo la perversión de cualquier ideal conduce directamente al absolutismo. Para los espectadores no alemanes hubiera sido muy fácil asociarla al fascismo, pero es un problema que nos concierne a todos», comenta Haneke. «Quería presentar un grupo de niños al que se le imponen una serie de valores. Cuando cualquier idea, ya sea política o religiosa, se transforma en un absoluto, también se transforma en algo inhumano. Analizo cómo este absolutismo degenera inevitablemente en una forma de terrorismo». Aunque a veces parezca que "El lazo blanco" esté a punto de ser víctima de la rígida coherencia de su planteamiento, Haneke conduce con mano firme al espectador en la inmersión en un mundo de rabia, represión, mentiras y ocultaciones que podría haber escrito el Thomas Bernhard de «El imitador de voces». Este clima moral es el futuro caldo de cultivo de los totalitarismos europeos; clima que Haneke retrata con su nihilismo habitual, aunque, en su descargo, «El lazo blanco» es la primera de sus películas, al menos que yo recuerde, en la que se muestra el nacimiento del amor, y no su muerte definitiva.
Crisis inmobiliaria
En «Drag Me To Hell», el terror nace de la crisis inmobiliaria. Sí, como lo oyen: Christine Brown (Alison Lohman), que quiere un ascenso en el banco en el que trabaja, le niega una prórroga hipotecaria a una anciana gitana que sabe bastante de maldiciones diabólicas. «Es un cuento moral», contó Sam Raimi, «protagonizado por una chica que quiere ser buena persona, que toma una decisión errónea movida por la avaricia y que paga por ello». El comentario sociológico lo ponemos nosotros, aunque el cine de Raimi nunca se ha caracterizado por su sensibilidad política. Seguramente los tiros apuntan a otra diana: agotado de la franquicia de «Spiderman» («aquello era como dirigir una orquesta sinfónica»), Raimi ha mirado hacia atrás con cariño y ha firmado un «back to basics» con todas las de la ley. Su ópera prima, «Posesión infernal», es su modelo a seguir: con nostalgia bien entendida, «Drag Me To Hell» recupera los delirios típicos del «cartoon»–los vómitos de colores, la rebelión de los objetos, la caricaturización del villano– aplicados, eso sí, al aspecto pulcro de una producción «mainstream». Es una unión contra natura, pero el músculo de algunas secuencias –pienso en el espléndido ataque de la bruja en el parking– y la falta de pretensiones hacen de este autohomenaje un inteligente «pan y circo» para público de multisalas.
 

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