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Estados Unidos se mantiene fiel a sí mismo

Obama no pudo cambiar EE UU y Trump lo tiene muy difícil. Desde hace décadas, la discriminación racial, el intervencionismo militar, el desinterés por el cambio climático o el proteccionismo económico definen al país.

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Julio Cañero. 

Tiempo de lectura 4 min.

02 de mayo de 2017. 08:23h

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Al final de sus primeros cien días de Gobierno, Barack Obama recogía un 65% de aprobación como presidente de Estados Unidos, frente a un 29% de rechazo. En esos tres meses largos, Obama había sentado las bases de, entre otros asuntos, lo que sería su reforma sanitaria. Una reforma que pasó los primeros cortes legislativos al contar los demócratas con mayoría en ambas cámaras. Lo que ocurrió después es de todos conocido. Así, y pese a la alta tasa de popularidad que Obama mantuvo durante su primer periodo presidencial, las «midterm elections» o elecciones de medio mandato concluyeron con la pérdida de control de la Cámara de Representantes y una significativa caída de senadores en la Cámara Alta. Un desgaste que, si bien le permitió ser reelegido en 2012, le acarreó numerosos encontronazos con el Congreso hasta el final de su presidencia.

Como su antecesor, el presidente Trump comenzó su Gobierno teniendo su partido, el Republicano, el dominio de ambas cámaras. Pero contrariamente a lo que ocurrió con Obama en 2008, en sus primeros cien días, Trump no ha sido capaz de remontar las bajas cifras de popularidad (45%) que lo acompañan desde que se convirtió en inquilino del 1600 de la Avenida Pensilvania. De hecho, abril lo cerrará, según Real Clear Politics, con tan sólo un 42% de aprobación de sus políticas y un 52% de rechazo.

Algunas fuentes periodísticas del otro lado del Atlántico ya han denominado a estos tres meses en el poder como los peor valorados desde que se crease el concepto con Roosevelt y sus «Historic First Hundred Days». Sin embargo, y aquí está el dato más interesante, como señala el Pew Research Center, el magnate-presidente cuenta entre los que le votaron con un 82% de apoyo a su labor.

Si bien es cierto que la batería de propuestas que en forma de órdenes ejecutivas el presidente ha firmado han sido desafiadas por el Congreso o por los tribunales, no es menos cierto que muchas de esas iniciativas prometidas en campaña siguen contando con la fidelidad de los que le votaron precisamente por ellas. En menos de dos años, todos los miembros de la Cámara de Representantes y un tercio de los senadores se verán de nuevo las caras con sus electores, y tendrán que rendir cuentas, sobre todo los republicanos, por su apoyo o rechazo a las proposiciones que les han estado llegando desde la Casa Blanca. No en vano, y aun por distintos motivos, representantes y senadores republicanos no acaban de convencerse de las bondades de los planes del jefe del Ejecutivo, lo que podría crear un vuelco político y concederle, al menos en el Senado, una victoria a los, en estos momentos, desorientados demócratas.

Estos cien días se han mirado con lupa, al menos mucho más que con sus predecesores, precisamente por la persona que ocupa el «bully pulpit», como definió la presidencia Teddy Roosevelt. Y pese a que muchos hayan deseado el fracaso presidencial, la realidad es que, de haber nuevas elecciones –aunque eso es imposible de acuerdo al sistema político del país–, la pérdida de apoyo electoral sería mínima. Esto es, Trump volvería a ganar. Y lo haría porque la América que lo ha aupado a la presidencia todavía confía en él y espera que cumpla sus promesas. Pero cumplir sus compromisos supondrá crear un gran agujero financiero en la Administración que muchos políticos republicanos no quieren asumir.

La pregunta es si los ciudadanos estadounidenses están dispuestos a seguir votando a un mandatario cuyas políticas económicas los conducen hacia un incremento de los impuestos. O, por el contrario, está por ver si Donald Trump incumplirá su agenda, no endeudará al país y rebajará los impuestos a sus ciudadanos (a las empresas ya se los ha bajado), lo que conducirá, como en tiempos de Ronald Reagan, al aumento de la desigualdad social. Aspecto éste que muchos de sus votantes, sobre todo aquellos del Cinturón del Acero y antiguos electores demócratas, no verían en ningún caso con buenos ojos.

Estados Unidos no ha cambiado con la llegada de Donald Trump a la presidencia. Ni los muros, ni los vetos migratorios, ni las acciones militares, ni el desinterés hacia el cambio climático, ni tan siquiera el proteccionismo económico son acciones aisladas en la historia del país más poderoso de la tierra. Todas ellas las hemos visto, combinadas o por separado, en los últimos 60 años. La división política interna que el país está viviendo, heredada de las administraciones anteriores, la discriminación racial, la desigualdad de género y tantos otros problemas que sacuden a la sociedad estadounidense ya estaban antes del ascenso político de Trump.

Quizás el legado más importante que «The Donald» deje a las generaciones venideras de estadounidenses sea algo por lo que se ha pasado casi de soslayo, el nombramiento del juez Neil Gorsuch. En un sistema de poderes y contrapoderes, las decisiones que se tomen bajo una mayoría conservadora del Tribunal Supremo marcarán no sólo los cuatro u ocho años que pueda estar Trump en la Casa Blanca, sino que afectarán a los futuros presidentes del país. Incluso esto tampoco es un cambio, pues ha habido una mayoría conservadora en el Tribunal desde hace décadas. Obama creyó que podría «cambiar» América y no lo consiguió. Dudo que el actual inquilino corra diferente suerte.

*Director del Instituto Franklin y profesor en la Universidad de Alcalá

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