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El eje del pacífico

Ramón Tamames. 

Tiempo de lectura 4 min.

15 de noviembre de 2017. 02:41h

Comentada
Ramón Tamames.  15/11/2017

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Llegué a Macao desde Manila, en cuyo muy remozado y ampliado aeropuerto me esperaba José Luis de Sales Marques, antiguo colega y compañero, director del Instituto de Estudios Europeos de la Universidad de Macao. Con él, visité toda la gran ciudad, con su originaria península y sus dos islas, Taipa y Coloane. Entre las cuales se ha ganado terreno al mar (17 kilómetros cuadrados) para sobre ese nuevo suelo, construir 36 casinos de juego, algunos de los cuales funcionan las 24 horas del día. Atrayendo de China continental y del resto del mundo a más de 30 millones de turistas al año, lo que ha convertido a la antigua colonia portuguesa en la meca mundial del juego. Ya, desde hace años, por encima de las propias Vegas. Al siguiente día, almuerzo en el restaurante francés del Hotel-Casino Lisboa con los amigos de la Fundación Rui Cuinha. Y luego, volvimos al tema de la UE, con el detalle de las reformas últimas que proponen Juncker y Macron: aprobación de las reglas fiscales comunitarias por mayoría y no por unanimidad, idea de ir a una fuerza militar de intervención rápida (tantas veces demorada a causa de Reino Unido), así como una policía europea común para las fronteras externas y las zonas de pesca. Y no lo menos importante, se preconiza un presupuesto europeo común para operaciones singulares, como la de financiar un Plan Marshall para África. Vieja idea –que servidor preconiza por lo menos desde hace más de cinco años–, que daría sentido al hemisferio euroafricano. Y que significaría una demanda externa formidable para la actividad económica en la UE; que hoy es un espacio globalmente decadente en lo demográfico. El coloquio estuvo lleno de entusiasmo internacionalista: además de la patria propia, casi todos nos sentíamos ser al tiempo ciudadanos del mundo.

Tras el encuentro en la Fundación, salida para Hong Kong: ferry y automóvil al gran aeropuerto, obra de Norman Foster, un gran centro comercial. Y en el curso de ese trayecto, recibo una llamada telefónica de Pekín, de mi gran Wang Zhiwei, replanteando el tema multipolar, con propuestas de posible gran alcance:

–Hemos hablado de tu idea multipolar. Es un tema que interesa mucho en China y la orilla asiática del Pacífico. Tendríamos que pensar en hacer algo al respecto... Te proponemos escribir un texto con las propuestas que has formulado en tu gira y editarlo en chino, aquí en Pekín...

–Me parece bien: hay que sintetizar el papel de la UE en el escenario mundial...

–Eso es, sería muy bueno para considerar esas ideas en China para los propósitos de paz de cara al futuro... Podríamos tener una gran presentación del tema.

–De acuerdo, trabajaremos la idea... Gracias Ziwhei; we keep in touch. En el aeropuerto de Hong Kong abordé el Boeing 777 de Cathay, directamente a Madrid. Casi catorce horas de vuelo, sedante para reflexionar tras mi visita, corta pero creo que densa, al centro de Asia/Pacífico, que a su vez es el verdadero centro del mundo. Un viaje hecho, y lo digo con cierto orgullo, solo, con mis 84 años a la espalda. Sin cuidador, a pesar de las observaciones en pro de ello de mi señora esposa: 30.000 kilómetros de vuelos, con tres destinos diferentes, cuatro conferencias y la progresiva formulación de una idea. Como en 1605 dijo Garcilaso el Inca, los dos mundos conocidos entonces, el viejo y el nuevo, ya empezaban a formar «un solo mundo». Y en 1992, en Estocolmo, en el primer encuentro de Naciones Unidas sobre Medio Ambiente y Desarrollo, se volvió a la idea de un solo mundo, el título del informe que para esa conferencia escribieron René Dubos y Barbara Ward. Hoy, en 2017, más que en 1605 o 1992, somos un solo mundo. Y por ello mismo, es preciso dar más fuerza a la visión universalista. Aún más con el Acuerdo de París de 2015, que se aplicará desde 2020, para evitar (no se sabe si aún estamos a tiempo), que el planeta en que vivimos se trastoque en un verdadero infierno. Que ya lo es en los países arrasados por la guerra y por la pobreza persistente del subdesarrollo. A pesar de todo lo cual, hay elementos para ser optimistas sobre el futuro humano.

Llego a Madrid, la sequía, Cataluña, tantas otras cuestiones... Pero, reflexiono, aún somos suficientemente jóvenes como para abordar todo lo que cada día se nos venga encima, sin olvidar que ya para 2020 seremos 8.000 millones de seres humanos los que vivamos en un solo mundo.

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