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El abismo de la guerra nuclear en Asia

Corea del Norte mantiene 15.000 cañones y lanzaderas apuntando a Seúl. En 45 segundos, los cielos se pueden cubrir con una lluvia de fuego de efectos devastadores. El misil que sobrevoló la isla nipona de Hokkiato ha encendido las alarmas sobre un conflicto a gran escala.

  • El dictador norcoreano, Kim Jong Un, rodeado de la cúpula militar, asiste en Pyongyang a un acto de las Juventudes del Partido Comunista (KPA)
    El dictador norcoreano, Kim Jong Un, rodeado de la cúpula militar, asiste en Pyongyang a un acto de las Juventudes del Partido Comunista (KPA)
Victoria Pascual.  Hong Kong.

Tiempo de lectura 8 min.

03 de septiembre de 2017. 03:46h

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La última vez que sonaron los tambores de guerra en la península coreana fue en 1994, cuando EE UU consideró seriamente atacar Corea del Norte para frenar su programa nuclear. En aquel momento, bajo la Administración de Bill Clinton, el Pentágono se preparó para un ataque a un reactor nuclear, una decisión que fue revocada tras concluir que con ese movimiento se pondría en marcha una guerra que podría dejar cientos de miles de muertos.

El pasado martes, Pyongyang volvía a provocar a la comunidad internacional con el lanzamiento de un misil que sobrevoló Japón y que, por primera vez desde que terminara la II Guerra Mundial, hizo sonar las sirenas en el país nipón alertando a la población de una inminente amenaza. «Me despertó la alerta de misiles en el móvil», declaró Ayaka Nishijima, una oficinista de 41 años a Reuters. «No me sentía preparada en absoluto, aunque recibamos esas alertas no hay dónde correr, no es que tengamos un sótano o un refugio para bombas. Lo único que podemos hacer es alejarnos de la ventana», agregó.

Más de dos décadas después de que los americanos cambiaran de opinión y con cinco ensayos nucleares a las espaldas de Pyongyang, el temor a que el régimen de Kim Jong Un consiga su objetivo de insertar una cabeza nuclear en un misil intercontinental capaz de alcanzar territorio americano ha empujado a las distintas partes implicadas a revisar las opciones militares y a dar pasos en firme para rearmarse en el caso de que estalle un conflicto de consecuencias inciertas en la región.

Las cábalas ya están hechas. Según apuntan diversos analistas, sería necesaria una invasión a gran escala para eliminar rápidamente la artillería norcoreana, así como su programa nuclear y de misiles. Sin embargo, el régimen Juche lleva décadas preparándose para actuar ante cualquier señal de ataque inminente. Si se diera un movimiento inusual de tropas por parte de alguno de sus enemigos (EE UU, Corea del Sur o Japón), una evacuación de ciudadanos norteamericanos o una acumulación mayor de armamento hostil en la región, Pyongyang podría llevar a cabo un ataque preventivo de manera inmediata a la amenaza. Los 15.000 cañones y lanzaderas de cohetes que Corea del Norte mantiene en la frontera apuntando a Seúl bastarían para que, en 45 segundos, los cielos de Seúl –donde viven 10 millones de personas– se cubrieran con una lluvia de fuego de efectos devastadores. Otros 38 millones de personas de Tokio y sus alrededores, así como decenas de miles de militares estadounidenses desplegados en el noreste de Asia quedarían a merced de los misiles norcoreanos, cuyas lanzaderas móviles se piensa que están ocultas en las instalaciones militares de las montañas diseminadas por todo el país. Además, China –tradicional aliado de la dinastía Kim– tendría que hacer frente a una terrible crisis de refugiados y al despliegue de tropas extranjeras en sus fronteras, algo que ya ha avisado de que no está dispuesta a aceptar. Eso sin olvidar las graves consecuencias económicas que acarrearía el conflicto para todos los contendientes y la economía mundial.

