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El EI envía a Siria a jóvenes radicalizados para entrenarlos y fijar los objetivos

Mohamed Abrini, el yihadista del sombrero, fotografió el estadio de Manchester en 2015.

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Tiempo de lectura 4 min.

27 de mayo de 2017. 13:45h

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Las críticas a las brechas de seguridad en Reino Unido no dejan de sucederse. Con tan sólo 22 años, Salman Abedi era una bomba de relojería y llevaba siéndolo durante años. Además de sus comentarios a favor de los suicidas o las miradas de odio a los imanes que condenaban la yihad, Salman, a pesar de no tener un empleo, podía recorrerse el mundo sin levantar sospechas. Viajó varias veces al estado fallido de Libia, a ver a su familia. Su padre, que el miércoles fue detenido, apoyaba abiertamente a un grupo ligado a Al Qaeda. Salman también estuvo en Siria varias veces. Asimismo, era íntimo amigo de Raphael Hostey, alias Abu Qaqa al Britani, uno de los mayores reclutadores de combatientes en Reino Unido y vecino del joven.

Los asistentes al concierto de Ariana Grande reparan ahora en que mientras en el de Bruno Mars, veinte días antes del atentado, hubo grandes medidas de seguridad, cachearon a los asistentes y pasaron por un detector de metales, en el del lunes no hubo ningún control exhaustivo. Algo que llama la atención conociendo las confesiones de Mohamed Abrini, más conocido como el «yihadista del sombrero». El nombre del belga de origen marroquí sonó por primera vez tras los atentados de París, el 13-N. En unas grabaciones se veía a Abrini junto a su amigo del alma, Salah Abdeslam, en una gasolinera de camino a la capital francesa el 11 de noviembre. Después se perdió su pista. Sus huellas se hallaban en uno de los vehículos que se utilizaron en Francia y en pisos francos por Bélgica. El 22 de marzo de 2016, Abrini acudió al aeropuerto de Zaventem cubierto con un gorro y portando una enorme maleta –con los mismos componentes del lunes–. Sus dos compañeros yihadistas se detonaron, él no pudo y huyó. Fue detenido el 8 de abril en Anderlecht. Al contrario que Abdeslam (también arrestado), Abrini sí colabora con las autoridades. En verano reconoció en un interrogatorio que viajó a Manchester a las órdenes de Abdelhamid Abaaud, uno de los cerebros del 13N. «Tenía que ir a Inglaterra a por dinero. Voló de Estambul a Londres, fue a Birmingham, donde recibió 3.000 libras, y después a Manchester», confesó el yihadista. «En 2015, en Manchester, hizo fotos del estadio de fútbol», pues se trataba de un posible objetivo. Al preguntarle cómo podía haber escapado tantas veces de las autoridades espetó: «La seguridad en las fronteras nunca podrá frenar un ataque».

Cambio de estrategia

El EI ha modificado el modus operandi y las misiones de los individuos que logra reclutar, que hasta hace pocos meses intentaban llegar a Siria o Irak para unirse a las unidades de combate y luchar sobre el terreno contra los «infieles». Según informan a LA RAZÓN expertos en terrorismo, los cabecillas yihadistas son conscientes de que la incorporación de nuevos «soldados» para que formen parte de las unidades que luchan sobre el terreno contra la Coalición Internacional no va a cambiar el signo de la guerra, claramente desfavorable para ellos. Los llamamientos que hacen para que determinados individuos, previamente seleccionados por su «idoneidad» («ojeadores» en las mezquitas, coordinadores, etc.), viajen a Turquía para después pasar a Siria, responde a un plan para adiestrarles como «ighimasi», terroristas destinados a cometer atentados en Occidente. Es el caso de Salman, que tras pasar por Libia se desplazó al sur de Turquía, donde los yihadistas tienen «habilitados» pasos a Siria. Allí recibió un curso de adiestramiento de alrededor de una semana, en el que aprendió, entre otras cosas, a fabricar el explosivo TATP (peróxido de acetona) y montar la bomba, con la metralla de tuercas y tornillos, con la que cometió el atentado. El EI organiza estos «cursos» para lograr terroristas auténticamente operativos. Así, pueden confeccionar una bomba con productos adquiridos en el mercado o disparar fusiles o pistolas que sustraigan en armerías, según las instrucciones en las últimas publicaciones del grupo. En ellas se explica hasta el último detalle cómo se pueden fabricar explosivos y convertirlos en bombas con metralla. Pero lo cierto es que sin una mínima práctica no se puede tener la garantía de que, llegado el día del atentado, el artefacto funcione. Además, al tratarse de viajes cortos, en los que no se ausenta demasiado tiempo de su residencia, evita que los servicios de información le fijen como objetivo preferente pese a haberse desplazado a zonas «calientes».

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