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El voto de la rabia vuelve a echar raíces en Alemania

La AfD se convertirá, según los sondeos, en la primera fuerza de ultraderecha que accede al Bundestag desde 1945. LA RAZÓN habla con sus votantes para explicar su ascenso.

Rubén G. del Barrio. 

Tiempo de lectura 5 min.

17 de septiembre de 2017. 01:26h

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A escasa media hora para que empiece el mitin, sólo la imponente catedral gótica que se alza al costado este parece desafiar el silencio y el imponente despliegue policial que flanquea los tres puntos cardinales de la plaza. Al fondo, un grupo se afana por terminar el escenario que hará las veces de púlpito a Alexander Gauland, el líder y candidato a canciller por Alternativa para Alemania (AfD). Son las seis de la tarde y tan sólo dos matrimonios de avanzada edad rompen el sosiego de este rincón de Magdeburgo, en el este de Alemania. Parecen turistas. Dos de ellos señalan con su índice distintos detalles del lugar. Todos visten de forma elegante, pero la melena blanca y perfectamente peinada de una de las mujeres la hace destacar del resto del grupo. Cualquiera diría que, por su ropa y estilo, bien podría ser una médico retirada o una mujer que ejerció las letras.

De repente, el silencio se quiebra cuando detrás de ellos, en el tablado, uno de los operarios despliega una banderola de AfD. En ese instante, la mujer de pelo cano se alza efusivamente en vítores y aplausos. No están de paso, ni son turistas. Vienen a respaldar al líder del partido que votarán el próximo domingo. Setenta años después de la caída del nazismo, AfD ha desmontado los mitos de la nueva extrema derecha alemana. Su electorado ya no sólo proviene de los estratos inferiores, ni mucho menos calza botas de cuero y rapa a cero su cabeza. En el caso de Helen, la mujer de cabello blanco, se trata de una contable retirada que no oculta su indignación ante la llegada de tantos musulmanes y que teme por la pérdida del bienestar social del que presume su país. «El problema son los árabes», asegura a LA RAZÓN. «No estoy en contra de cualquier inmigración –continúa–, pero sí de los miles de musulmanes que han llegado y que son totalmente contrarios a nuestra idea de cultura y país».

El antiislamismo es uno de los mayores revulsivos que proclama esta formación política. Una circunstancia que arraiga por su postura contraria a los refugiados y que la impulsó hasta la primera línea con el voto de castigo a la política de acogida promovida por Angela Merkel. Después los atentados islamistas catapultaron sus expectativas entre una ciudadanía alarmada y desorientada. Atrás queda esa formación creada por economistas y otros académicos que se articuló frente al rescate de Grecia. Hoy, las estadísticas demuestran que la fortaleza de AfD se construye con la captación de un electorado transversal que se retroalimenta de votantes que cubren toda la bancada parlamentaria germana, así como de abstencionistas o que irán a las urnas por primera vez.

«Hay un fracaso total de la política en Alemania», declara a este periódico el líder de AfD en Sajonia-Anhalt, André Poggenburg. «Somos la única formación capaz de llevar a cabo las reformas que el país necesita». Y para ello, no han escatimado en una dialéctica netamente ultraderechista que aúna a una multitud de votantes que desde la burguesía hasta las clases más bajas mantienen un denominador común: el miedo al futuro o el escepticismo respecto a la actual clase política. Un saco en el que no sólo hay cabida para los votantes de los Estados federados orientales, la gente mayor o con pocos recursos. AfD, a través de su mensaje xenófobo, ha sabido aglutinar el voto de los partidos neonazis que no consiguieron despertar de la marginalidad pero también ha abierto sus puertas a muchos jóvenes, o a los euroescépticos que no confían en Bruselas o que están cansados de que las arcas alemanas salgan al rescate de otros países. Asimismo, muchos votos virarán desde la socialdemocracia o desde el partido de la canciller. Conservadores decepcionados por el giro social de Merkel o por su abandono de la doctrina más tradicional y que, según este trasvase de electores, ya no les representa. Una esfera cuyo último segmento se completa con aquellos que se sienten marginados por el resto de partidos y que lejos de abstenerse nuevamente, han sucumbido al mensaje directo de la formación populista.

De ellos, dos o tres centenares se congregan en la plaza de Magdeburgo al inicio del mitin. Gente de todo tipo y condición entre la que se encuentra Nicole. Tiene 40 años y en conversación con LA RAZÓN reconoce que, a pesar de que en las últimas elecciones federales votó al Partido Socialdemócrata, el día 24 lo hará por AfD. «Está claro que con la llegada de los refugiados han aumentado los casos de criminalidad y no sólo en Alemania, sino en toda Europa», asegura. «No estoy dispuesta a perder mi bienestar por esta gente». A pocos metros de ella, Hannes Loth y Hagen Kohl escuchan atentos las palabras de Gauland. «No queremos ser el felpudo de Europa», grita el líder. Las palabras son contestadas con un nuevo aplauso por parte del público. «Tenemos que proteger nuestra casa y los otros partidos no están dispuestos a hacerlo», exclama Loth. «Me parece bien que los europeos quieran venir a trabajar –añade Kohl–, pero los otros sólo quieren aprovecharse de nuestras ayudas». Delante de ellos, portando un cartel del partido, Paul Müller, de 61 años, agrega: «Tenemos que conservar nuestra cultura».

Según las últimas encuestas, AfD logrará el 24 de septiembre entre un 8 y un 11 por ciento de los sufragios, con lo que se convertiría en el primer partido ultraderechista que accede al Bundestag desde 1945 y, posiblemente, en la tercera fuerza más votada. El tablero político alemán ha quedado roto. El joven partido ultra es el síntoma de esa ruptura y, para algunos de los allí concentrados, éste es sólo el comienzo. Con todo, y a pesar de la euforia que mostró al principio, Helen –la mujer de pelo blanco– se muestra como otros muchos reacia a retratar su imagen. «¡No quiero fotos!» –sentencia–. «Ya una vez me dejé fotografiar para una revista y luego dijeron que era una nazi». Para algunos, el escepticismo no va exento de cierto tabú. El mismo que comparte la totalidad de la opinión pública alemana ante lo que pueda pasar el próximo domingo y que, por el momento, ya ha conseguido despertar ciertos fantasmas del pasado.

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