Pese a que Pyongyang advirtió de que los misiles nucleares formarían parte de sus represalias, otros expertos en la región explican que no se puede predecir cuál sería su respuesta exacta, ya que es probable que se abstuviera de utilizar de inmediato la energía nuclear o su arsenal de armas químicas para evitar una respuesta atómica de EE UU.

En este contexto de escalada en la región, los países vecinos como Corea del Sur y Japón, que ya cuentan con sistemas de defensa de misiles balísticos, han anunciado nuevas medidas y un incremento en su gasto militar. El viernes, el Gobierno nipón adelantó un aumento del 2,5% del presupuesto de Defensa para el próximo año, lo que ha suscitados recelos, ya que rompe con la obligación pacifista impuesta en su Constitución tras la II Guerra Mundial. Con esos 40.000 millones de euros –la cifra más alta hasta la fecha–, el país duplicará hasta 2020 sus cuatro destructores con sistemas de combate Aegis para proteger su espacio aéreo y derribar los cohetes en mitad del vuelo. También aumentará hasta 28 la hasta ahora veintena de baterías antimisiles Patriot (PAC 3), con las que podría destruir los proyectiles de Corea del Norte en su fase final. Estas adquisiciones, sumadas a una inversión de 135 millones de euros para desarrollar misiles de mayor alcance, blindarán el país por tierra, mar y aire.

Por su parte, el presidente surcoreano, Moon Jae In, también comunicó un aumento en el gasto militar de un 6,9%. «Creo en el diálogo, pero también sé que el diálogo es posible cuando tienes una defensa nacional fuerte. Sólo podremos abrazar a Corea del Norte cuando tengamos una capacidad de defensa que les sobrepase», señaló Moon en junio, cuando el Ejército surcoreano dijo haber probado con éxito un misil Hyunmoo-2, capaz de cubrir una distancia de 800 kilómetros y que le permitiría atacar cualquier objetivo de su vecino del norte.

No obstante, ambos países, así como EE UU, contemplan otras opciones. Además de asesorar a sus ciudadanos sobre qué hacer en situaciones como las del pasado martes, Japón pidió el viernes cooperación a China para adoptar nuevas sanciones en el Consejo de Seguridad de la ONU contra Corea del Norte. «Deberíamos enviar equipos de todo el mundo para cerrar los activos financieros, hacer cumplir las sanciones y prohibir los materiales que el régimen usa para las armas», escribió en un artículo de opinión en la web «Usnews.com» Wendy R Sherman, la principal negociadora estadounidense en el acuerdo nuclear con Irán. «Debemos presionar a Naciones Unidas para que haga más». Además de los castigos y embargos, sobre la mesa queda una vía diplomática que hasta el momento no ha dado resultados. La retórica belicista que Washington y Pyongyang mantienen no hace más que avivar la tensión que se vive en la región, algo a lo que los beligerantes mensajes que Trump y Kim intercambiaron después del último lanzamiento ha añadido aún mayor preocupación. Quizás por ello, el secretario de Defensa estadounidense, James Mattis, contradijo a su presidente tras reunirse con su homólogo surcoreano y aseguró el miércoles que Estados Unidos «nunca» descarta las «soluciones diplomáticas».

Como él, muchos consideran que es hora de iniciar conversaciones y evitar que la situación empeore planteándose qué es lo que se le puede ofrecer a un país que ve en su programa nuclear la única razón por la que todavía no ha sido atacado. China y Rusia llevan meses apostando por el cese de unas maniobras militares entre EE UU y Corea del Sur como gesto de buena voluntad para que Pyongyang regrese a la mesa de negociaciones. Mientras tanto, como recordó Rajiv Biswas, principal economista de Asia y el Pacífico de IHS Markit a Bloomberg, hay que evitar la guerra porque «la crisis humanitaria y la reconstrucción económica de la península coreana después de un conflicto nuclear de este tipo requerirían una cooperación internacional que probablemente llevaría más de una década».

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